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lunes, 14 de mayo de 2012

Entrevista a Sub-Comandante Marcos


Autores: Gabriel García Márquez y Roberto Pombo. ( 25 de marzo de 2001)

 El subcomandante Marcos llegó en 1984 a la selva lacandona de Chiapas, en el sureste de México, y allí vivió durante 17 años con las comunidades indígenas tzotziles y tzeltales hasta el 11 de marzo pasado, cuando la marcha que encabezó y que cruzó medio país remató con una manifestación gigantesca en la Plaza de la Constitución -mejor conocida como el Zócalo- de Ciudad de México.

En ese lugar, cargado de un enorme peso histórico, el jefe del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, sin un arma encima, hizo oficial la decisión de su movimiento de hacer política por las buenas. Desde ese día los mexicanos tienen el alma en vilo, pues saben que en buena medida el destino del país depende del éxito o del fracaso de las gestiones de este misterioso hombre encapuchado y del puñado de comandantes que componen su estado mayor. Su misión es lograr la aprobación de una ley de derechos para los indígenas y sentar al Gobierno de Vicente Fox, cara a cara, en una mesa de negociación.

Marcos se instaló con su gente en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), al sur de la ciudad, cuyos salones de clase improvisados como dormitorios y recintos de reuniones se han convertido en el centro de la atención de la opinión pública mundial, debido a la importancia de sus inquilinos actuales y a la catarata de noticias de implicaciones definitivas que se generan allí minuto a minuto.

El subcomandante de los zapatistas no había logrado que el Congreso le permitiera exponer su criterio sobre la ley de los indígenas ante los diputados en pleno, pues la división de opiniones en todos los partidos políticos impedía alcanzar cualquier consenso frente al tema. Al final, el jueves, se abrió una luz de esperanza cuando el Congreso aprobó, en una votación apretada, la propuesta de oírlo. Entre tanto, Marcos y el presidente Fox buscaban sin éxito ponerse de acuerdo sobre cuál es la mejor manera de dar el primer paso para iniciar en firme el proceso de conversaciones de paz entre la guerrilla y el Gobierno.

La semana pasada terminó en un suspenso tremendo. Antes de la decisión del Congreso, los zapatistas habían anunciado su determinación de regresar a Chiapas por considerar que la clase política se estaba cerrando al diálogo, y para atajarlos Fox había respondido con la orden de levantar los puestos de vigilancia militar en la zona del conflicto y con el anuncio de que liberaría al resto de los guerrilleros que aún están en prisión. El temor que generaba el ingreso zapatista a Ciudad de México para exigir los derechos de los indígenas parecía haber sido superado por la inquietud que producía la posibilidad de que regresaran a su tierra con las manos vacías.
  
A través de una cadena de mensajes con amigos comunes, el subcomandante Marcos aceptó hablar con los periodistas de Cambio. La cita era a las 9:30 de una noche de la semana pasada. La entrada principal de la Escuela de Antropología está protegida por agentes de la policía, y un grupo de estudiantes, que hace guardia las 24 horas del día, vigila los salones de clase donde están los zapatistas. Después de atravesar los dos anillos de seguridad, llegamos al lugar de la reunión donde no había más que una mesa y tres sillas. Cinco minutos más tarde llegó Marcos y habló con nosotros.

Después de siete años de que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional anunció que un día entrarían triunfantes a Ciudad de México, usted entra a la capital y encuentra el Zócalo completamente lleno. ¿Qué sintió al subirse a la tarima y ver ese espectáculo? 

Siguiendo la tradición zapatista de anticlímax, el peor lugar para ver una manifestación en el Zócalo es el templete. Había mucho sol, mucho smog, teníamos dolor de cabeza y estábamos muy preocupados contando a las personas que se iban desmayando delante de nosotros. Yo le comentaba a mi compañero, el comandante Tacho, que debíamos apurarnos porque cuando empezáramos a hablar nosotros no iba a quedar nadie en la plaza. No alcanzaba a verse toda la extensión. La distancia que teníamos por seguridad respecto a la gente, era una distancia también emotiva, y no nos enteramos de lo que pasó en el Zócalo hasta cuando leímos las crónicas y vimos las fotos al día siguiente. En ese sentido, y ya valorando sobre lo que otros nos dicen que fue, sí pensamos que fue la culminación de una etapa, que nuestro discurso, nuestra palabra en ese día era la apropiada y la más acertada, que desconcertamos a sectores que hubieran esperado que fuéramos a tomar el Palacio o a llamar a una insurrección generalizada. Pero también a los que pensaban que nuestro discurso se iba a limitar a la cuestión poética o lírica. Creo que el balance conseguido fue suficiente y que de una u otra forma el EZLN estaba hablando en el Zócalo el 11 de marzo, pero no del 2001, sino que estaba hablando de algo que estaba todavía por completarse: ese sentimiento que significa que la derrota definitiva del racismo se convierta en una política de Estado, en una política educativa, en un sentimiento de toda la sociedad mexicana. Como que eso ya está resuelto ahí, pero falta todavía algún trecho. Como decimos los militares, la batalla estaba ganada, pero todavía había algunos combates que dar. Creo, finalmente, que el Zócalo del día 11 de marzo nos decía que había sido acertado dejar las armas a un lado, que no era eso lo que provocaba que tuviéramos interpelación con la sociedad, que la apuesta a una movilización pacífica era correcta y que daba resultados. Falta que el Estado mexicano lo entienda, que el gobierno en concreto lo entienda.

Usted utilizó la expresión "como decimos los militares". Para los colombianos que hemos oído a nuestra guerrilla, el suyo no suena como un discurso militar. ¿Qué tanto de militares tienen usted y su movimiento, y cómo describe la guerra en la que ha luchado? 

Nosotros nos hicimos dentro de un ejército, el Zapatista de Liberación Nacional. La estructura es militar. El subcomandante Marcos es el jefe militar de un ejército. En todo caso nuestro ejército es un ejército muy otro porque lo que se está proponiendo es dejar de ser ejército. El militar es una persona absurda que tiene que recurrir a las armas para poder convencer al otro de que su razón es la razón que debe proceder, y en ese sentido el movimiento no tiene futuro si su futuro es el militar. Si el EZLN se perpetúa como una estructura armada militar, va al fracaso. Al fracaso como una opción de ideas, de posición frente al mundo. Y lo peor que le podría pasar, aparte de eso, sería que llegara al poder y se instalara como un ejército revolucionario. Para nosotros sería un fracaso. Lo que sería un éxito para una organización político-militar de las décadas del ’60 y del ’70, que surgió con los movimientos de liberación nacional, para nosotros sería un fracaso. Nosotros hemos visto que finalmente esas victorias eran fracasos o derrotas ocultas detrás de su propia máscara. Que lo que estaba pendiente siempre era el lugar de la gente, de la sociedad civil, del pueblo. Que finalmente es una disputa entre dos hegemonías. Está un poder opresor que desde arriba decide por la sociedad, y un grupo de iluminados que decide conducir al país por el buen rumbo y desplaza a ese otro grupo del poder, toma el poder y también decide por la sociedad. Para nosotros esa es una lucha de hegemonías, y siempre hay una buena y una mala: la que va ganando es la buena y la que va perdiendo es la mala. Pero para el resto de la sociedad, las cosas no están cambiando en lo fundamental. En el EZLN llega un momento en que se ve rebasado por lo que es el zapatismo. La E de la sigla queda empequeñecida, con las manos amarradas, de tal forma que para nosotros no sólo no significa una carga movilizarnos sin armas, sino que en cierto sentido también es un alivio. De hecho, la fajilla pesa menos que antes y sentimos que pesa menos la parafernalia militar que necesariamente lleva un grupo armado a la hora del diálogo con la gente. No se puede reconstruir el mundo, ni la sociedad, ni reconstruir los estados nacionales ahora destruidos, sobre una disputa que consiste en quién va a imponer su hegemonía en la sociedad. El mundo y en concreto la sociedad mexicana, está compuesto por diferentes, y la relación se tiene que construir entre esos diferentes con base en el respeto y la tolerancia, cosas que no aparecen en ninguno de los discursos de las organizaciones político-militares de las décadas del 60 y del 70. La realidad ha llegado a pasar la cuenta como siempre ocurre, y para los movimientos armados de liberación nacional el costo de la factura ha sido muy alto.

