lunes, 1 de octubre de 2012

Los sacrificios Aztecas

 Los sacrificios Aztecas se celebraban en honor de los dioses y en particular del dios sol, con un fervor tan ciego y loco que alcanzaban las formas de crueldad más horrendas. Los sacrificios variaban en cuanto al número, el lugar y el modo de acuerdo con distintas festividades. El lugar más común era el templo, en cuyo atrio superior se encontraba el altar destinado a la inmolación de las victimas. Estas se elegían entre los prisioneros de guerra o entre los esclavos; se llevaba a uno de ellos cada vez, completamente desnudo, ante el ídolo. Cuatro sacerdotes tomaban a la victima por los pies y los brazos y la colocaban sobre el “Chac Mool”, piedra convexa con perfil de hombre. Un sacerdote armado con un silex aguzado le abría el pecho, le arrancaba el corazón y todavía palpitante lo ofrecía al sol, (la pericia y velocidad con el cual realizaban este acto era tal, que antiguos relatos narran asombrosas historias de victimas que, aun con vida, contemplan azorados a su extraído corazón palpitar fuera de sus pechos).
Entonces lo arrojaba a los pies del ídolo y después lo recogía para introducirlo con un cucharón en la boca del ídolo. Después se bañaba el ídolo con la sangre recogida en la cavidad del Chac Mool. En las fiestas de la diosa azteca Teteianan se decapitaba a una jovencita sobre las espaldas de otra mujer. En las ceremonias dedicadas al dios Tlaloc se mataba a un muchacho y a una muchacha ahogándolos en el lago. En otra fiesta se compraban a tres muchachos entre los seis y siete años y, encerrándolos en una gruta, se les dejaba morir de hambre y miedo. 

El sacrificio mas importante entre los aztecas era el que los españoles llamaban “gladiatorio”. Consistía en la inmolación de los prisioneros más valientes sobre la piedra llamada Temalacatl, plataforma redonda historiada con bajo relieves, levantada en el templo mayor de los grandes centros sagrados. Sobre ella se colocaba el prisionero al que se le daba una espada corta y se le ataba por un pie; subía a combatir contra él un soldado que llevaba las mejores armas. Si el prisionero perdía, un sacerdote lo tomaba y, vivo o muerto, lo llevaba al altar de los sacrificios en donde le abría el pecho y arrancaba el corazón, como de costumbre, mientras que la multitud aplaudía al vencedor. Si por el contrario la victima señalada conseguía abatir al soldado armado y a otro seis como el primero, salvaba su vida y recuperaba la libertad. Los ministros ordinarios del sacrificio eran los sacerdotes, casi siempre en número de seis. Vestían un manto rojo adornado con bolas de algodón, sobre la cabeza llevaban una corona de plumas de quetzal verdes y amarillas. Tenían pendientes de oro y piedras preciosas y la frente ceñida por cintas de materiales textiles o papeles de colores. Todo esto se ha atestiguado tras el descubrimiento de la pirámide de Tula, en donde se encontró el “Chac Mool”, y tras el hallazgo de los preciosos objetos sacrifícales del Templo de los Guerreros de Chichón Itzá.

La ruina de los Itzá

Ellos no sabían que esperaban a los señores blancos y a su cristianismo. Ellos no quisieron pagar tributo. Los espíritus señores de las aves, los espíritus señores de las piedras preciosas, los espíritus señores de las piedras esculpidas, los espíritus señores de los jaguares los guiaban y los protegían. ¡Mil seiscientos años y trescientos años aun, y habría llegado el fin de su vida! Porque sabían por si mismos la medida de su tiempo.
Cada luna, cada año, cada día, cada viento camina y pasa a su vez. Igualmente cada sangre llega al lugar de su reposo, así como llega a su poder y a su trono. Medido estaba el tiempo en que se vanagloriaban de la magnificencia de los Tres. Medido estaba el tiempo ñeque podían encontrar el bien del sol. Medido estaba el tiempo en que podían mirar sobre si el enrejado de las estrellas, donde, vigilando sobre ellos, los contemplaban los dioses, los dioses que están prisioneros en las estrellas. Entonces todo era bueno, y entonces ellos fueron abatidos.
Había sabiduría en ellos. No había pecado entonces. Había en ellos una santa devoción. Ellos Vivian sanos. No había enfermedad entonces; no había dolores de huesos; no había fiebre para ellos, no había viruela, no había ardor en el pecho, no había dolor de vientre, no había consunción. Entonces su cuerpo marchaba enderezado y recto.
No hicieron así los señores blancos cuando llegaron aquí. Ellos han enseñado el miedo y han venido a marchitar las flores. Para que viva su flor han chupado y aspirado las flores de los otros.
Ya no había buenos sacerdotes para enseñarnos. Esto esta en el origen de la Sede del segundo tiempo. Y es igualmente la razón de nuestra muerte. Nosotros no teniamos buenos sacerdotes, nosotros no teníamos sabiduría y, finalmente, la valentia y la vergüenza se perdieron. Y todos fueron iguales.
No había otros conocimientos, no había lenguaje sagrado, no habai enseñanza divina en los sustitutos de los dioses que llegaron aquí. ¡Extirpar el sol! ¡Esto es lo que han venido a hacer los extranjeros! Y he aquí que han permanecido los hijos de sus hijos, aquí, en medio del pueblo, y ellos han recibido su amargura.

