Mostrando entradas con la etiqueta Libros recomendados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros recomendados. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de septiembre de 2012

La Anábasis o la retirada de los 10.000


 La Anábasis Kirou, literalmente la ascensión de Ciro, se refiere a la subida del ejército de éste, desde la costa de su satrapía hasta la batalla de Cunaxa. Allí fue donde Ciro, que pretendía quitarle el trono a su hermano Artajerjes, encontró la muerte pese  a la victoria de sus mercenarios griegos, los cuales quedaron así totalmente aislados y en medio del inmenso territorio enemigo.
Ciro había contratado a 14.000 hoplitas, 2.500 peltastas griegos y alrededor de 200 arqueros cretenses. Todos ellos conformaban lo mejor de su ejército provincial, en paridad con su guardia de caballería persa, que constaba de 600 jinetes acorazados. Ciro tenía además un fuerte destacamento de infantería persa de más de 20.000 hombres; 1.000 jinetes ligeros plafagonios y 1.400 persas de caballería pesada. El contingente griego estaba al mando de Proxenos, de Beocia.
La mención de la guardia de jinetes acorazados de Ciro es el primer antecedente que existe de lo que serían luego los catafractos persas con caballos acorazados. El combate se dio junto a Éufrates, a 50 millas de Babilonia. Tisaphernes, un sátrapa vecino de Ciro, había avisado al rey Artajerjes y el ejército de éste sorprendió a los rebeldes de Ciro en pleno orden de marcha y un tanto descuidados.
Jenofonte, verdadero corresponsal de guerra, muy serio en los detalles menores, atribuyó un número increíble al ejército enemigo, cosa común en todas las menciones griegas de ejércitos persas. Pero no deja de tener interés para los investigadores, justamente por la antedicha confiabilidad del historiador.
“Cien mil eran los bárbaros que acompañaban a Ciro y unos veinte, los carros armados de hoces. […] Se decía que los enemigos eran un millón doscientos mil y los carros falcados, doscientos. Tenían, además, seis mil jinetes, al frente de los cuales estaba Artajerjes”.
Jenofonte atribuyó a los enemigos de Ciro cuatro contingentes de trescientos mil hombres con cincuenta carros cada uno, y afirmó que uno de ellos no estuvo en la batalla, con lo que redujo a los infantes a novecientos mil y los carros presentes a ciento cincuenta. Aclaró después: “Estas noticias dieron a Ciro los desertores enemigos procedentes del ejército del rey antes de la batalla y, después del combate, los que fueron capturados más adelante lo confirmaron”.
Parecía que Jenofonte quisiera desligarse de cifras tan enormes. Pero quizá llegara a creerlas posibles, pese a que después en su libro mantiene a los enemigos en cifras generalmente bajas, con una objetividad de protagonista narrador que aún hoy nos asombra.
Jenofonte, avanzado en el relato y cuando él ya tomó el mando, nunca exageró las tropas enemigas ni planteó números astronómicos, sino que centró más bien en el registro de cantidades pequeñas y de escaramuzas personales. También vemos que su afán era casi el de documentar todo, incluso cosas en las que su personaje no quedaba muy bien parado. Es por tanto un testigo confiable que no miente ni exagera. Cuando duda, señala la responsabilidad de otras fuentes, no asume una reafirmación.
La figura de Ciro el Joven es lo que el historiador ha querido resaltar, pues luchan cien mil de sus hombres contra los novecientos mil persas del rey. También su deseo es honrar a los combatientes griegos en general: diez mil cuatrocientos hoplitas y dos mil quinientos ligeros, que no se sabe si son sólo peltastas o incluyen además a los arqueros cretenses. Ciro el Joven encarna a Ciro el Grande, personaje que él utiliza, cual Platón a Sócrates, para reforzar sus propias ideas cuando escribe la Ciropedia. Quizás exaltar a los griegos lo movió a aceptar las grandes cifras persas.
Fuera como fuese y cantidades aparte, el caso es que el ejército de Ciro venía en columna de marcha, y con el ala derecha compuesta por los griegos recostada sobre el río Éufrates. De repente se encontró con el ejército de Artajerjes II, desplegado en orden de batalla. El rey persa, que comandaba a sus tropas desde el centro, quedaba a la izquierda del ala izquierda de Ciro. Esto da una idea del descuido que traían los rebeldes y de lo peligrosa que era su posición.
Apenas los griegos vieron al enemigo comenzaron a desplegarse. Ciro quiso avanzar en dirección oblicua hacia la izquierda pero Próxenos, el comandante de los mercenarios, se negó; y con bastante buen criterio, pues no quería perder el río como guarda del flanco del ala derecha.