Usted parece tener diferencias con la izquierda tradicional también en cuanto a los sectores sociales que los grupos representan. ¿Eso es así?

Voy a señalar a grandes rasgos dos vacíos de la izquierda latinoamericana revolucionaria. Uno de ellos es el de los pueblos indios, de los que somos partícipes, y otros son los grupos supuestamente minoritarios. Aunque si todos nos quitáramos el pasamontañas no serían tan minoritarios, como son los homosexuales, las lesbianas, los transexuales. Esos sectores no sólo son obviados por los discursos de la izquierda latinoamericana de esas décadas y que todavía hacen carrera en el presente, sino que también se ha propuesto el marco teórico de lo que entonces era el marxismo-leninismo: prescindir de ellos y verlos como parte del proceso que debe ser eliminado. El homosexual, por ejemplo, es sospechoso de traidor, es un elemento nocivo para el movimiento y para el Estado socialista. Y el indígena es un elemento de retraso que impide que las fuerzas productivas... bla, bla, bla. Entonces lo que corresponde es eliminar esos sectores, para algunos en centros de reclusión o de reeducación, y para otros su asimilación en el proceso productivo y su transformación en mano de obra calificada. Proletarios, para ponerlo en esos términos.

Los guerrilleros suelen hablar en nombre de las mayorías. Sorprende que en su discurso usted habla en nombre de las minorías, cuando podría hablar del pueblo pobre o explotado. ¿Por qué lo hace?

Toda vanguardia se supone que es representante de la mayoría. En nuestro caso pensamos que eso no sólo es falso sino que, en el mejor de los casos, no va más allá de un buen deseo, y en el peor de los casos es un claro ejercicio de suplantación. A la hora en que se ponen en juego las fuerzas sociales, se da cuenta de que la vanguardia no es tan vanguardia y de que los representados no se reconocen en ella. A la hora en que el EZLN está renunciando a ser vanguardia, está reconociendo su horizonte real. Creer que podemos hacer esto, que podemos hablar por éstos más allá de nosotros, es masturbación política. Y en algunos casos ni siquiera es eso porque ni siquiera se siente el placer del onanismo. Apenas el que se puede obtener en los panfletos que finalmente uno es el mismo que los consume. Estamos tratando de ser honestos con nosotros mismos y alguien puede decir que es un asunto de bondad humana. No. Podemos ser incluso cínicos y decir que ser honestos nos ha dado resultado cuando decimos que sólo representamos a las comunidades indígenas zapatistas de una zona del sureste mexicano. Pero nuestro discurso ha logrado tocar el oído de mucha gente más. Hasta ahí llegamos. No más. En todos los discursos que fuimos soltando a lo largo de esta marcha le estábamos diciendo a la gente y nos estábamos diciendo a nosotros mismos que no podíamos ni debíamos empezar a encabezar o a abanderar las luchas que íbamos tocando. Nosotros suponíamos que el México de abajo estaba muy a flor de piel, que había muchas injusticias, muchos reclamos, muchas heridas... En nuestras cabezas hacíamos la imagen de que cuando nuestra marcha iniciara teníamos que llevar un arado para ir levantando la tierra y que esto fuera surgiendo. Nosotros teníamos que ser honestos y decirle a la gente que no veníamos a encabezar nada de eso. Veníamos a encabezar esta demanda y con base en ésta se podían encadenar otras. Pero ésa es otra historia.

¿Los discursos de su marcha se fueron construyendo pueblo por pueblo hasta llegar al de Ciudad de México, o los diseñó desde el comienzo para ser dichos de esa forma, y que el último no fuera necesariamente el más fuerte? 

Mire, está la versión oficial y la versión real. La oficial es que nos dimos cuenta en ese momento de que los teníamos que hacer, y la versión real es que el discurso se fue construyendo en estos siete años. Llega un momento en que el zapatismo del Ezln es rebasado ya por muchas cosas. Estamos respondiendo no a lo que éramos antes de 1994, tampoco a lo que fuimos en los primeros días de 1994 cuando estábamos combatiendo, sino que sentimos que hemos ido adquiriendo una serie de compromisos éticos a lo largo de estos siete años. Lo que ocurrió es que pretendiendo llevar un arado, que finalmente no lo conseguimos a la hora de la hora, bastaba el propio batallar de la planta del pie cuando íbamos caminando para que esto fuera brotando. En cada plaza les fuimos diciendo a todos: "no venimos a dirigirlos, no venimos a decirles qué hacer sino que venimos a pedirles ayuda". AUn así, a lo largo de la marcha recibimos legajos de reclamos que venían desde antes de la revolución mexicana en espera de que alguien resuelva el problema. Si pudiéramos resumir el discurso de la marcha zapatista hasta hoy, sería: "Nadie lo va a hacer por nosotros". Hay que cambiar las formas organizativas, e incluso rehacer el quehacer político para que esto sea posible. Cuando decimos "no" a los líderes, en el fondo también estamos diciendo "no" a nosotros.

Usted y los zapatistas están en la cima de su prestigio, acaba de caer el PRI en México, hay un proyecto de ley en el Congreso que crea un estatuto indígena, y puede empezar la negociación que usted plantea. ¿Cómo ve el panorama? 

Como una lucha y una disputa entre un reloj que chequea el horario de ingreso de los empleados de una empresa, que es el reloj de Fox, y el nuestro que es un reloj de arena. La disputa es entre que nosotros nos acomodemos a ese reloj de chequeo y Fox se acomode al reloj de arena. No va a ser ni uno ni otro. Tenemos que entender, él y nosotros, que tenemos que construir otro reloj de común acuerdo, y que ese es el reloj que va a marcar el ritmo del proceso de diálogo y finalmente el de la paz. Estamos en el terreno de ellos, el de la sede del poder político, donde la clase política está en el medio en donde se desarrolla. Estamos con una organización perfectamente ineficaz a la hora de hacer política, al menos esa política. Somos torpes, balbuceantes y con buena voluntad. Del otro lado están los que manejan bien esos códigos. Es, otra vez, una disputa entre si el quehacer político va a ser el que dicte la clase política o el que nosotros traemos. Pienso, otra vez, que no va a ser ni uno ni otro. Cuando hicimos la guerra tuvimos que desafiar al Gobierno y ahora para construir la paz tenemos que desafiar no sólo al Gobierno sino a todo el Estado mexicano. No hay una mesa para sentarse a dialogar con el Gobierno. La tenemos que construir. El reto es que tenemos que convencer al Gobierno de que tenemos que hacer esa mesa, que debe sentarse y que va a ganar. Y que si no lo hace va a perder.

¿Quiénes deben estar en esa mesa? 

Por un lado el Gobierno y por el otro nosotros.

¿Fox no está aceptando de hecho esa mesa cuando dice que quiere hablar con usted, y que lo recibe en Palacio o que hablan en el lugar que usted escoja? 