[Libro de Chilar Balam de Chumayel]

Peltastas y otras tropas ligeras


Como el hoplita, el peltasta recibe el nombre del escudo que lleva. El pelta era un escudo de mimbre en forma de media luna cubierto con piel de cabra u oveja, que se sostenía por un asa central. Aunque común en el período micénico, hacia el siglo V a.C. el pelta se identificó explícitamente con los escaramuzadores, referidos de modo genérico como “peltastas”. Sin embargo, el término se aplicaba con más propiedad a la tribu originaria de la Tracia (en la actualidad, al nordeste de Grecia y el sur de Bulgaria), donde pudo haberse ideado el pelta.

Las colinas boscosas sobre las que los tracios se acostumbraron a la lucha eran propicias para las incursiones guerreras, las emboscadas y las escaramuzas, lo que hizo de estos hombres los más temidos miembros de la infantería ligera en el mundo clásico. Ilustraciones de la época muestran a los guerreros tracios ataviados con gorros de piel de zorro y sencillas túnicas, o desnudos para mejorar la velocidad, siempre llevando su pelta y sus jabalinas. Casi todos iban provistos del arma tradicional de los Balcanes, el rhomphaia o falx, una guadaña de hoja corva de hierro que se sostenía con una o las dos manos, de unos 39cm de largo y que, según las fuentes contemporáneas, podía decapitar a un hombre o abatir a un caballo de un solo tajo.
Los peltastas tracios sirvieron en levas en el ejército persa que invadió Grecia en 490 a.C. y como mercenarios en los ejércitos griegos a partir de la guerra de Peloponeso. En esta contienda, la mayor parte de los ejércitos griegos reforzaron sus falanges con escaramuzadores y tropas de armas arrojadizas, y las tácticas se hicieron más complejas cuando la falange se vio obligada a contestar a sus ataques o a cooperar con ellos. Algunos historiadores ven en este aspecto una “revolución en las artes militares”, cuando los ejércitos griegos, modelados al estilo del ejemplo medio-oriental, se convirtieron rápidamente en fuerzas de cuerpos combinados, al igual que los asirios y los persas. 

Los modernos historiadores contemplan tales “revoluciones”, en las que la nueva tecnología o la doctrina cambian la guerra casi de la noche a la mañana, como episodios clave en la historia militar. La incorporación de la infantería ligera en los ejércitos griegos no se encuadra, sin embargo, en este modelo: las escaramuzas eran habituales en Tracia y el norte de Grecia, donde el terreno hacía poco práctico el uso de hoplitas, y pasaron 150 años antes de que estos escaramuzadores se consolidaran plenamente, con ka falange, en las fuerzas múltiples y combinadas de Filipo y Alejandro.
La importancia de las tropas ligeras
Los ejércitos griegos incluyeron tropas ligeras ya en la invasión de Jerjes del año 490 a.C., y Herodoto narra que los atenienses tenían 800 arqueros en Platea. Pronto aprendieron el valor de las fuerzas combinadas, como observa Tucídides al relatar la persecución de los atenienses contra los corintios en la batalla de Megara del 495 a.C.:
“Al retirarse los corintios derrotado, una sección bastante grande de su ejército…sin saber bien el camino, se introdujo en un terreno de alguien que había cavado una profunda zanja alrededor. Al ver lo que sucedía, los atenienses cerraron la entrada principal con sus hoplitas y, rodeando el resto del terreno con tropas ligeras, lapidaron hasta la muerte a los que estaban dentro” (Tucídides I.106).
La composición de estas “tropas ligeras” es incierta, y también se duda sobre si las piedras se lanzaron a mano o con hondas, pero la falta de un armamento oficial sugiere que pudo tratarse de esclavos o sirvientes de hoplitas, ya que las tropas regulares no formaban parte regular de los ejércitos de Atenas.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Demóstenes el hábil en las Guerras del Peloponeso

