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viernes, 14 de septiembre de 2012

La maquinaria de guerra asiria



 Aunque los asirios tuvieron que enfrentarse con serias dificultades para unificar el Próximo Oriente, todavía hoy las grandes narraciones de las represalias asirias, puestas en lugares públicos prominentes para que todos las vieran, nos hacen sentir escalofríos. Un ejemplo famoso, inscrito a la entrada de un templo de la residencia real de Assurnasirpal II, describe la pavorosa venganza del rey contra la ciudad rebelde de Suru y nos hace comprender, como pretendió Assurnasirpal, el error de cualquier rebelión:
Estando yo en la tierra de Kutmuki, me llevaron esta noticia: “La ciudad de Suru de Bit-Halupe se ha rebelado, han asesinado a Hamatai, su gobernador, y colocado como rey a Ahiababa, hijo de un nadie, a quien trajeron de Bit-Adini.” Con la ayuda de Adad y de los grandes dioses, que han hecho grande mi reino, movilicé mis carros y ejércitos y marché por la orilla del Habur… Me acerqué a la ciudad de Suru de Bit-Halupe, y el terror del esplendor de Azur, mi señor, los abrumó. Los principales y los mayores de la ciudad, para salvar sus vidas, llegaron a mi presencia y, abrazándome los pies, me dijeron: “¡Si tú lo quieres, mátanos, si lo quieres, déjanos vivir! ¡Haz lo que tu corazón desee!” A Ahiababa, hijo de un nadie, al que habían llevado desde Bit-Adini, prendí. Con el brío de mi corazón y la furia de mis armas asalté la ciudad. Cogieron a todos los rebeldes y los entregaron… Nombré gobernador de ellos a Azi-ilu. Construí un pilar contra la puerta de su ciudad, y arranqué la piel de todos los principales que se habían sublevado, y cubrí el pilar con sus pieles; emparedé a parte de ellos dentro del pilar, empalé otro grupo con estacas sobre él y a un tercero lo até a estacas a su alrededor; desollé a muchos dentro de las fronteras de mi propia tierra y extendí sus pieles sobre las murallas; y corté los miembros a los funcionarios reales que se habían revelado. A Ahiababa me lo llevé a Nínive y allí le arranqué la piel y la extendí sobre la muralla de la ciudad….
Podemos encontrar un paralelismo en este documento si lo comparamos con las atrocidades cometidas por los comunistas en la ex URSS o las masacres cometidas por los norteamericanos en los países invadidos por ellos. No deja de ser importante observar que los jefes de la rebelión de la ciudad de Suru se rindieron sin lucha a la llegada del rey y de su ejército a las afueras de la ciudad, a pesar de lo cual Assurnasirpal no se apiadó de ellos ni de la ciudad. La rendición, aun incondicional, no suavizaba el castigo por rebelión contra Asiria.
Si este documento parece extraordinariamente vívido y cruel, no es tanto por aquel hecho excepcional o atípico. El mismo arte pictórico de Asiria ilustra de un modo excesivamente desagradable la inutilidad de la resistencia a los ejércitos asirios. Sus representaciones de ciudades en llamas, de mujeres y niños capturados por guerreros asirios, de la huida y muerte de los enemigos vencidos y de pilas de cabezas humanas es parte, también, de la gran estrategia del Imperio Asirio: mantener sometidas las poblaciones conquistadas anunciando y aplicando el terrorismo. Junto con el uso de la fuerza militar y de la propaganda del terror es bien conocida la práctica de las deportaciones en masa de los jefes de una a otra región del imperio. Un ejemplo famoso de ello es la cautividad de los israelitas y su deportación a Mesopotamia. Los reyes asirios fueron mucho más violentos que los gobernantes de Babilonia o los faraones de Egipto en el uso del simbolismo terrorista y de la psicología para afirmar su gran estrategia.
Pero el elemento esencial de la gran estrategia asiria fue la increíble eficacia de su ejército, que barrió todos los obstáculos que se le oponían y plantó sus estandartes en Anatolia, Levante, Egipto y Babilonia. Desgraciadamente, no hay ningún estudio moderno de importancia sobre el ejército asirio, aunque existen datos suficientes para escribir uno, y no nos queda más que esperar que los asiriólogos llenen pronto el vacío. Sin embargo, se pueden trazar las líneas generales de su organización y despliegue, y en unos cuantos puntos, sobre los que se han hecho estudios sistemáticos hace poco, es posible demostrar la complejidad y sutileza tácticas del estamento militar asirio.
El ejército con el que los asirios pusieron en obra su gran estrategia era una fuerza integrada de infantería pesada y ligera que consistía en lanceros, arqueros, honderos, tropas de asalto e ingenieros. Los asirios fueron la primera gran potencia que usó unidades regulares de caballería, pero los carros de guerra continuaron siendo la fuerza de choque escogida de su ejército. Aunque había un ejército central permanente, se imponía el reclutamiento obligatorio en todas las provincias, y para las guerras más importantes podía ser requerida la milicia provincial. Los relieves esculpidos asirios demuestran que el ejército actuaba bien lo mismo en terreno montañoso que en llano, algo que incluso en los tiempos modernos sólo pueden hacer unas fuerzas realmente capacitadas. Los jefes militares asirios eran conscientes de la necesidad de mantener una fuerza con suficiente flexibilidad táctica para satisfacer demandas estratégicas de lucha en las muy distintas circunstancias geográficas del triángulo asirio. Además los asirios dominaban el arte de la guerra de asedio con una eficacia no igualada hasta la innovación de las catapultas y las campañas de Alejandro Magno. No se sabe cuál fue el tamaño del ejército asirio, pero las estimaciones más recientes se suponen que estaba integrado por unos 100.000 a 200.000 hombres. Si estos supuestos son excesivos, es cierto, al menos, que los reyes asirios movilizaron los ejércitos más grandes jamás vistos en el Próximo Oriente.