Lo que él está diciendo es que quiere su parte del pastel mediático, porque no se ha convertido esto en un proceso de diálogo y negociación sino en una carrera de popularidad. Lo que quiere Fox es conseguir la foto para garantizar su presencia en los medios de comunicación. El proceso de paz no se construye con un evento coyuntural sino con un diálogo. Ese proceso no se construye con fotos, sino dando señales, sentándose y dedicándose a eso. Nosotros estamos dispuestos a hablar con Fox, si él se va a responsabilizar del diálogo y la negociación hasta que termine. Pero nosotros le preguntaríamos: ¿entonces, quién va a gobernar al país durante el tiempo en que esté reunido con nosotros, que será un proceso arduo? Bueno, qué les voy a decir yo a los colombianos de eso, si saben que los procesos de negociación y diálogo de un conflicto armado son escabrosos y que no es posible que el jefe del Ejecutivo se dedique de tiempo completo a eso. Que nombre un comisionado y sobre ese comisionado lo podemos construir. No hay afán. Nosotros no tenemos entre nuestros sueños húmedos una foto con Vicente Fox.

En ese proceso tan largo, ¿va a seguir así, vestido de guerrillero en un recinto universitario? ¿Cómo es un día suyo? 

Me levanto, doy entrevistas y llega la hora de volver a dormir (risas). Hacemos interlocución con varios de estos grupos que le he mencionado. Un montón de mundos o submundos -depende de cómo estén perseguidos y marginados- que el discurso zapatista ha tocado. Lo que estamos haciendo es tener dos mesas y una de esas sillas giratorias y de rueditas que había cuando yo era joven. Estamos en este momento en una mesa con el Congreso de la Unión y en otra mesa con las comunidades de la Ciudad de México. Pero nos preocupa que el Congreso nos está dando el tratamiento que le da a cualquiera que pide ser atendido y le dicen que espere porque están atendiendo otros asuntos. Si esto es así, son muchas cosas las que se lastiman porque no sólo está en juego el reconocimiento de los derechos indígenas. Sería una carambola mala porque los golpeados serían muchos. La gente no va aceptar que la volteen a mirar sólo en la fecha electoral. Además sería una señal para los otros grupos político-militares más radicales, que han crecido con la bandera de que la negociación política es una claudicación.

Entre paréntesis, dice usted que había sillas giratorias cuando era joven. ¿Cuántos años tiene? 

Yo tengo 518 años... (risas).
 
¿El diálogo que ustedes proponen busca la creación de nuevos mecanismos de participación popular para la toma de decisiones o están detrás de decisiones de Gobierno que consideran necesarias para el país? 

El diálogo significa simplemente acordar las reglas para que la disputa que se da entre ellos y nosotros sea en otro terreno. Lo que está en la mesa del diálogo no es el modelo económico. Lo que está en juego es cómo nos vamos a disputar eso. Es algo que Vicente Fox tiene que entender. Nosotros no nos vamos a hacer foxistas en la mesa. Lo que la mesa tiene que construir es que este pasamontañas salga con dignidad y que ni yo ni nadie tenga que regresar a llenar esto de parafernalia militar. El reto es que no sólo tenemos que construir la mesa, sino que tenemos que construir al interlocutor. Tenemos que construirlo como un hombre de Estado y no como producto de la mercadotecnia o del diseño de los especialistas de imagen. No es fácil. Era más fácil la guerra. Pero con la guerra lo que es irremediable es mucho mayor. En la política siempre se puede remediar.

Su indumentaria es extraña: un pañuelo raído amarrado al cuello y una gorra deshecha. Pero a la vez lleva una linterna que aquí no necesita, un aparato de comunicaciones que se ve muy sofisticado y tiene un reloj en cada muñeca. ¿Son símbolos? ¿Qué significa todo eso? 

La linterna es porque nos tienen metidos en un hueco donde no hay luz y el radio es para que mis asesores de imagen me dicten las respuestas a las preguntas de los periodistas. No. En serio. Este es un walkie talkie comunicado con seguridad y con nuestra gente en la selva para que nos comuniquen si hay algún problema. Hemos recibido varias amenazas de muerte. El paliacate (pañuelo) era rojo y nuevo cuando tomamos San Cristóbal de las Casas hace siete años. Y la gorra es con la que llegué a la selva lacandona hace 18 años. Con un reloj llegué a esa selva y el otro es de cuando empezó el alto el fuego. Cuando las dos horas coincidan significa que se acabó el zapatismo como ejército y que siguen otra etapa, otro reloj y otro tiempo.

¿Cómo ve a la guerrilla colombiana y en general el conflicto armado de nuestro país? 

Desde acá veo muy poco. Lo que dejan filtrar los medios de comunicación: el proceso de diálogo y negociación que tienen ahora, las dificultades que surgen en ese proceso. Por lo que alcanzo a ver es un proceso de diálogo muy tradicional, no es novedoso. Están sentados los dos a la mesa y los dos están poniendo al mismo tiempo en juego sus fuerzas militares para construir posiciones ventajosas en la mesa. O al revés, porque no sabemos qué tiene cada quien en la cabeza. A lo mejor la mesa está produciendo situaciones ventajosas para los enfrentamientos militares. No hacemos mucho caso sobre las acusaciones de ligas con el narcotráfico porque no sería la primera vez que se le acusa a alguien de esas cosas y luego resulta que no es cierto. Dejamos el beneficio de la duda. No lo calificamos como bueno o malo, pero sí tomamos distancia como lo hacemos con otros grupos armados en México en cuanto que consideramos que no es ético que todo se valga por el objetivo del triunfo de la revolución. Todo, incluyendo llevarse entre las patas a civiles, por ejemplo. No es ético que la toma del poder cubra de bondad las acciones de cualquier organización revolucionaria. No creemos eso de que el fin justifica los medios. Finalmente nosotros pensamos que el medio es el fin. Construimos nuestro objetivo a la hora en que vamos construyendo los medios por los que vamos luchando. En ese sentido, el valor que le damos a la palabra, a la honestidad y a la sinceridad es grande, aunque a veces pequemos de ingenuos. Por ejemplo, el 1° de enero de 1994, antes de atacar al Ejército, nosotros le dijimos que lo íbamos a atacar. No nos creyó. A veces nos da resultado y a veces no. Pero a nosotros nos satisface que, como organización, nos vayamos construyendo una identidad.

¿Usted cree posible negociar la paz en medio de la guerra como sucede en Colombia? 

Es muy cómodo y muy irresponsable opinar desde acá sobre lo de allá. Un proceso de diálogo y negociación no tiene éxito si las partes no renuncian a vencer. Si una de las partes utiliza el proceso de diálogo como un tour de force para ver quién derrota al contrario, el proceso de diálogo va a fracasar tarde o temprano. En ese caso, el terreno de la confrontación militar se está trasladando a la mesa. Para que el diálogo y la negociación tengan éxito necesitan partir los dos del precedente de que no pueden vencer al contrario. Hay que construir una salida que signifique la victoria para los dos, y en el peor de los casos que signifique una derrota para los dos. Pero que no siga la confrontación como está. Claro que es difícil, sobre todo en movimientos que tienen muchos años como es el caso de la guerrilla colombiana. Hay mucho ya lastimado de uno y otro lado y muchas deudas pendientes, pero creo que nunca es tarde para intentarlo.

¿Todavía, en medio de todos esos rollos, tiene tiempo para leer? 

Sí porque, si no..., ¿qué hacemos? En los ejércitos de antes, el militar aprovechaba el tiempo para limpiar su arma y rehacerse de parque. En este caso, como nuestras armas son las palabras, tenemos que estar pendientes de nuestro
arsenal a cada momento.

Todo lo que dice, la forma en que lo dice y el contenido, demuestran una formación literaria muy seria y muy antigua. ¿Cómo se hizo y de dónde salió?

Tiene que ver con lo que fue nuestra niñez. En nuestra familia la palabra tenía un valor muy especial. La forma de asomarse al mundo era a través del lenguaje. No aprendimos a leer en la escuela sino leyendo los periódicos. Mi padre y mi madre nos metían rápidamente a leer libros que te permitían asomarte a otras cosas. De una u otra forma adquirimos la conciencia del lenguaje como una forma no de comunicarnos sino de construir algo. Como si fuera un placer más que un deber. Cuando viene la etapa de las catacumbas, frente a los intelectuales burgueses, la palabra no es lo más valorado. Queda relegado a un segundo plano. Es cuando llegamos a las comunidades indígenas, cuando el lenguaje llega como una catapulta. Te das cuenta de que te faltan palabras para expresar muchas cosas y eso obliga a un trabajo sobre el lenguaje. Volver una y otra vez sobre las palabras para armarlas y desarmarlas.