 El jefe ateniense Demóstenes condujo una fuerza de hoplitas y un pequeño número de arqueros a las colinas de Etolia, en la Grecia central, durante la guerra del Peloponeso. Al igual que los tracios, los etolios vivían en un país accidentado y habían desarrollado un estilo de guerra que aprovechaba este terreno, por lo que derrotaron a los hoplitas de Demóstenes con una táctica que hoy se llamaría guerra de guerrillas:
“Llegaron corriendo desde las colinas, por todas parte, arrojando sus jabalinas, retrocediendo cuando avanzaba el ejército ateniense y volviendo a la cara en cuanto éste se retiraba. Así siguió la lucha durante un tiempo, con avances y retiradas sucesivas, donde los atenienses llevaron siempre la peor parte. No obstante, lograron contenerlos mientras los arqueros tuvieron flechas y pudieron usarlas, ya que los etolios caían bajo la lluvia de dardos. Pero en cuanto el capitán de los arqueros fue muerto, sus hombres se dispersaron…  los soldados estaba exhaustos por la ejecución continua de las mismas pesadas maniobras… Muchos cayeron tras precipitarse sobre los cauces secos de los que no pudieron huir, o en otras partes del campo de batalla, perdidos y desorientados… El cuerpo principal… tomó un camino erróneo y se refugió en el bosque, donde no tuvo escapatoria; los enemigos lo incendiaron y quemaron todo cuanto les rodeaba” (Tucídides III.98).
Demóstenes aprendió la lección. Enviado a destruir una fuerza espartana en la isla de Pilos en el año 425 a.C., contrató a 800 mercenarios entre los peltastas tracios, y 800 arqueros como soporte de sus 840 hoplitas y 8000 marinos armados. Su experiencia en Etolia enseñó a Demóstenes a aprovecharlos del mejor modo posible:
“Bajo la dirección de Demóstenes, esta fuerza se dividió en compañías de unos 200 hombres… que ocuparon los puntos más altos del terreno, con el objeto de causar el mayor estorbo al enemigo; para que estuviera rodeado por todas partes y no tuviera un único punto donde contraatacar; en su lugar, estaría siempre expuesto a numerosos enemigos en todas direcciones, y si acometía a los del frente sería sorprendido por la retaguardia, y si se abalanzaba sobre un flanco sería abatido por el contrario. Fuera donde fuere habría enemigos tras él, con armas ligeras y coriáceos al extremo, pues con sus flechas, jabalinas, piedras y hondas su eficacia lejana era tal que hacía imposible acercarse; porque en la huida tenían la ventaja de la velocidad” (Tucídides IV.32).
Cuando los espartanos intentaron presentar batalla, la falange ateniense se mantuvo firme mientras los escaramuzadores de las alas hacían labor de desgaste. Los espartanos se retiraron a un fuerte, con los peltastas hostigando a los rezagados; los atenienses intentaron, sin éxito, tomar el fuerte y le pusieron sitio. Todo terminó cuando un jefe subalterno ateniense reunió a una fuerza selecta de peltastas y arqueros en una senda “impracticable” en una colina que los espartanos habían dejado sin custodia “y aparecieron súbitamente en los alto de su retaguardia, infundiendo el pánico entre los de Esparta por lo inesperado del suceso” (Tucídides IV.36).
Doce años después, Demóstenes invadió Sicilia, intentando tomar Siracusa, la mayor colonia griega en la isla. Un factor clave en el desastre que siguió fue el olvido, o menosprecio, de las lecciones de Etolia y Pilos, incluso por Demóstenes. Su ataque contra Siracusa fracasó, y se vio obligado en ponerse en camino hacia Catana, una ciudad amiga de Sicilia. Ello le obligó a transitar por las colinas del sur de Sicilia; y a una batalla a la carrera con los siracusanos, apoyados por las tribus locales. En un punto, los siracusanos bloquearon un paso en el camino de los atenienses. Mientras éstos intentaban forzar el obstáculo, escaramuzadores, defendidos por hoplitas siracusanos, les arrojaron flechas, jabalinas y piedras con hondas desde las alturas de ambos lados, pues la falange ofrecía un blanco perfecto. El ataque fue repelido con graves pérdidas, pero los atenienses hubieron de afrontar el acoso constante de los escaramuzadores, incluso de noche. Demóstenes y 6000 hoplitas fueron rodeados en un bosque; sometidos a una lluvia de flechas y jabalinas durante todo un día, terminaron por rendirse. El comandante Nicias rechazó en principio la rendición, pero dos días más tarde sus tropas, sedientas y famélicas, cayeron en una emboscada al intentar cruzar el río Assiranus, y también cedieron.

