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lunes, 1 de octubre de 2012

Peltastas y otras tropas ligeras


Como el hoplita, el peltasta recibe el nombre del escudo que lleva. El pelta era un escudo de mimbre en forma de media luna cubierto con piel de cabra u oveja, que se sostenía por un asa central. Aunque común en el período micénico, hacia el siglo V a.C. el pelta se identificó explícitamente con los escaramuzadores, referidos de modo genérico como “peltastas”. Sin embargo, el término se aplicaba con más propiedad a la tribu originaria de la Tracia (en la actualidad, al nordeste de Grecia y el sur de Bulgaria), donde pudo haberse ideado el pelta.

Las colinas boscosas sobre las que los tracios se acostumbraron a la lucha eran propicias para las incursiones guerreras, las emboscadas y las escaramuzas, lo que hizo de estos hombres los más temidos miembros de la infantería ligera en el mundo clásico. Ilustraciones de la época muestran a los guerreros tracios ataviados con gorros de piel de zorro y sencillas túnicas, o desnudos para mejorar la velocidad, siempre llevando su pelta y sus jabalinas. Casi todos iban provistos del arma tradicional de los Balcanes, el rhomphaia o falx, una guadaña de hoja corva de hierro que se sostenía con una o las dos manos, de unos 39cm de largo y que, según las fuentes contemporáneas, podía decapitar a un hombre o abatir a un caballo de un solo tajo.
Los peltastas tracios sirvieron en levas en el ejército persa que invadió Grecia en 490 a.C. y como mercenarios en los ejércitos griegos a partir de la guerra de Peloponeso. En esta contienda, la mayor parte de los ejércitos griegos reforzaron sus falanges con escaramuzadores y tropas de armas arrojadizas, y las tácticas se hicieron más complejas cuando la falange se vio obligada a contestar a sus ataques o a cooperar con ellos. Algunos historiadores ven en este aspecto una “revolución en las artes militares”, cuando los ejércitos griegos, modelados al estilo del ejemplo medio-oriental, se convirtieron rápidamente en fuerzas de cuerpos combinados, al igual que los asirios y los persas. 

Los modernos historiadores contemplan tales “revoluciones”, en las que la nueva tecnología o la doctrina cambian la guerra casi de la noche a la mañana, como episodios clave en la historia militar. La incorporación de la infantería ligera en los ejércitos griegos no se encuadra, sin embargo, en este modelo: las escaramuzas eran habituales en Tracia y el norte de Grecia, donde el terreno hacía poco práctico el uso de hoplitas, y pasaron 150 años antes de que estos escaramuzadores se consolidaran plenamente, con ka falange, en las fuerzas múltiples y combinadas de Filipo y Alejandro.
La importancia de las tropas ligeras
Los ejércitos griegos incluyeron tropas ligeras ya en la invasión de Jerjes del año 490 a.C., y Herodoto narra que los atenienses tenían 800 arqueros en Platea. Pronto aprendieron el valor de las fuerzas combinadas, como observa Tucídides al relatar la persecución de los atenienses contra los corintios en la batalla de Megara del 495 a.C.:
“Al retirarse los corintios derrotado, una sección bastante grande de su ejército…sin saber bien el camino, se introdujo en un terreno de alguien que había cavado una profunda zanja alrededor. Al ver lo que sucedía, los atenienses cerraron la entrada principal con sus hoplitas y, rodeando el resto del terreno con tropas ligeras, lapidaron hasta la muerte a los que estaban dentro” (Tucídides I.106).
La composición de estas “tropas ligeras” es incierta, y también se duda sobre si las piedras se lanzaron a mano o con hondas, pero la falta de un armamento oficial sugiere que pudo tratarse de esclavos o sirvientes de hoplitas, ya que las tropas regulares no formaban parte regular de los ejércitos de Atenas.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Demóstenes el hábil en las Guerras del Peloponeso