¿No será al contrario? ¿No será que ese manejo de la palabra es lo que permite esa nueva etapa? 

Pasa como en una licuadora. No sabes qué fue lo que le aventaste primero, y lo que se tiene es el cóctel.

¿Podemos hablar de esa familia? 

Era una familia de clase media. El padre, el jefe de familia, era maestro de escuela rural en la época del cardenismo cuando, como decía él, a los maestros les cortaban las orejas por comunistas. Mi madre, también maestra rural, finalmente cambia de lugar y se hace a una familia de clase media. Quiero decir que era una familia sin ninguna dificultad. Todo esto en provincia, donde el horizonte cultural es la página de sociales de un periódico. El mundo de afuera o el gran mundo era la Ciudad de México y sus librerías, porque eso era el gran atractivo de llegar acá. Eventualmente había ferias del libro en provincia, y ahí era donde podíamos conseguir algo. García Márquez, Fuentes, Monsiváis, Vargas Llosa (independientemente de cómo piense) para mencionar algunos a grandes rasgos, entran a través de mis padres. Nos ponen a leerlos. Cien años de soledad era para explicar lo que era la provincia en ese entonces. La muerte de Artemio Cruz, lo que había pasado con la revolución. Días de guardar, lo que estaba pasando en la clase media. De alguna forma era nuestro retrato pero desnudo, La ciudad y los perros. Todas esas cosas estaban ahí. Estábamos saliendo al mundo de la misma forma en que estábamos saliendo a la literatura. Yo creo que eso nos marcó. No nos asomábamos al mundo a través de un cable noticioso sino a través de una novela, un ensayo o un poema. Eso nos hizo muy otros. Ese fue el cristal que mis padres pusieron, como otro puede poner el cristal de los medios de comunicación, o un cristal negro para que no se vea qué está pasando.

¿En dónde está El Quijote en medio de todas esas lecturas? 

Me regalaron un libro cuando cumplí 12 años, hermoso, de pasta dura. Era Don Quijote de la Mancha. Yo lo había leído pero en esas ediciones juveniles. Era un libro caro, un regalo muy especial que por ahí debe estar esperando. Shakespeare es el que llega después. Pero si pudiera dar el orden, diría que en literatura entra primero lo que se llamó como el boom latinoamericano, luego Cervantes, luego García Lorca, y ahí viene una etapa de poesía. De manera que usted (señala a García Márquez) es corresponsable de todo esto.

¿Los existencialistas y Sartre pasaron por ahí? 

No. Llegamos tarde a todo eso. Propiamente a la literatura existencial y antes de ella a la literatura revolucionaria, llegamos ya muy maleados, como dirían los ortodoxos. De modo que a Marx y a Engels les entramos muy viciados por la literatura, su sarcasmo y su humor.

¿No había lecturas de teoría política? 

En la primera etapa, no. Del A, B, C, D pasamos a la literatura y de ahí a los textos teóricos y políticos hasta que va entrando uno a la preparatoria.

¿Creían sus compañeros que era o podía ser comunista? 

No, creo que no. Tal vez lo más que llegaron a decirme fue que era un rabanito: rojo por fuera y blanco por dentro.

¿Qué está leyendo ahora? 

El Quijote es el que está de cabecera y por lo regular cargo el Romancero Gitano de García Lorca. El Quijote es el mejor libro de teoría política, seguido de Hamlet y Macbeth. No hay mejor forma para entender el sistema político mexicano en su parte trágica y en su parte cómica: Hamlet, Macbeth y El Quijote. Mejor que cualquier columna de análisis político.

¿Usted escribe a mano o en computadora? 

En computadora. Sólo en esta marcha tuve que escribir mucho a mano porque no había tiempo de trabajar. Hago un borrador, después otro y otro y otro. Parece broma, pero es por ahí del séptimo cuando sale.

¿Qué libro está escribiendo? 

Estaba intentando escribir un despropósito, que es tratar de explicarnos a nosotros mismos desde nosotros mismos, que es casi imposible. Lo que nosotros tenemos que contar es la paradoja que somos. Por qué un ejército revolucionario no se plantea la toma del poder, por qué un ejército no combate si ese es su trabajo. Todas las paradojas que hemos enfrentado: que hayamos crecido y nos hayamos hecho fuertes en un sector que está completamente alejado de los canales culturales.

Si todo el mundo sabe quién es usted, ¿para qué el pasamontañas?

Un dejo de coquetería. No saben quién soy, pero además no les importa. Lo que se está jugando aquí es lo que es y no lo que fue el subcomandante Marcos.

Fuente: Revista Cambio.com. "Habla Marcos". Circa 25 de marzo de 2001.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Tesis sobre el Guerrillerismo (1973)


Miguel Capa (Nahuel Moreno)
Eugenio Greco & Alberto Franceschi
1) El programa del trotskismo es hacer la revolución socialista mundial, movilizando en forma permanente a la clase obrera hasta lograr la destrucción del sistema imperialista mundial, la toma del poder por la clase obrera internacional y la construcción del socialismo a nivel mundial. Para llevar adelante este programa, el trotskismo se plantea la construcción de la Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Socialista, sin cuya conducción la revolución socialista mundial no podrá triunfar. Por eso, las dos únicas estrategias generales del trotskismo son: la movilización permanente de la clase obrera y las masas para la toma del poder y la construcción del partido. En relación a su programa y sus estrategias, todo lo demás es táctico. No tenemos acuerdos programáticos ni estratégicos con ninguna corriente, movimiento, tendencia o partido cuyo programa, organización y/o metodología sean opuestos a la movilización independiente, democráticamente autoorganizada y permanente de los trabajadores a nivel internacional y nacional y a la construcción de la Internacional y sus secciones nacionales.

2) La revolución obrera socialista, como toda revolución en la historia, también es popular. La clase obrera no puede tomar y ejercer el poder si no es con la movilización y el apoyo de la mayoría de la población, es decir, sin la alianza de los trabajadores con las masas populares no proletarias explotadas y oprimidas por el sistema capitalista imperialista, sus regímenes y gobiernos.

La necesidad de la alianza obrero-campesina-popular para hacer la revolución socialista e instaurar la dictadura del proletariado se expresa en el terreno político, en la obligación del partido obrero revolucionario de realizar una política de alianzas con las direcciones políticas de esas clases y capas sociales. Esas alianzas no sólo son lícitas, sino imprescindibles para movilizar a las masas y tomar el poder. Así lo demuestra la experiencia de los bolcheviques, que debieron pactar con los Socialistas Revolucionarios de Izquierda para llevar a los soviets al poder en Rusia en 1917 con el apoyo del campesinado.

Pero esta política de alianzas sólo conduce a la revolución socialista si la clase obrera y su partido revolucionario se mantienen independientes, actuando como dirección, como caudillo de todo el pueblo. Esto es así porque las direcciones pequeñoburguesas y burguesas son enemigas mortales de la movilización permanente y democráticamente autoorganizada de los trabajadores, de la toma del poder por éstos y de la revolución socialista. Toda alianza con esas direcciones es, por lo tanto, táctica, momentánea, un acuerdo para la acción común. Su objetivo es movilizar a las masas en la forma más amplia posible. Sólo puede y debe realizarse cuando esas direcciones encabezan, promueven o abren una brecha para la movilización de masas. Y está destinada a romperse apenas esas direcciones traicionen al proceso revolucionario, como es inevitable por su carácter de clase. Así ocurrió también en Rusia, donde los Socialistas Revolucionarios de Izquierda rompieron rápidamente con los bolcheviques y se pasaron a combatir en el campo de la contrarrevolución contra el poder soviético.