La Anábasis o la retirada de los 10.000


 La Anábasis Kirou, literalmente la ascensión de Ciro, se refiere a la subida del ejército de éste, desde la costa de su satrapía hasta la batalla de Cunaxa. Allí fue donde Ciro, que pretendía quitarle el trono a su hermano Artajerjes, encontró la muerte pese  a la victoria de sus mercenarios griegos, los cuales quedaron así totalmente aislados y en medio del inmenso territorio enemigo.
Ciro había contratado a 14.000 hoplitas, 2.500 peltastas griegos y alrededor de 200 arqueros cretenses. Todos ellos conformaban lo mejor de su ejército provincial, en paridad con su guardia de caballería persa, que constaba de 600 jinetes acorazados. Ciro tenía además un fuerte destacamento de infantería persa de más de 20.000 hombres; 1.000 jinetes ligeros plafagonios y 1.400 persas de caballería pesada. El contingente griego estaba al mando de Proxenos, de Beocia.
La mención de la guardia de jinetes acorazados de Ciro es el primer antecedente que existe de lo que serían luego los catafractos persas con caballos acorazados. El combate se dio junto a Éufrates, a 50 millas de Babilonia. Tisaphernes, un sátrapa vecino de Ciro, había avisado al rey Artajerjes y el ejército de éste sorprendió a los rebeldes de Ciro en pleno orden de marcha y un tanto descuidados.
Jenofonte, verdadero corresponsal de guerra, muy serio en los detalles menores, atribuyó un número increíble al ejército enemigo, cosa común en todas las menciones griegas de ejércitos persas. Pero no deja de tener interés para los investigadores, justamente por la antedicha confiabilidad del historiador.
“Cien mil eran los bárbaros que acompañaban a Ciro y unos veinte, los carros armados de hoces. […] Se decía que los enemigos eran un millón doscientos mil y los carros falcados, doscientos. Tenían, además, seis mil jinetes, al frente de los cuales estaba Artajerjes”.
Jenofonte atribuyó a los enemigos de Ciro cuatro contingentes de trescientos mil hombres con cincuenta carros cada uno, y afirmó que uno de ellos no estuvo en la batalla, con lo que redujo a los infantes a novecientos mil y los carros presentes a ciento cincuenta. Aclaró después: “Estas noticias dieron a Ciro los desertores enemigos procedentes del ejército del rey antes de la batalla y, después del combate, los que fueron capturados más adelante lo confirmaron”.
Parecía que Jenofonte quisiera desligarse de cifras tan enormes. Pero quizá llegara a creerlas posibles, pese a que después en su libro mantiene a los enemigos en cifras generalmente bajas, con una objetividad de protagonista narrador que aún hoy nos asombra.
Jenofonte, avanzado en el relato y cuando él ya tomó el mando, nunca exageró las tropas enemigas ni planteó números astronómicos, sino que centró más bien en el registro de cantidades pequeñas y de escaramuzas personales. También vemos que su afán era casi el de documentar todo, incluso cosas en las que su personaje no quedaba muy bien parado. Es por tanto un testigo confiable que no miente ni exagera. Cuando duda, señala la responsabilidad de otras fuentes, no asume una reafirmación.
La figura de Ciro el Joven es lo que el historiador ha querido resaltar, pues luchan cien mil de sus hombres contra los novecientos mil persas del rey. También su deseo es honrar a los combatientes griegos en general: diez mil cuatrocientos hoplitas y dos mil quinientos ligeros, que no se sabe si son sólo peltastas o incluyen además a los arqueros cretenses. Ciro el Joven encarna a Ciro el Grande, personaje que él utiliza, cual Platón a Sócrates, para reforzar sus propias ideas cuando escribe la Ciropedia. Quizás exaltar a los griegos lo movió a aceptar las grandes cifras persas.
Fuera como fuese y cantidades aparte, el caso es que el ejército de Ciro venía en columna de marcha, y con el ala derecha compuesta por los griegos recostada sobre el río Éufrates. De repente se encontró con el ejército de Artajerjes II, desplegado en orden de batalla. El rey persa, que comandaba a sus tropas desde el centro, quedaba a la izquierda del ala izquierda de Ciro. Esto da una idea del descuido que traían los rebeldes y de lo peligrosa que era su posición.
Apenas los griegos vieron al enemigo comenzaron a desplegarse. Ciro quiso avanzar en dirección oblicua hacia la izquierda pero Próxenos, el comandante de los mercenarios, se negó; y con bastante buen criterio, pues no quería perder el río como guarda del flanco del ala derecha.