viernes, 24 de agosto de 2012

El misterioso cuadro colgado en la pared. (Richard Zaratustra, 1947)

La oscuridad del cuarto lo abrazaba acogedoramente. La estrechez de las paredes no lo sofocaban sino que le provocaban candor, esa especie de calidez que nunca le prodigaron cuando niño. O al menos así imagino que debería ser el cariño, esas paredes húmedas lo hacían sentir contenido, cerraba los ojos y sentía como si lo arroparan en su lecho.
Paso la noche entera sentado en la única silla que tenia. Era de madera de pino, rustica, espartana en su concepción, se dejaba ver que había sido creada para el único fin que cumplía, sentarse, no tenía ni pizca de buen gusto, de detalles decorativos, de imaginación. Solo era una silla de madera de pino para sentarse.
Deja la mirada estacionada por horas en un pequeño cuadro que pendía inseguro en una de las descascaradas paredes color ocre, (le gusta pensar que  en algún remoto pasado fueron ocres, ya que en la actualidad poco queda que de fe de eso).
El cuadrito está sucio y algo deteriorado, pero para él es su mundo, su ventana a la realidad, su escapatoria obligada de las noches, su último refugio, su escondite secreto, su cueva de pirata.
Un pintoresco bosquecillo, al parecer fue bastante colorido, verde esmeralda salpicado de diminutas flores naranjas, un par de arboles imponentes dan robustez a la imagen, el cielo celeste con algunas tímidas nubes dan el marco ideal de paisajismo clásico.
A no ser por un solo detalle cualquiera podría decir de ese cuadro que no tiene nada fuera de lo normal, rosando lo mediocre se podría decir. Ese sórdido detalle es el que tiene ensimismado en la contemplación a Vilco Huanco desde siempre, lo mantiene  hipnotizado, perdido en sus platónicas cavilaciones, flotando en lo más profundo de sus cobardías.
Un ser extraño, demoniaco, inquietante mira turbado hacia delante, entre colérico y desconsolado, uno no sabe si esta rabioso o si está llorando, sea cual fuere el gesto, Vilco sabe que ese ser lo mira, lo llama, lo incita a mirarlo, a comprender sus trastornos, que son los suyos propios, cree entender por lo que una vez, esa única vez, le murmuro ese ser cuando lo sorprendió entre dormido en su silla espartana. Desde ese fatídico día Vilco nunca más pudo dormir, solo mira el cuadro, al ser macabro que lo molesta. Para salir de su cuarto Vilco Huanco le pide permiso al horrendo ser, y cuando está de regreso lo saluda respetuoso con una inclinación solemne de la cabeza. Aunque trata de ausentarse lo menos posible, no sea cosa que el ser horrible se moleste con él.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Lev Tolstói, el gigante ruso

Lev Tolstói (1828-1910), uno de los mas destacados narradores de todos los tiempos, nació en Yásnaia Poliana Rusia. Hijo de un teniente de la vieja nobleza rusa, quedo huérfano a los nueve años y tuvo tutores franceses y alemanes hasta que ingreso a la Universidad de Kazán donde estudio lenguas y leyes. En 1851 ingreso en el ejercito y dio a conocer su ciclo autobiográfico, compuesto por las obras Infancia, Adolescencia y Juventud. En 1856 se instalo en San Petesburgo y se consagro a la literatura. De entre sus obras mas importantes cabe destacar: Ana Karenina, La muerte de Ivan Ilich, Guerra y Paz o La sonata de Kreutzer.
Tolstói murio en Astápovo en una remota estación de ferrocarril.