3) El surgimiento de direcciones pequeñoburguesas independientes del stalinismo que han dirigido revoluciones triunfantes, como fue en su momento el castrismo y es ahora el sandinismo, puede llevarnos al error de creer que con estas direcciones y sus organizaciones nos une una estrategia común: la de hacer la revolución política contra el régimen burgués de turno e independizar al país del imperialismo. Sería un error grave, ya que no tenemos ninguna estrategia común con esas direcciones pequeñoburguesas independientes del stalinismo. Ellas, como cualquier dirección pequeñoburguesa, oscilan entre la burguesía y la clase obrera. Juegan, ora un papel progresivo, ora un papel reaccionario. Pero a la larga es inevitable que traicionen a la revolución, en algún punto del proceso revolucionario, por esa profunda razón de clase: son pequeñoburguesas.

Para nosotros, la revolución política es un momento de la revolución socialista. Por eso si bien podemos coincidir con ellas en derribar a una dictadura proimperialista, no coincidimos en quién debe reemplazarla. Ellas están totalmente dispuestas, como lo demostraron el castrismo con Urrutia y el sandinismo con Chamorro y Robelo, a sustituir la dictadura por un gobierno burgués de colaboración de clases. Nosotros luchamos para que tome el poder la clase obrera para hacer la revolución socialista. Y, si podemos, lo hacemos inmediatamente ya que lo peor que le puede pasar a una revolución es quedar estancada en la “etapa” de la revolución política democrática, como también lo demuestra Nicaragua. Lo único que nos une a estas direcciones es que los dos estamos en contra del régimen dictatorial, pero estamos tajantemente divididos en lo que estamos a favor : ellos un nuevo gobierno burgués, nosotros un gobierno obrero y campesino. No hay, por lo tanto, ninguna estrategia común.

Incluso si esas direcciones, acorraladas entre el ascenso de masas y la agresión imperialista, se ven obligadas contra su voluntad a expropiar a la burguesía y establecer un estado obrero, como hizo Castro, tampoco tenemos con ellas una estrategia común. Para nosotros, las revoluciones nacionales son momentos de la revolución socialista internacional. La constitución de estados obreros tiene como objetivo fundamental y prioritario construir una palanca poderosísima para ayudar al desarrollo de la revolución mundial. Esas direcciones, precisamente por ser pequeñoburguesas, son nacionalistas, no internacionalistas. Cuando toman el poder, hacen lo imposible por no expropiar y no ponen jamás el país al servicio de la extensión de la revolución. Y, si expropian, establecen un régimen totalitario para desmovilizar a las masas y dedicarse a “construir el socialismo en el propio país”. No hay, en consecuencia, ninguna coincidencia estratégica, por cuanto nuestra estrategia es opuesta a la de ellos: instaurar en el estado obrero un régimen leninista, el único que, apoyándose en la autoorganización y movilización democrática de los trabajadores, tiene como finalidad central el desarrollo de la revolución socialista internacional.

4) La diferencia entre las direcciones pequeñoburguesas independientes y los aparatos tradicionales es que las primeras, en algunas coyunturas, sí quieren hacer una revolución, así sea solamente contra un régimen odiado, en tanto que los segundos son conscientemente contrarrevolucionarios. Por eso reivindicamos a las direcciones pequeñoburguesas independientes, si se mantienen consecuentes con su propio programa, como grandes luchadores y héroes de la revolución democrática y antiimperialista, mientras denunciamos a los burócratas y stalinistas como contrarrevolucionarios.

Pero esta diferencia no nos puede ocultar que las direcciones pequeñoburguesas independientes, por ese carácter de clase, están mucho más cerca de la burocracia y del stalinismo que de nosotros. Sólo así se explica que Castro se haya incorporado al aparato stalinista mundial; que los sandinistas, sin haberse incorporado, apliquen fielmente la política que les aconseja el stalinismo; y que los guerrilleros salvadoreños estén siendo controlados por el stalinismo aún antes de haber triunfado la revolución democrática antiimperialista, y ya no proponen terminar con Duarte, sino compartir el gobierno con él, es decir ya no son consecuentes ni siquiera con hacer la revolución democrática antiimperialista. En conclusión, si bien es cierto que con las direcciones pequeñoburguesas independientes podemos recorrer juntos un trecho del camino más largo del que podemos recorren con el stalinismo, no deja de ser eso, un trecho en el camino. Pero no estamos de acuerdo en la estrategia, es decir, a dónde conducir ese camino.

Por esa razón, nuestra política de alianzas con las direcciones pequeñoburguesas independientes, es igual que con el stalinismo, la burocracia sindical e incluso con direcciones burguesas nacionalistas: se reduce estrictamente a los acuerdos para la acción común, manteniendo nuestra total independencia política y organizativa, para movilizar a las masas y desplazarlos como dirección.

5) El hecho de que las direcciones independientes cumplan un rol más progresivo en algún período de la lucha de clases que el stalinismo y demás aparatos contrarrevolucionarios no significa que sean la mejor dirección posible de los sectores populares aliados del proletariado. Los trotskistas no abandonamos a eses sectores sociales a disposición de esas direcciones pequeñoburguesas independientes. Nosotros luchamos para que sea la clase obrera la que dirija a sus aliados, lo cual significa desplazar de la dirección de los sectores populares no proletarios a las direcciones pequeñoburguesas —guerrilla incluida—. Queremos que los campesinos pobres, el proletariado rural, la pequeña burguesía urbana empobrecida, los marginales, el semiproletariado, etc., reconozcan como su dirección a la clase obrera y a su dirección revolucionaria trotskista o trotskizante, no a las organizaciones pequeñoburguesas. Esto implica, entre otras cosas, que los trotskistas no aceptamos que los sectores populares no obreros sean un coto privado de las direcciones pequeñoburguesas. Nuestro objetivo es que haya fracciones campesinas, pequeñoburguesas bajas, etcétera, trotskistas (aunque no tengamos fuerzas para llevarlo a la práctica si nuestro partido es pequeño), que combatan a las organizaciones burguesas, pequeñoburguesas y burocráticas en todos los sectores sociales, explicándoles que sólo bajo la dirección y el gobierno de la clase obrera lograrán destruir al régimen odiado y satisfacer sus reivindicaciones.

6) Toda política de alianzas implica acuerdos entre direcciones. Esos acuerdos pueden ser simples unidades de acción, frentes u organizaciones comunes. A diferencia de los acuerdos, que sólo comprometen al partido a luchar por el punto común sobre el cual se acordó, los frentes ya implican la existencia de una dirección, es decir cierto grado de centralismo, y de organismos de base comunes. Por esa razón, el trotskismo jamás baraja, ni siquiera como hipótesis, hacer un frente, ni mucho menos una organización revolucionaria común, con organizaciones no obreras, sean ellas burguesas o pequeñoburguesas, ya que ello significaría que estaríamos dispuestos a aceptar la disciplina de esas organizaciones o, lo que es lo mismo, la perdida de la independencia del partido y de la clase obrera ante organizaciones no proletarias.

En cambio, sí aceptamos o impulsamos frentes u organizaciones comunes con otras direcciones u organizaciones obreras. Estamos en los sindicatos y en los soviets, que son frentes más o menos permanentes de la clase obrera, y es obligatorio que estemos. Podemos ser parte incluso de un partido obrero con direcciones obreras burocráticas proburguesas o stalinistas frentepopulistas para arrancar a una clase obrera atrasada del sometimiento a los partidos burgueses y conquistar la independencia política del proletariado.