La domesticación de animales para la guerra



 Al final del Neolítico, los pueblos de Europa y Asia empezaron a domesticar animales que podían montar o usar como fuerza de tiro. En la región póntica septentrional, ya en torno al año 4000 a.C.: había hombres capaces de cabalgar. Hacia la misma época, los asnos empezaron a ser domesticados en Egipto y el sudoeste de Asia, mientras que los camellos bactrianos en la meseta irania y los dromedarios en el sur de la península Arábiga lo fueron en el curso del siguiente milenio. El elefante indio fue domado en el seno de la civilización del valle del Indo (entre 2500 y 1750 a.C.), aunque la domesticación de los elefantes africanos en el norte de África hubo de aguardar a los últimos siglos del I milenio a.C.: De estos animales, el uso militar del burro, tras un breve periodo de gloria, se dedico casi por completo al transporte de carga, mientras que los camellos tuvieron un empleo muy limitado en batalla. En cambio los elefantes asumieron un notable rol militar, y los caballos sustentaron la base de los carros y la caballería, dos de las armas principales, respectivamente, de las fuerzas de las edades del bronce y del hierro.
Aunque los caballos fueron usados en batalla desde tiempos muy antiguos, la primera fuerza militar asociada de la que se tiene constancia fue la de los carros. El primer uso atestiguado de la misma se produjo en Mesopotamia, donde escenas sumerias del año 2500 a.C., aproximadamente, muestran a guerreros conduciendo “carros de guerra”, que eran vehículos pesados, estrechos y largos. El auriga se sentaba delante del guerrero, que arrojaba jabalinas desde las aljabas que llevaba en los costados. Los carros estaban provistos de cuatro ruedas sólidas de tres secciones unidas, que probablemente se acoplaban en ejes fijos mediante largos cilindros de forma que cada rueda pudiera girar independientemente de las demás. Sin embargo, la ausencia de un eje frontal pivotante hacia, con toda probabilidad, volcar el carro en los giros a gran velocidad. Había asimismo vehículos de dos ruedas, más manejables que los de cuatro, pero en los que solo podía viajar un hombre, por lo cual se usarían probablemente para llevar mensajes y transportar a los oficiales.
Los carros de guerra eran arrastrados por cuatro équidos, que podían ser burros o híbridos de onagro y asno; en aquel tiempo los caballos eran prácticamente desconocidos en el Cercano Oriente. Las líneas de control pasaban a través de unas argollas metálicas dispuestas en la vara de arrastre y también por unos aros acoplados al hocico de los animales. Al tirar de las riendas, el auriga podía muy bien detener el carro, pero para el control de la dirección debía recurrir a vocees de mando o al uso de un látigo o un aguijón. El yugo se usaba para unir solo a dos de los animales. El tercero iba atado con colleras, con lo que la potencia de tracción que podía desarrollarse era obligadamente limitada. Sin embargo, al tener menos peso del que tirar, ese animal llevaría un paso mas rápido, incitando a los uncidos a imitarle. Los ensayos demuestran que el vehiculo de cuatro ruedas alcanzaba velocidades de 15 a 20 Km. /h.
Los carros eran propiedad del estado, cedidos a los hombres que iban a la guerra y después devueltos. Una ciudad-estado sumeria, Umma, tenía una unidad de 60 vehículos, y otras poblaciones urbanas mantendrían sin duda fuerzas equivalentes, a cargo en muchos casos de miembros de la casa real. Es común ver en los relieves carros de dos hombres persiguiendo o aplastando a enemigos caídos, en una representación típica de modelos posteriores.
Tan solo cabe especular sobre sus usos; por ejemplo, el hecho de que llevaran jabalinas lleva a pensar que se acercaban bastante a las tropas enemigas. Un carro de tal peso, tan baja velocidad y tan delicada maniobrabilidad debía asumir un gran riesgo al adentrarse entre las huestes enemigas. Cuando los soldados se hubieran acostumbrado a estos carros de guerra, es probable que desarrollaran métodos para vencerlos. No aparecen representaciones de carros en batalla en los últimos tres siglos del III milenio a.C.; es probable que se abandonara su uso.
Lo que se necesitaba era un carro ligero, animales más dóciles y mejores medios de control. Estos factores tuvieron primero un efecto en el Cercano Oriente en el primer cuarto del II milenio a.C.: En primer lugar, el caballo apareció de nuevo en la región, después de una presencia inicial en Anatolia hacia el año 3000 a.C.: Aunque pequeños para las normas modernas, estos caballos igualaban o superaban a los demás équidos en tamaño y velocidad, y eran mas domables y elegantes. Pronto llego su empleo en los carros. Hacia el siglo XX a.C. empiezan a aparecer en las ilustraciones anatolias carros abiertos con ruedas de rayos tirados por un par de caballos uncidos. Sin embargo, el vehiculo se controlaba con una única rienda unida a un aro en el hocico del animal, por lo que la gobernabilidad seguía siendo escasa. Hacia el siglo XVIII a.C., las ilustraciones sirias muestran un par de riendas para dirigir a cada animal, lo que indica claramente la introducción del bocado y la brida. Al mismo tiempo reaparece el motivo del “auriga que guía su carro sobre enemigos caídos”, lo que demuestra que al menos algunos reyes llevaban sus carros al campo de batalla. A mediados del siglo XVII a.C.:, si no antes, estaban claramente en uso carros montados por un auriga y un guerrero, este armado con arco y aljaba, si bien al principio apenas sumaban unas docenas. El carro se convirtió así en un arma de guerra que domino las batallas del final de la Edad del Bronce en el Próximo Oriente. Durante el transcurso del II milenio a.C.: empezaron a usarse carros en Europa, Asia y el norte de África, así como en Asia Central, India y China.