Tras ver la contradicción de su vivir cotidiano con su ideología, Tolstói decidió dejar los lujos y mezclarse con los campesinos de Yásnaya Poliana, donde él se crio y vivió. No obstante, no obligó a su familia a que lo siguiese y continuó viviendo junto a ellos en una gran parcela, lugar al cual con frecuencia sólo llegaba a dormir, gastando la mayor parte del día en el oficio de zapatero. Funda en la aldea una escuela para los hijos de los campesinos y se hizo su profesor, autor y editor de los libros de texto que estudiaban. Impartía módulos de gimnasia y prefería el jardín para dar clases. Creó para ello una pedagogía libertaria cuyos principios instruían en el respeto a ellos mismos y a sus semejantes.
Tolstói intentó renunciar a sus propiedades en favor de los pobres, aunque su familia, en especial su esposa, Sofía Behrs, lo impidió. Intentando huir de su casa murió en la estación ferroviaria de Astápovo, y entre sus últimas palabras, se oyeron éstas que muestran, como ninguna de las muchas maravillosas que pronunció o escribió, la grandeza de su alma: "Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren: ¿por qué estáis al cuidado de mí solo?". Se le enterró en su casa en Nara.


 
Un genio sin lugar a dudas, nunca en la vida leí nada que me transmitiera tanto como las obras de Tolstói, me declaro un ferviente admirador de este artista atormentado por su propia vida. Creo que para todos las grandes figuras de la historia siempre fue así, ellos mismos fueron sus propios Nemesis.

domingo, 29 de enero de 2012

La FORA, Diego Abad de Santillán

Los trabajadores, los productores reales, en posesión de las fabricas, delas tierras, de los medios de transporte, de las minas, pueden establecer un regimen económico que atienda a las necesidades de los hombres. Solo ellos pueden trabajar con el sentido de la satisfacción de las exigencias del pueblo, uniendo la producción al consumo en un conjunto solidario. El capitalismo no puede sino aumentar la miseria con su progreso técnico incesante, no puede sino llenar los depósitos de mercaderías en medio de multitudes hambrientas y desnudas, o paralizar la producción de lo mas indispensable, de aquello que mas necesitan las grandes masas capaces de adquirirlo con dinero, porque el dinero de las grandes masas tiene por fuente el salario, y el salario falta cuando el puesto de los trabajadores en la producción es ocupado por la maquina.

Este es una pequeño pero importante fragmento del libro "La FORA", ideología y trayectoria del movimiento obrero revolucionario en la Argentina, del celebre y nunca tan reconocido camarada Anarquista Baudilio Sinesio García Fernández, mas conocido por su seudónimo,  Diego Abad de Santillán.
Nacido en España, en León el 20 de mayo de 1897, emigra a la Argentina con su familia de campesinos en 1905, radicándose en la ciudad de Santa Fe.
Se vio obligado de dejar la escuela en cuarto grado por necesidad económica, el vivir no se hacia tan sencillo; teniendo que trabajar desde entonces para poder ayudar a sus padres en la manutención de la familia. La misma historia de todo chico pobre de siempre.
Mas tarde, y luego de haber pasado por sin numero de empleos, consiguió ingresar en el Ferrocarril Central Norte en el taller de armado de vagones.
Su inquietud por los estudios nunca dejaron de preocuparle, y luego de transitar por varias escuelas nocturnas, regreso a España en 1912 para cursar su secundario y ya en 1915 ingresar a la sección de lengua y literatura clásica de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.
Dando comienzo desde ese entonces su devenir por las lides Anarquistas.

Este libro que aquí recomendamos es una magistral obra de este genial autor Anarquista.