En estos frentes, si son de masas o incluso si reflejan un fenómeno muy progresivo y dinámico de la vanguardia obrera, podemos llegar a disciplinarnos a ellos, Si, además, el funcionamiento es democrático, nuestra disciplina puede llegar a ser casi total. Nunca nuestra disciplina es total, ya que un frente obrero puede aplicar una política contraria a nuestros principios: no  apoyamos ni nos disciplinamos a un sindicato de los maestros blancos norteamericanos, aunque sean la gran mayoría de los maestros, si exigen que se segregue a los maestros latinos; no apoyamos ni nos disciplinamos a los sindicatos norteamericanos que manifestaban en apoyo a la guerra imperialista en Vietnam.

Estos frentes obreros son frentes y no simples acuerdos porque tienen cierto grado de centralismo, una dirección, organismos de base comunes donde las diferentes corrientes o fracciones luchan por imponer sus políticas y que nosotros aspiramos y peleamos para que sean democráticos, cierta permanencia en el tiempo, etcétera.

También podemos hacer acuerdos políticos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas, de la misma forma que los hacemos con direcciones burguesas o pequeñoburguesas. Tanto los frentes como los acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas tienen el mismo doble objetivo que los acuerdos que hacemos con direcciones no proletarias: movilizar a los obreros y destruir a la burocracia. Estamos en los soviets para movilizar a los trabajadores hacia el poder y desplazar a las corrientes reformistas que participan en el soviet. Estamos en un partido laborista para defender la independencia política de la clase y para desplazar a su dirección colaboracionista. Y hacemos un acuerdo como el del MAS y el PC argentinos para movilizar y hacer avanzar la conciencia de nuestra clase y ganarle la dirección de la vanguardia al PC.

7) El Frente Unico Revolucionario, en cambio, es un frente entre nuestra organización trotskista y las corrientes obreras de vanguardia que evolucionan hacia nuestro programa. Es una transición hacia el partido obrero revolucionario. Si el frente cuaja, rápidamente tenderá a transformarse en partido obrero revolucionario. Lucharemos para que sea permanente y se organice en forma centralista democrática. Esto quiere decir, entre otras cosas, que nuestra disciplina a él será absoluta, ya que tenderemos a disolver nuestra organización.

Al igual que los acuerdos con direcciones no proletarias y de los frentes y acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias, el Frente Unico Revolucionario busca la movilización de las masas. Pero es una táctica que se inscribe en la estrategia de construcción del partido. Por esta razón, se diferencia de aquellos en que no queremos destruir a las organizaciones obreras revolucionarias con las cuales hacemos el Frente Unico Revolucionario, sino fortalecernos todos haciendo un partido único. Si, en el desarrollo de nuestra política de Frente Unico Revolucionario, la evolución de esas corrientes se detiene y cristalizan como centristas, el Frente Unico Revolucionario se rompe y los centristas se convierten en un nuevo obstáculo para la construcción del partido y deben ser tratados como tales,: acuerdos para movilizar a las masas y destruirlos a ellos.

8) Si bien los acuerdos y frentes que realiza el partido trotskista son tácticas en función de sus estrategias fundamentales de movilizar a las masas para la toma del poder por el proletariado y construir el partido, como principio general esas tácticas son obligatorias. Uno de los principios del trotskismo y el leninismo, que lo diferencia del ultraizquierdismo y sectarios es precisamente la obligatoriedad de todo acuerdo o frente que ayuda a la movilización de las masas y/o a la construcción del partido.

Pero este principio se combina y supedita a otro: nuestra política no va dirigida a las direcciones, organizaciones o sectores de vanguardia del movimiento obrero a quienes les planteamos acuerdos o frentes o sobre los cuales queremos trabajar para ganarlos para el partido. Por el contrario, nuestra política y consignas son dictadas por las necesidades de las masas y, tomando en cuenta su conciencia, buscan tender un puente entre esa movilización y las tareas socialistas. Por eso, en cada coyuntura de la lucha de clases, el trotskismo levanta un programa de transición que arranca de las necesidades de la clase obrera y las grandes masas populares.

Todo intento de definir nuestra política y consignas a partir de las líneas, inquietudes o necesidades de las organizaciones con las cuales hacemos acuerdos o frentes o de los sectores de vanguardia sobre los cuales privilegiamos la actividad para construir el partido, es revisionismo vanguardista. Nos lleva a alejarnos de la clase obrera y a capitular a sectores no proletarios, u obreros oportunistas o centristas y nos impide movilizar a las masas hacia el triunfo de la revolución socialista.

Por eso mismo, nuestra relación con las organizaciones con las cuales hacemos frentes o acuerdos y con los sectores de vanguardia sobre los cuales trabajamos es la crítica sistemática a sus posiciones, la confrontación de nuestra política y consignas, extraídas de las necesidades de las masas y de su movilización, con las consignas y políticas de esas organizaciones y sectores de vanguardia.

Nuestra corriente tiene una larga tradición de lucha contra el vanguardismo mandelista y contra una de sus expresiones más criminales: la capitulación a las organizaciones guerrilleras. Esa batalla es uno de los jalones fundamentales en el desarrollo de lo que hoy es la LIT-CI. Si bien las actuales guerrillas y fenómenos de vanguardia no son idénticos a las de la primera época castrista, las conclusiones generales de esa lucha hacen parte de la tradición y los principios de la LIT-CI.

9) Para aplicar correctamente la política de alianzas y toda otra política trotskista es imprescindible hacer claras definiciones de clase y políticas de las organizaciones y direcciones que actúan sobre el movimiento de masas y su vanguardia. El trotskismo rechaza toda definición de clase que tome en cuenta sólo una característica o elemento: programa, composición social de la base, procedencia social de la dirección, forma organizativa, u otra. Todos estos elementos hacen parte de la definición, pero las dos características centrales son la dirección y la política.

El problema de clase de la dirección no es su origen social, sino si esa dirección se propone construir o no una organización obrera orgánicamente independiente de la burguesía. Si se lo propone, es una dirección obrera y su organización es una organización obrera. Puede ser una dirección obrera sindical, stalinista, electoralista, sindical-burocrática, sindical-revolucionaria, bolchevique, pero es obrera. Si se propone organizar a todos aquellos que están dispuestos a votarla en las elecciones, o a hacer acciones armadas, o a cualquier cosa, sin importale la clase social, no es una dirección obrera, sino burguesa o pequeñoburguesa. El hecho de que su base pueda ser mayoritariamente obrera , como es el caso, por ejemplo, del peronismo argentino, no cambia el carácter de clase de la organización y de su dirección, sólo la hace más nefasta y peligrosa.

El problema política se sintetiza en la pregunta: ¿qué le propone esa dirección a la clase obrera? Según la respuesta a esta pregunta puede ser una dirección obrera de derecha y proburguesa, como la burocracia sindical argentina, o proburguesa colaboracionista de clases, como la socialdemocracia, stalinista, clasista centrista, etc... Sólo es dirección obrera revolucionaria si es trotskista, es decir si levanta el programa de la revolución socialista internacional, o trotskizante, es decir si es dinámica, va cada vez más hacia la izquierda, tiende hacia nuestro programa.

De estos dos elementos, el que prima, el punto de partida para toda definición, es el carácter de clase. Definir a una organización a partir de una política coyuntural o un programa escrito más o menos radical es un error grave que nos arrastra inevitablemente al oportunismo. Es decir, nos dejará desarmados, a nosotros y a nuestra clase, cuando esa dirección u organización cometa la inevitable traición al proceso revolucionario que se desprende inexorablemente de su carácter de clase no proletaria.

10) Las organizaciones y direcciones guerrilleras no son obreras, sino burguesas o pequeñoburguesas, por el solo hecho de ser guerrilleras. Su dirección no se propone construir una organización obrera en la clase obrera, sino organizar a todos los que estén de acuerdo en hacer guerrillas, a servir de base a la guerrilla o a apoyar a la guerrilla. Su línea demarcatoria no es la clase obrera, sino los individuos de cualquier clase que quieran tomar las armas. Su programa y su política es hacer guerrilla.