miércoles, 29 de agosto de 2012

El Mito Maya de la Creación, el Popol Vuh



 En la visión maya del cosmos, las cuevas son entradas al acuoso inframundo -el Xibalbá, o Lugar del Miedo-, que desempeña un papel clave en la historia de la creación, según se describe en el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas.
La leyenda habla de unos hermanos gemelos muy hábiles en el tradicional juego de pelota. Cuando jugaban, hacían tanto ruido que molestaban a los dioses del Xibalbá, quienes los retaron a un torneo. Los dioses vencieron a los gemelos, los sacrificaron y sepultaron sus cuerpos debajo del campo de juego. La cabeza de uno de ellos, Hun Hunahpú, fue colgada de un árbol que producía calabazas con forma humana. 
 Una diosa llamada Xquic oyó hablar del extraño árbol y decidió ir a conocerlo. Cuando se acercó a él, la cabeza de Hun Hunahpú le escupió en la mano, fecundándola. Así concibió a Hunahpú y Xbalanqué, conocidos como los Héroes Gemelos. Con el tiempo se convirtieron en jugadores como su padre y su tío. 

Los dioses los convocaron al Xibalbá y los vencieron en el campo de juego, molieron sus huesos y los esparcieron en un río, donde los gemelos renacieron, primero como peces y luego como actores itinerantes.
Al regresar al Xibalbá, para tomar venganza, urdieron una trampa. Tras interpretar diversos números asombrosos, Xbalanqué decapitó a Hunahpú y volvió a colocarle la cabeza. 

Los dioses, encantados con el espectáculo, les rogaron que los decapitaran y les devolvieran la vida también a ellos. Los Héroes Gemelos simularon obedecer y procedieron a decapitar a los dioses. Al final lograron consumar su venganza: se negaron a recomponer sus cuerpos y los derrotaron para siempre. 