 El jefe ateniense Demóstenes condujo una fuerza de hoplitas y un pequeño número de arqueros a las colinas de Etolia, en la Grecia central, durante la guerra del Peloponeso. Al igual que los tracios, los etolios vivían en un país accidentado y habían desarrollado un estilo de guerra que aprovechaba este terreno, por lo que derrotaron a los hoplitas de Demóstenes con una táctica que hoy se llamaría guerra de guerrillas:
“Llegaron corriendo desde las colinas, por todas parte, arrojando sus jabalinas, retrocediendo cuando avanzaba el ejército ateniense y volviendo a la cara en cuanto éste se retiraba. Así siguió la lucha durante un tiempo, con avances y retiradas sucesivas, donde los atenienses llevaron siempre la peor parte. No obstante, lograron contenerlos mientras los arqueros tuvieron flechas y pudieron usarlas, ya que los etolios caían bajo la lluvia de dardos. Pero en cuanto el capitán de los arqueros fue muerto, sus hombres se dispersaron…  los soldados estaba exhaustos por la ejecución continua de las mismas pesadas maniobras… Muchos cayeron tras precipitarse sobre los cauces secos de los que no pudieron huir, o en otras partes del campo de batalla, perdidos y desorientados… El cuerpo principal… tomó un camino erróneo y se refugió en el bosque, donde no tuvo escapatoria; los enemigos lo incendiaron y quemaron todo cuanto les rodeaba” (Tucídides III.98).
Demóstenes aprendió la lección. Enviado a destruir una fuerza espartana en la isla de Pilos en el año 425 a.C., contrató a 800 mercenarios entre los peltastas tracios, y 800 arqueros como soporte de sus 840 hoplitas y 8000 marinos armados. Su experiencia en Etolia enseñó a Demóstenes a aprovecharlos del mejor modo posible:
“Bajo la dirección de Demóstenes, esta fuerza se dividió en compañías de unos 200 hombres… que ocuparon los puntos más altos del terreno, con el objeto de causar el mayor estorbo al enemigo; para que estuviera rodeado por todas partes y no tuviera un único punto donde contraatacar; en su lugar, estaría siempre expuesto a numerosos enemigos en todas direcciones, y si acometía a los del frente sería sorprendido por la retaguardia, y si se abalanzaba sobre un flanco sería abatido por el contrario. Fuera donde fuere habría enemigos tras él, con armas ligeras y coriáceos al extremo, pues con sus flechas, jabalinas, piedras y hondas su eficacia lejana era tal que hacía imposible acercarse; porque en la huida tenían la ventaja de la velocidad” (Tucídides IV.32).
Cuando los espartanos intentaron presentar batalla, la falange ateniense se mantuvo firme mientras los escaramuzadores de las alas hacían labor de desgaste. Los espartanos se retiraron a un fuerte, con los peltastas hostigando a los rezagados; los atenienses intentaron, sin éxito, tomar el fuerte y le pusieron sitio. Todo terminó cuando un jefe subalterno ateniense reunió a una fuerza selecta de peltastas y arqueros en una senda “impracticable” en una colina que los espartanos habían dejado sin custodia “y aparecieron súbitamente en los alto de su retaguardia, infundiendo el pánico entre los de Esparta por lo inesperado del suceso” (Tucídides IV.36).
Doce años después, Demóstenes invadió Sicilia, intentando tomar Siracusa, la mayor colonia griega en la isla. Un factor clave en el desastre que siguió fue el olvido, o menosprecio, de las lecciones de Etolia y Pilos, incluso por Demóstenes. Su ataque contra Siracusa fracasó, y se vio obligado en ponerse en camino hacia Catana, una ciudad amiga de Sicilia. Ello le obligó a transitar por las colinas del sur de Sicilia; y a una batalla a la carrera con los siracusanos, apoyados por las tribus locales. En un punto, los siracusanos bloquearon un paso en el camino de los atenienses. Mientras éstos intentaban forzar el obstáculo, escaramuzadores, defendidos por hoplitas siracusanos, les arrojaron flechas, jabalinas y piedras con hondas desde las alturas de ambos lados, pues la falange ofrecía un blanco perfecto. El ataque fue repelido con graves pérdidas, pero los atenienses hubieron de afrontar el acoso constante de los escaramuzadores, incluso de noche. Demóstenes y 6000 hoplitas fueron rodeados en un bosque; sometidos a una lluvia de flechas y jabalinas durante todo un día, terminaron por rendirse. El comandante Nicias rechazó en principio la rendición, pero dos días más tarde sus tropas, sedientas y famélicas, cayeron en una emboscada al intentar cruzar el río Assiranus, y también cedieron.