Las organizaciones guerrilleras son un fenómeno distinto a los partidos políticos que, eventualmente, hicieron guerrillas, como fue el caso, entre otros muchos, del PC chino, el castrismo y el PC vietnamita. Todos ellos eran partidos que, aunque en algún período asumieron la guerrilla como forma fundamental de lucha, la supeditaron al partido. Las organizaciones guerrilleras no se supeditan a ningún partido, sino que ellas supeditan a sus organizaciones y militantes “de superficie”. Cuando las organizaciones guerrilleras desarrollan una organización “de superficie”, sindical o política entre los trabajadores o la juventud, ella es el brazo político de la organización guerrillera. La organización guerrillera no es, pues, el brazo armado de un partido político (obrero o no), sino a la inversa. Los Montoneros argentinos, por ejemplo, tuvieron una numerosa Juventud Trabajadora Peronista llena de extraordinarios luchadores sindicales, así como una juventud universitaria, secundaria, barrial, etcétera. Cualquiera de ellas sumaba muchos más miembros que los combatientes Montoneros. Pero cuando Firmenich dio la orden de pasar a la clandestinidad y relanzar al guerrilla, todos esos militantes, sin voz ni voto, acataron la orden y abandonaron a su suerte a los trabajadores y a la juventud.

Al hacer de la guerrilla un programa y una estrategia permanente, las organizaciones guerrilleras jamás pueden ser definidas como organizaciones obreras, ya que, como sostenía Lenin: “El partido del proletariado no debe nunca considerar la guerra de guerrillas como el único, ni siquiera el fundamental medio de lucha, sino que debe supeditarse a otros, debe guardar la necesaria proporción con los principales medios de lucha, debe ser ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los medios de lucha, en la sociedad burguesa acercarán al proletariado a diferentes capas no proletarias situadas por encima o por debajo de él...” (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires, 1960, Tomo XI, pág. 215).

Las organizaciones guerrilleras son enemigas de la organización obrera. No vuelcan sus dirigentes, que muchas veces son extraordinarios luchadores, a organizar a los trabajadores, a construir en la clase obrera un partido, un sindicato, un soviet, sino que los vuelcan a organizar a los guerrilleros. Peor aun, utilizan a la clase obrera, si intervienen en ella, como abastecedora de combatientes, sacando así de la clase (y enviando a la muerte) a valiosísimos activistas y luchadores y debilitando así la organización de la clase obrera. Y cuando no los sacan físicamente, los sacan en su actividad, ya que los usan como apoyo, para guardar armas o llevarlas, para hacer propaganda clandestina a favor de la guerrilla, etcétera; de esta forma esos luchadores obreros no pueden, por razones elementales de seguridad, hacer ninguna o casi ninguna actividad de organización política ni sindical de la clase obrera.

El desarrollo de las luchas obreras puede provocar crisis entre los activistas y dirigentes de las organizaciones “de superficie” de la guerrilla que más reflejen a los trabajadores, al constatar que las órdenes de los “comandantes” son nefastas para su clase. Esa crisis puede llevarlos incluso a romper con la organización guerrillera. Es una obligación nuestra intervenir en esa crisis para profundizarla y ganar valiosísimos individuos o grupos revolucionarios. Pero eso no nos debe llevar a confundir a la guerrilla con una organización obrera, ya que es exactamente lo opuesto.

11) Su carácter de clase pequeñoburgués hace de la organización guerrillera una enemiga de la movilización permanente y democráticamente autoorganizada de la clase obrera y el movimiento de masas. Como cualquier organización pequeñoburguesa, oscila entre la clase obrera y la burguesía, y pasa de la lucha más furiosa a las treguas más infames, por ejemplo la que firmaron los Montoneros argentinos con el gobierno burgués de Cámpora o el M-19 colombiano con Betancur. No educa a la clase obrera en que confíe sólo en sus propias fuerzas y en la movilización de sus aliados bajo su dirección, sino que le crea falsas ilusiones de que sus problemas se solucionarán por la acción de un puñado de combatientes heroicos. No quiere, bajo ningún concepto, la autoorganización democrática de los obreros, ni del pueblo urbano, ni de los campesino, sino que busca encuadrarlos en una estructura militar cerradamente totalitaria. No les dice a los trabajadores que deben ser ellos quienes tomen el poder, sino que la apoyen para que sea ella, la organización guerrillera quien tome el poder. Y, si logra tomar el poder, hace lo mismo que cualquier organización pequeñoburguesa: instaura un régimen bonapartista, de férreo control sobre el movimiento de masas para evitar que se siga movilizando y de un cerrado nacionalismo opuesto a la extensión de la revolución a la región y al mundo.

La organización guerrillera es enemiga de la movilización permanente de las masas, también, porque sus acciones provacadoras desatan o sirven de excusa para desatar violentas represiones y hasta golpes de estado, que cercenan o hacen desaparecer las libertades democráticas arrancadas por el movimiento de masas y que, para los trotskistas y para Lenin, son herramientas formidables para la organización y despliegue amplio de la verdadera lucha de clases.

Por todas estas razones, la organización guerrillera es enemiga mortal de una estrategia fundamental del trotskismo: la movilización permanente y democráticamente autoorganizada de los trabajadores. El trotskismo, por el contrario, aunque nunca eleva a la guerrilla a forma fundamental y permanente de lucha, la acepta como una táctica justa cuando, en determinados momentos, ayuda a la movilización de las masas.

12) La organización guerrillera es también enemiga de la segunda estrategia fundamental del trotskismo: la construcción de la Internacional y sus secciones nacionales. Al sacar de la clase obrera a valiosos dirigentes y cuadros revolucionarios, al empujar a la clase obrera a la pasividad vía la espera de los combatientes salvadores, al provocar la represión y el golpe, las organizaciones guerrilleras refuerzan el peso de los aparatos contrarre­volucionarios en el seno de la clase obrera, en primer término del stalinismo. Sacar a gran cantidad de activistas combativos o revolucionarios del seno de su clase facilita enormemente la tarea de todas las burocracias obreras ya que esos mismos activistas, volcados a la lucha antipatronal y antiburocrática podrían ser el fermento y dirección de la rebelión contra la burocracia y su aniquilamiento.

Por estas razones, la organización guerrillera es uno de los peores enemigos de la construcción del partido. Y cuanta más influencia tenga en la vanguardia obrera, más peligrosa es como enemigo. Incluso un partido oportunista de masas es más fácil de combatir que la guerrilla, ya que, por la presión de la base, puede verse obligado, por ejemplo, a convocar a una huelga general aunque no quiera. Y con la huelga general la clase actúa como clase, se templa y renueva el activismo, se hace más fácil construir el partido. La organización guerrillera, en cambio, puede salir a una huelga general que nadie quiere, provocando una derrota y mayor represión, como sucedió en Colombia el 20 de junio de 1986. El partido oportunista de masas deja a la clase obrera y a los activistas en su lugar, aunque tratando de mantener pasiva a aquella y burocratizar o reprimir a éstos. Pero la guerrilla saca a la clase obrera de su lugar, haciéndola mirar hacia sus acciones espectaculares, y saca de la clase obrera a los activistas molestos para la burocracia.

Combatir la política guerrillera es imprescindible para poder construir el partido. Si la guerrilla tiene una gran influencia en el movimiento obrero o en su vanguardia, hasta tanto no hayamos destruido esa influencia no habrá ninguna posibilidad de construir el partido obrero revolucionario de masas, ni siquiera un fuerte partido de vanguardia, ya que actuará como un canal de desvío de los activistas que rompen con la burocracia tradicional, llevándolos fuera de su clase y apartándolos del partido.