Como derrotar a un "Vilca", Richard Zaratustra (1983)

Sin saber cómo me sorprendo a mi mismo conversando afablemente con Vilca y Amalio, ambos, cordiales en sus maneras, siguen mis palabras atentamente, ofreciéndome gestos de aprobación y conformidad con cada afirmación de mi vulgarizado intelecto que comparto con mi improvisado auditorio.
Debatíamos temas varios, desde la inmigración y proliferación en América de la “blattella germánica; hasta las implicancias de la diáspora mahometana en el mundo occidental y cristiano. Pero, para ser sincero, lo que más me atrapaba de la charla, y me motivaba a continuarla hasta límites insondables de mi capacidad del habla es el hecho de hacer, que Vilca, patético paranoide, se ponga nervioso con lo extenso del coloquio.
Vilca, pasa horas enteras contemplando un cuadro viejo y raido. Hay que interpretar lo que alguna vez el pintor quiso plasmar, tal es su estado de deterioro. Pero Vilca ve un paisaje hermoso, colorido, radiante, lleno de luz y vida… solo que en medio de ese paraíso, como incrustado con posterioridad a la confección de la obra, un ser maléfico lo atormenta.
Asegura que en medio del cuadro un demonio lo condiciona a mirarlo, le dice que hacer, cuando volver y si puede o no salir.
Por eso, cada vez que lo encuentro por los pasillos de mi mansión, le doy charla, me gusta cuando comienza a observar, primero por sobre su hombro, disimuladamente la puerta de su habitación, luego, a medida que van pasando los minutos, su miedo e impaciencia lo desbordan y casi con lagrimas en los ojos sale corriendo hacia el cuadro, a pedirle disculpas por la tardanza al demonio que lo domina.
Saben, me cae bien ese demonio, quien sabe qué tipo de locuras cometería Vilca si no tuviera ese guardián que lo contiene. ¡Válgame Dios!
Un estrepito escalofriante me vuelve a la realidad. Sorprendido, entre sobresaltado y temeroso me estremezco.
Me es difícil entender lo que sucedió en ese extraño momento.
Una inhóspita sensación me invade; como cuando, luego de merendar un emparedado, me siento una golondrina volando al norte; vuelo y vuelo, muy alto, mas alto que las nubes de algodón que me rodean, que me acarician.
Me relajo y me dejo llevar por el viento… hasta que choco contra esa pared, esa pared dura e imperturbable  como la hiel de los ojos laminosos de Cirilo cuando me espía escondido detrás de la cortina bermellón.
Entonces  mi cuerpo pega un involuntario respingo.
Se me eriza la piel, se me nubla la vista, sudo gruesas gotas frías de mi propio miedo que se derrite como las lagrimas de Tadeo que se desvanecen antes de llegar al suelo.
De solo pensar que alguno de mis compañeros de viaje haya estallado naturalmente me aterroriza, (es común, por estos lugares, que la gente explote de forma natural. Un día estas lo mas bien y al otro ¡PAF! Explotas, no se sabe por qué pasa, pero les aseguro que pasa).
Pero justo antes de desvanecerme y quedar a merced de las odas de Morfeo, la burda y terrible risotada de Amalio me hacen ver la realidad. Uno de sus opulentos flatos, esos que hacen temblar las instalaciones de mi mansión.
Eso fue demasiado para Vilca que dejando escapar un lamento más profundo que el de un perro moribundo, sale corriendo a su habitación en busca de su demonio guardián.
Amalio me enseña sus encías despobladas intentando parecer agraciado, su sonrisa le cruzaba toda la horizontalidad de su rostro, como la boca de un axolotl.
Arqueo la ceja izquierda y lo miro con repulsión. Luego pienso en la frenética huida de Vilca y sonrío.
Bien hecho Amalio, por eso te dije que seriamos amigos para siempre.