La Anábasis o la retirada de los 10.000


 La Anábasis Kirou, literalmente la ascensión de Ciro, se refiere a la subida del ejército de éste, desde la costa de su satrapía hasta la batalla de Cunaxa. Allí fue donde Ciro, que pretendía quitarle el trono a su hermano Artajerjes, encontró la muerte pese  a la victoria de sus mercenarios griegos, los cuales quedaron así totalmente aislados y en medio del inmenso territorio enemigo.
Ciro había contratado a 14.000 hoplitas, 2.500 peltastas griegos y alrededor de 200 arqueros cretenses. Todos ellos conformaban lo mejor de su ejército provincial, en paridad con su guardia de caballería persa, que constaba de 600 jinetes acorazados. Ciro tenía además un fuerte destacamento de infantería persa de más de 20.000 hombres; 1.000 jinetes ligeros plafagonios y 1.400 persas de caballería pesada. El contingente griego estaba al mando de Proxenos, de Beocia.
La mención de la guardia de jinetes acorazados de Ciro es el primer antecedente que existe de lo que serían luego los catafractos persas con caballos acorazados. El combate se dio junto a Éufrates, a 50 millas de Babilonia. Tisaphernes, un sátrapa vecino de Ciro, había avisado al rey Artajerjes y el ejército de éste sorprendió a los rebeldes de Ciro en pleno orden de marcha y un tanto descuidados.
Jenofonte, verdadero corresponsal de guerra, muy serio en los detalles menores, atribuyó un número increíble al ejército enemigo, cosa común en todas las menciones griegas de ejércitos persas. Pero no deja de tener interés para los investigadores, justamente por la antedicha confiabilidad del historiador.
“Cien mil eran los bárbaros que acompañaban a Ciro y unos veinte, los carros armados de hoces. […] Se decía que los enemigos eran un millón doscientos mil y los carros falcados, doscientos. Tenían, además, seis mil jinetes, al frente de los cuales estaba Artajerjes”.
Jenofonte atribuyó a los enemigos de Ciro cuatro contingentes de trescientos mil hombres con cincuenta carros cada uno, y afirmó que uno de ellos no estuvo en la batalla, con lo que redujo a los infantes a novecientos mil y los carros presentes a ciento cincuenta. Aclaró después: “Estas noticias dieron a Ciro los desertores enemigos procedentes del ejército del rey antes de la batalla y, después del combate, los que fueron capturados más adelante lo confirmaron”.
Parecía que Jenofonte quisiera desligarse de cifras tan enormes. Pero quizá llegara a creerlas posibles, pese a que después en su libro mantiene a los enemigos en cifras generalmente bajas, con una objetividad de protagonista narrador que aún hoy nos asombra.
Jenofonte, avanzado en el relato y cuando él ya tomó el mando, nunca exageró las tropas enemigas ni planteó números astronómicos, sino que centró más bien en el registro de cantidades pequeñas y de escaramuzas personales. También vemos que su afán era casi el de documentar todo, incluso cosas en las que su personaje no quedaba muy bien parado. Es por tanto un testigo confiable que no miente ni exagera. Cuando duda, señala la responsabilidad de otras fuentes, no asume una reafirmación.
La figura de Ciro el Joven es lo que el historiador ha querido resaltar, pues luchan cien mil de sus hombres contra los novecientos mil persas del rey. También su deseo es honrar a los combatientes griegos en general: diez mil cuatrocientos hoplitas y dos mil quinientos ligeros, que no se sabe si son sólo peltastas o incluyen además a los arqueros cretenses. Ciro el Joven encarna a Ciro el Grande, personaje que él utiliza, cual Platón a Sócrates, para reforzar sus propias ideas cuando escribe la Ciropedia. Quizás exaltar a los griegos lo movió a aceptar las grandes cifras persas.
Fuera como fuese y cantidades aparte, el caso es que el ejército de Ciro venía en columna de marcha, y con el ala derecha compuesta por los griegos recostada sobre el río Éufrates. De repente se encontró con el ejército de Artajerjes II, desplegado en orden de batalla. El rey persa, que comandaba a sus tropas desde el centro, quedaba a la izquierda del ala izquierda de Ciro. Esto da una idea del descuido que traían los rebeldes y de lo peligrosa que era su posición.
Apenas los griegos vieron al enemigo comenzaron a desplegarse. Ciro quiso avanzar en dirección oblicua hacia la izquierda pero Próxenos, el comandante de los mercenarios, se negó; y con bastante buen criterio, pues no quería perder el río como guarda del flanco del ala derecha.