13) Las organizaciones guerrilleras son terroristas. En la casi totalidad de los casos, sus acciones no ayudan al desarrollo de la movilización, la organización y la conciencia de las masas. La guerrilla hace una “guerra de bolsillo” contra la burguesía y su estado, exactamente opuesta a la guerra civil, en la cual la movilización obrera y de masas asume formas armadas, guerrilleras (en el sentido técnico del término), insurreccionales o de guerra convencional entre ejércitos como fue la guerra civil en Rusia. Las acciones terroristas de la guerrilla, al ser decididas por su propia cuenta, provocan confusión cuando no repudio del movimiento de masas. Al no tomar en cuenta a las masas, las acciones guerrilleras desatan o sirven de excusa para desatar una represión del régimen absolutamente desproporcionada con el nivel de movilización, organización y conciencia de aquellas; las masas quedan inermes, desorganizadas y no preparadas para enfrentar esa represión. Cada acción de la guerrilla, salvo las contadísimas excepciones en que, por casualidad, ayudan a la movilización, desorganiza, desmoviliza y desarma a los trabajadores. Por estas razones, los trotskistas no sólo no apoyamos esas acciones, sino denunciamos ante los trabajadores su carácter desmoralizador, desmovilizador y desorganizador. Nuestra única obligación de principios en relación a la guerrilla es defenderla de la represión del régimen burgués.

Las únicas acciones guerrilleras que apoyamos son las que se ajustan estrictamente al criterio leninista: “... no se consienten, en términos generales, las ‘expropiaciones’ de bienes privados; las de bienes fiscales no se aconsejan y sólo se admiten bajo el control del partido y a condición de que los recursos se destinen a las necesidades de la insurrección . Las acciones guerrilleras bajo la forma del terror se aconsejan en contra de los agentes de la violencia del gobierno y de los miembros activos de las centurias negras, pero bajo las siguientes condiciones: 1) tener en cuenta la opinión de las grandes masas; 2) tomar en consideración las condiciones del movimiento obrero en la localidad de que se trate; 3) procurar no despilfarrar las fuerzas del proletariado...” (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires, 1960, Tomo XI, pág. 216).

Por lo tanto, los trotskistas no apoyamos jamás en general las acciones guerrilleras y, en particular, las repudiamos ante las masas en la inmensa mayoría de los casos.

14) El armamento del proletariado es parte de nuestro programa. Como cualquier otra tarea, no está plantada en forma práctica sino cuando el proletariado o sectores importantes de él empiezan a entender su necesidad y se proponen armarse. Si el proletariado decide armarse, no hay fuerza en el mundo que se lo impida; y si no está dispuesto a hacerlo no hay fuerza en el mundo que lo logre. Cuando la agudeza de la lucha de clases le plantea al proletariado objetivamente la necesidad de armarse, pero éste aún no lo entiende o no está dispuesto a hacerlo, el partido no puede ir más allá de explicarle pacientemente que debe armarse, hasta que lo comprenda y pase a la acción.

El programa militar del proletariado es opuesto al de las organizaciones guerrilleras. Estas sostienen que hay que construir un ejército que se enfrente al ejército burgués; los trotskistas levantamos los comités de autodefensa en la perspectiva de la milicia obrera y el trabajo sobre el ejército burgués para separar a su base popular de su cúpula contrarrevolucionaria, arrastrar a la primera hacia el campo de la revolución y, confluyendo con las milicias obreras, hacer una insurrección, no una guerra de ejército contra ejército. La necesidad de construir un ejército sólo se plantea a partir de la constitución del estado obrero o de la existencia de una auténtica guerra civil antes de la conquista del poder, la cual implica la existencia de zonas geográficas en las cuales ya gobiernan los trabajadores.

Dado que el programa militar de la organización guerrillera es opuesto a la creación de la milicia obrera, al trabajo sobre el ejército burgués y a la insurrección, tal programa y las acciones que la guerrilla efectúa, no acercan al proletariado a las armas, sino que lo alejan de ellas. La guerrilla es un obstáculo absoluto para nuestro programa militar trotskista de armamento del proletariado. Es, en consecuencia, inadmisible, que el trotskismo pretenda “educar” al proletariado en la necesidad de armarse haciendo propaganda favorable a la guerrilla y sus acciones. Es, por el contrario, imprescindible denunciar a la organización guerrillera y sus acciones ante el movimiento de masas si verdaderamente queremos que los trabajadores se armen.

15) Ante el ascenso de las luchas obreras, la guerrilla entra en una profunda crisis. Tal crisis se hace aun más aguda en las organizaciones guerrilleras que desarrollan organizaciones sindicales “de superficie”. Los militantes de esas organizaciones se ven sometidos a una doble presión: la de la dirección guerrillera y la de las luchas obreras, que actúan en sentido opuesto. Los cuadros sindicales de la guerrilla se ven obligados a optar entre las necesidades de los trabajadores y las órdenes de los “comandantes”. Esta crisis se hará inevitablemente más profunda y explosiva cuando la dirección guerrillera, como cualquier otra dirección pequeñoburguesa, se pase al bando de la burguesía y/o pacte con el stalinismo, como no puede dejar de ocurrir por su carácter de clase.

Es una obligación de los trotskistas intervenir en esa crisis, no para evitarla, sino para profundizarla y desarrollarla. Esto es, para enfrentar a los militantes sindicales, juveniles, etc. de la guerrilla con la dirección guerrillera y llevarlos a romper con ella. Sería no principista incidir en esa crisis planteándole a la organización guerrillera el Frente Unico Revolucionario, ya que éste es imposible con una organización pequeñoburguesa. Por el contrario, tal planteo fortalecería a la dirección guerrillera, a la que daríamos certificado de obrera revolucionaria. No se podía jamás lograr que la JTP o sectores de ella rompieran con Firmenich si nosotros planteábamos hacer un partido obrero revolucionario con Firmenich.

La táctica para profundizar la crisis de la organización guerrillera es, pues, la misma que con cualquier otra dirección burguesa o pequeñoburguesa con influencia entre las masas o la vanguardia obrera: acuerdos para la acción común en el terreno de la lucha de clases; independencia completa de nuestro partido para aplicar una sistemática política de crítica y denuncia ante las masas de las inconsecuencias políticas de la dirección guerrillera y de sus métodos nefastos. En tales acuerdos, los trotskistas debemos privilegiar a los sectores obreros influidos por la guerrilla, lo que puede plasmar en la constitución de una tendencia sindical combativa, antipatronal, antigubernamental y antiburocrática. Nuestra gran lucha es para que estos sectores dejen de acatar a la guerrilla y rompan con ella.

Una consigna transicional en ese sentido debe ser llamarlos a que exijan a la guerrilla que se supedite y discipline a la clase obrera, a sus organizaciones de masas o a la corriente sindical clasista. Esta disciplina tiene un límite, el de los principios: jamás la guerrilla puede verse obligada a desarmarse porque así lo decida la dirección oportunista de una central obrera. Pero si esa central le exige que no haga más acciones, debe acatarla, salvo que sea en legítima defensa. Nuestra propuesta sería que la guerrilla sea uno de los destacamentos armados de la central obrera y ejecute acciones en función de las necesidades de la lucha obrera y los deseos de los trabajadores.

Aunque nunca se ha dado que una organización guerrillera acepte esto, no lo podemos descartar hipotéticamente. Pero ello no ocurrirá, en cualquier caso, sino a través de una dura lucha interna y de la crisis y la división de la organización guerrillera. Los trotskistas debemos ser el polo obrero de esta discusión, es decir los más clara y enérgicamente enfrentados a la dirección guerrillera en el programa, la política y los métodos.

Sólo si tal ruptura se da habrá posibilidades de concretar un Frente Unico Revolucionario con los militantes sindicales de la guerrilla y el hipotético sector guerrillero que se discipline a ellos, ya que se habrían transformado en una corriente obrera. Sin embargo, quedará por ver si son una corriente obrera centrista cristalizada o si evolucionan hacia nuestro programa, ya que si son lo primero tampoco hay posibilidades de Frente Unico Revolucionario.

Fuente: Marxist.org