Así fue cómo triunfó el bien sobre el mal, y el mundo estuvo preparado para la creación de los seres humanos. Xbalanqué y Hunahpú emergieron del Xibalbá como el sol y la luna -dones para los mayas- y se elevaron al cielo. Cada día reinterpretan su viaje al mundo del Más Allá y su jubiloso retorno.

viernes, 25 de mayo de 2012

Orígen del poblamiento de la Península Itálica


Son bastante confusos los orígenes de los primitivos pobladores de Italia. Sin embargo, la península estaba habitada desde los tiempos paleolíticos; así lo demuestran los restos arqueológicos descubiertos en el territorio. En el periodo neolítico penetraron a través de Sicilia las influencias de las culturas orientales y prehelénicas. En la primera época de los metales (el cobre) se desarrollo la agricultura y, a partir del siglo XX a.C. aparece la civilización del bronce.
Es posible que los pobladores del neolítico hayan sido los ligures, de origen incierto, que se instalaron al oeste de Italia continental. En sucesivas migraciones, algunos pueblos indoeuropeos penetraron por el norte y se asentaron en la península. Entre estos figuraban los sabinos, los samnitas y los lucanos. Finalmente penetraron los umbrios, que se instalaron en la desembocadura del Po, sobre el Adriático.
Desplazados por invasiones indoeuropeas, otros pueblos del Asia Menor emigraron hacia el oeste, utilizando el Mediterráneo. Así llegaron los etruscos, probablemente en el siglo XII a.C. y se establecieron en la costa occidental de Italia, donde ya estaban los latinos, los volscos y los ecuos. El extremo sur de la península fue ocupado por los griegos, quienes fundaron numerosas colonias; esta región se llamo Magna Grecia.
Los últimos en invadir a Italia fueron los galos que penetraron por el norte procedentes de la actual Francia. Fundaron la ciudad de Milán y se establecieron en la Galia Cisalpina.
Sin lugar a dudas, los más importantes pobladores de la península itálica, previos al grandioso imperio que seria el romano, fueron los etruscos, más que por lo que fueron sino por los grandes misterios que nos legaron.
Aunque su procedencia y lenguaje son desconocidos, el marcado carácter oriental de sus instituciones, como también las costumbres de tipo fenicio, robustecen la teoría que los hace originarios del Asia Menor.
Se establecieron en el valle del Po, pero luego ocuparon la costa occidental de la península, entre los ríos Arno y Tiber. Muy pronto lograron dominar a los pueblos vecinos y ensancharon los límites de sus dominios.
Se dedicaron a la navegación y al comercio. (Otra característica en común con los fenicios). Poseyeron una flota poderosa que no tardo en dominar al Mediterráneo occidental. No formaron una nación, cada ciudad constituía una especie de estado independiente, al mando de un magistrado elegido por los aristócratas o lucumones. Doce ciudades de Etruria con otras doce de Campania integraron una confederación unida por lazos religiosos y lingüísticos.
Eran politeístas y muy supersticiosos, preocupados siempre por interpretar la voluntad divina, recurrieron a los hechiceros y a los augures, quienes predecían el porvenir observando el vuelo de las aves, las tripas de animales sacrificados y algunos cuantos métodos más.
Los etruscos supieron combinar los elementos griegos con los orientales y, el evolucionar les imprimió características propias, dotando al arte etrusco de una belleza extraña y singular.
Las calles de sus ciudades eran largas y espaciosas, sus viviendas las construían de piedras que les servia para construir grandes murallas, siempre en las montañas donde preferían erigir sus ciudades, todas las viviendas contaban con alcantarillas y cloacas, lo que nos habla del nivel de evolución alcanzado por los etruscos.
En cuanto a los ritos funerarios se destacaron por sobre las demás culturas de su época, dando el rito funerario particular cuidado y atención. Sepultaban a sus muertos en amplias salas subterráneas sostenidas por columnas. A ambos lados había numerosos nichos, donde depositaban los cadáveres rodeados de armas finamente labradas, alhajas y objetos de adorno, esto nos da la pauta de que los etruscos creían en una vida mas allá de esta.. los sarcófagos de sus muertos estaban decorados en su tapa con el retrato del difunto, mostrándonos un arte y elasticidad para la pintura admirables.
Como otros tantos pueblos de la península, con el surgimiento del que seria el imperio mas poderoso de esa época, los romanos, fueron absorbidos y exterminados por la vorágine de los hijos de la loba.