martes, 18 de septiembre de 2012

El ejercito de Poros, el poderoso. Tras la sombra de Alejandro



Diodoro describe el ejército indio al que se enfrentó finalmente el emperador como semejante e una ciudad amurallada, donde la infantería actuaba como muralla y los elefantes como torres. Arriano detalla el despliegue de Poros:
“En vanguardia dispuso a los elefantes distanciados unos 30m unos de otros, en un amplio frente, para formar una pantalla ante todo el cuerpo de infantería e infundir terror entre la caballería de Alejandro. No esperaba que ninguna unidad enemiga se aventurara a abrirse camino por los huecos entre los elefantes… el terror haría incontrolable el gobierno de los caballos, y era aún menos probable que lo hicieran las unidades de infantería, ya que se encontrarían con la infantería pesada y serían destruidas por los animales al volverse contra ellos y pisotearlos” (Arriano V.16.).
La primera fase de la batalla puede omitirse, pues consistió principalmente en una acción de caballería. Poros estaba en lo cierto en su suposición de que los caballos de Alejandro, no acostumbrados a los elefantes, no se acercarían a ellos y Alejandro se vio forzado a realizar maniobras de amplio barrido. Abrió la batalla reteniendo la mayor parte de su infantería y lanzando un ataque con la caballería pesada, apoyada por arqueros dahae a caballo, contra la caballería del ala izquierda india, tomándola en plena acción de despliegue. Koiros, con un destacamento de caballería pesada, se desplegó por la izquierda de Alejandro, con órdenes de seguir a la caballería de la derecha de Poros cuando éste se moviera para defenderse del ataque de Alejandro por su izquierda. Tal fue exactamente por lo que sucedió, y Koiros realizó un audaz movimiento por la retaguardia de las líneas indias y de la caballería, atrapándolas en un movimiento de pinza del cual escaparon hacia el santuario de la línea de los elefantes.
La segunda fase se centró en la infantería de Alejandro. Curcio nos dice que, antes de la batalla, el rey macedonio había despreciado el valor de los elefantes:
“Nuestras lanzas son largas y robustas; nunca nos servirán mejor que contra estos elefantes y sus guerreros. Desalojad a éstos y atravesad a las bestias. Son una fuerza militar de dudoso valor, y su ferocidad será mayor contra los suyos; son conducidos hacia el enemigo por la fuerza de las órdenes, pero también por el temor de los suyos” (Curcio VIII.14.16).
Esta suposición modeló su táctica contra los elefantes. “Entonces, Alejandro envió a los agrianos y los tracios de armadura ligera contra los elefantes, porque eran mejores en las escaramuzas que en los combates cuerpo a cuerpo. Así soltaron una lluvia de proyectiles sobre elefantes y cornacas” (Curcio VIII.14.24-25). La lluvia de jabalinas hizo su efecto, y varios elefantes enloquecieron y cargaron sin orden ni sentido. Los tracios los perseguían y, a continuación, huían de ellos, usando tácticas típicas de las escaramuzas, pero de tanto en cuanto atacaban en bloque a algún animal, tal vez cuando quedaba aislado del resto. Curcio refiere que usaron hachas para tajarle las patas, pero probablemente se refería a la rhomphaia tracia.
Al mismo tiempo, la falange avanzó contra los elefantes con la intención de limitar el espacio de combate. Las bestias rompieron la falange en un punto, como relata Arriano, “llevando la destrucción en la sólida masa de la falange macedonia” (Arriano V.17), pero parece que los elefantes tuvieron la suficiente inteligencia para comprender que esta incesante masa en avance de puntas afiladas suponía un peligro. Se congregaron literalmente en su propia línea y, como observa Curcio, “cargaron contra sus propios hombres, barriéndolos; cornacas y guerreros cayeron al suelo y murieron aplastados. Más terroríficas que amenazadoras, las bestias fueron apartadas del campo de batalla como ganado” (Curcio VIII.14.30). A la vez que pisoteada, la infantería india se agolpó en una masa inútil y desorganizada. Parece, por otra parte, que muchos arqueros indios llegaron al campo de batalla con sus arcos destensados; tuvieron que tensarlos sobre el terreno y, debido al barro (sin duda levantado por los elefantes), muchos no lo lograron.
Viendo el desorden de las líneas indias, Alejandro ordenó a su falange que formara en synaspismos (escudo cerrado) y que cargara, con la caballería atacando por las alas. La línea india fue destruida. Arriano calcula las bajas en 20.000 hombres de infantería, 3.000 jinetes y todos los carros; la mayoría de los elefantes que sobrevivieron fueron capturados e integrados en el ejército macedonio. Las pérdidas en la infantería de Alejandro sumaron 80 hombres, en su mayoría ante los elefantes, además de 230 jinetes. Poros fue capturado tras resultar gravemente herido, con su elefante muerto bajo su cuerpo. Se recuperó de las heridas,  Alejandro, una vez estuvo ante él, le pregunto como debía tratarlo, a lo cual Poros respondió: como lo que soy, un rey; el gran macedonio se sintió tan conmovido ante su dignidad y bravura en la adversidad que le repuso en el trono y le convirtió en su aliado.