jueves, 27 de septiembre de 2012

En la soledad de la Pampa, Richard Zaratustra (1965)



Tapera ruinosa, corroída por el tiempo y el abandono, techo de paja a medio derrumbar, las paredes de adobe descascaradas son el único refugio ante el pampero que sopla  implacable en la aridez del lugar.

Cascos sórdidos de bravíos corceles se dejan oír en la lontananza. 

Agazapado como jaguar al acecho, el único morador del patético cuchitril se parapeta en un rincón aguardando.

Dos caballos negros como la noche se detienen a metros del rancho, echando espuma por la boca, jadeantes y nerviosos, coléricos, briosos como tigres acorralados.

Desmontan dos personajes histriónicos, igual de salvajes que sus caballos. Son el comisario del pueblo y el cabo Gómez, agentes de la ley y el orden, brindadores de paz y tranquilidad.

Parados, desafiantes, frente a la puerta del paupérrimo rancho, el comisario, haciendo eco con sus manos alrededor de la boca grita:

-¡Cardozo! ¡Entriegate maula, sabemo’ que esta’ h’adentro!

Desde el interior una voz poderosa como relámpago de Zeus devuelve la advertencia:

-¡No me entrego ni mamau comesario, de aca me van a tener que sacar con las patas pa delante!

El comisario y el cabo Gómez se miran sorprendidos, descolocados con tan pérfida respuesta. el comisario arquea ambas cejas y las levanta como interrogando al cabo que desde el otro lado le devuelve igual gesto.

-Vaya Gómez, saque a ese maula por la fuerza, demuestre que aca los únicos cocoritos somos nosotros.

-¿Yo comesario? ¿Por qué no va uste’ que es más h’autorida?

-¡pero qué es esto caracho! ¡Sotreta! Si doy una orden se cumple sin chistar, ¿entendió? Haberse visto maula mal aprendido...

Resignado, el cabo Gómez se pone dudoso de pie; en ese momento dos disparos de Smith & Wesson  calibre .38 rompen la monotonía sórdida de la pampa

¡PAW! ¡PAW!

El comisario presuroso se cobija detras del cabo Gómez que desconcertado y perplejo no atina a moverse...

-¡AIJUNA caracho con este maula! Parece el mesmo Mandinga. ¡Saque el bufoso y responda al fuego cabo!

- va a tener que ser uste comesario, yo se me olvide la reglamentaria en el cajoncito de la mesa de lu’ de mi rancho.

-¡pero será de dio maula! ¿Cómo se le ocurre salir a un operativo sin la pistola? Se da cuenta cabo que cuando le digo inútil no me equivoco nomas.

Y si comesario, ansi parece...

-Gueno, que se le va a hacer Gómez, otra vez será. Vamos a reagruparnos en la comiseria, estos picaros nos superan en número. ¡Valientes si, zonzos no cabo!

-¿Qué picaros comesario? Si está el Cardozo solo noma’

Mirando fijamente al cabo Gómez, el comisario frunce el ceño, estruja la nariz moviendo su espeso bigotazo de un lado hacia el otro, como en una danza chamanica, y escupe hacia un lado.

-dije que nos superan en número cabo, ¿quedo claro?

Cuadrándose el cabo hace taconear sus polvorientas botas de potro.

-como ordene comesario, pa’ la comiseria pues... ¿y qué hacemos con el Cardozo comesario?

-dejelon nomas pastar Gómez, ya le va a dar sed al pícaro este, cuando este en la pulpería y medio mamau le caemos de sorpresa y ¡zacate! A la jaula con el malandrín. 
Se da cuenta hombre, eso se llama “embuscada” se apriende en la escuela de comesarios.

-¡me cacho! Uste’ la sabe todas comesario.

-Ansi es m'hijo, por eso si esto juera selva yo seria el tigre...

-¿y yo que seria comesario?

-Uste seria mi comida cabo.