viernes, 14 de septiembre de 2012

La maquinaria de guerra asiria



 Aunque los asirios tuvieron que enfrentarse con serias dificultades para unificar el Próximo Oriente, todavía hoy las grandes narraciones de las represalias asirias, puestas en lugares públicos prominentes para que todos las vieran, nos hacen sentir escalofríos. Un ejemplo famoso, inscrito a la entrada de un templo de la residencia real de Assurnasirpal II, describe la pavorosa venganza del rey contra la ciudad rebelde de Suru y nos hace comprender, como pretendió Assurnasirpal, el error de cualquier rebelión:
Estando yo en la tierra de Kutmuki, me llevaron esta noticia: “La ciudad de Suru de Bit-Halupe se ha rebelado, han asesinado a Hamatai, su gobernador, y colocado como rey a Ahiababa, hijo de un nadie, a quien trajeron de Bit-Adini.” Con la ayuda de Adad y de los grandes dioses, que han hecho grande mi reino, movilicé mis carros y ejércitos y marché por la orilla del Habur… Me acerqué a la ciudad de Suru de Bit-Halupe, y el terror del esplendor de Azur, mi señor, los abrumó. Los principales y los mayores de la ciudad, para salvar sus vidas, llegaron a mi presencia y, abrazándome los pies, me dijeron: “¡Si tú lo quieres, mátanos, si lo quieres, déjanos vivir! ¡Haz lo que tu corazón desee!” A Ahiababa, hijo de un nadie, al que habían llevado desde Bit-Adini, prendí. Con el brío de mi corazón y la furia de mis armas asalté la ciudad. Cogieron a todos los rebeldes y los entregaron… Nombré gobernador de ellos a Azi-ilu. Construí un pilar contra la puerta de su ciudad, y arranqué la piel de todos los principales que se habían sublevado, y cubrí el pilar con sus pieles; emparedé a parte de ellos dentro del pilar, empalé otro grupo con estacas sobre él y a un tercero lo até a estacas a su alrededor; desollé a muchos dentro de las fronteras de mi propia tierra y extendí sus pieles sobre las murallas; y corté los miembros a los funcionarios reales que se habían revelado. A Ahiababa me lo llevé a Nínive y allí le arranqué la piel y la extendí sobre la muralla de la ciudad….
Podemos encontrar un paralelismo en este documento si lo comparamos con las atrocidades cometidas por los comunistas en la ex URSS o las masacres cometidas por los norteamericanos en los países invadidos por ellos. No deja de ser importante observar que los jefes de la rebelión de la ciudad de Suru se rindieron sin lucha a la llegada del rey y de su ejército a las afueras de la ciudad, a pesar de lo cual Assurnasirpal no se apiadó de ellos ni de la ciudad. La rendición, aun incondicional, no suavizaba el castigo por rebelión contra Asiria.
Si este documento parece extraordinariamente vívido y cruel, no es tanto por aquel hecho excepcional o atípico. El mismo arte pictórico de Asiria ilustra de un modo excesivamente desagradable la inutilidad de la resistencia a los ejércitos asirios. Sus representaciones de ciudades en llamas, de mujeres y niños capturados por guerreros asirios, de la huida y muerte de los enemigos vencidos y de pilas de cabezas humanas es parte, también, de la gran estrategia del Imperio Asirio: mantener sometidas las poblaciones conquistadas anunciando y aplicando el terrorismo. Junto con el uso de la fuerza militar y de la propaganda del terror es bien conocida la práctica de las deportaciones en masa de los jefes de una a otra región del imperio. Un ejemplo famoso de ello es la cautividad de los israelitas y su deportación a Mesopotamia. Los reyes asirios fueron mucho más violentos que los gobernantes de Babilonia o los faraones de Egipto en el uso del simbolismo terrorista y de la psicología para afirmar su gran estrategia.
Pero el elemento esencial de la gran estrategia asiria fue la increíble eficacia de su ejército, que barrió todos los obstáculos que se le oponían y plantó sus estandartes en Anatolia, Levante, Egipto y Babilonia. Desgraciadamente, no hay ningún estudio moderno de importancia sobre el ejército asirio, aunque existen datos suficientes para escribir uno, y no nos queda más que esperar que los asiriólogos llenen pronto el vacío. Sin embargo, se pueden trazar las líneas generales de su organización y despliegue, y en unos cuantos puntos, sobre los que se han hecho estudios sistemáticos hace poco, es posible demostrar la complejidad y sutileza tácticas del estamento militar asirio.
El ejército con el que los asirios pusieron en obra su gran estrategia era una fuerza integrada de infantería pesada y ligera que consistía en lanceros, arqueros, honderos, tropas de asalto e ingenieros. Los asirios fueron la primera gran potencia que usó unidades regulares de caballería, pero los carros de guerra continuaron siendo la fuerza de choque escogida de su ejército. Aunque había un ejército central permanente, se imponía el reclutamiento obligatorio en todas las provincias, y para las guerras más importantes podía ser requerida la milicia provincial. Los relieves esculpidos asirios demuestran que el ejército actuaba bien lo mismo en terreno montañoso que en llano, algo que incluso en los tiempos modernos sólo pueden hacer unas fuerzas realmente capacitadas. Los jefes militares asirios eran conscientes de la necesidad de mantener una fuerza con suficiente flexibilidad táctica para satisfacer demandas estratégicas de lucha en las muy distintas circunstancias geográficas del triángulo asirio. Además los asirios dominaban el arte de la guerra de asedio con una eficacia no igualada hasta la innovación de las catapultas y las campañas de Alejandro Magno. No se sabe cuál fue el tamaño del ejército asirio, pero las estimaciones más recientes se suponen que estaba integrado por unos 100.000 a 200.000 hombres. Si estos supuestos son excesivos, es cierto, al menos, que los reyes asirios movilizaron los ejércitos más grandes jamás vistos en el Próximo Oriente.