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domingo, 14 de octubre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
Sin la mujer la lucha se complica
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lunes, 14 de mayo de 2012
Entrevista a Sub-Comandante Marcos
Autores: Gabriel García Márquez y Roberto Pombo. ( 25 de
marzo de 2001)
El subcomandante
Marcos llegó en 1984 a la selva lacandona de Chiapas, en el sureste de México,
y allí vivió durante 17 años con las comunidades indígenas tzotziles y
tzeltales hasta el 11 de marzo pasado, cuando la marcha que encabezó y que
cruzó medio país remató con una manifestación gigantesca en la Plaza de la
Constitución -mejor conocida como el Zócalo- de Ciudad de México.
En ese lugar, cargado de un enorme peso histórico, el jefe
del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, sin un arma encima, hizo oficial
la decisión de su movimiento de hacer política por las buenas. Desde ese día
los mexicanos tienen el alma en vilo, pues saben que en buena medida el destino
del país depende del éxito o del fracaso de las gestiones de este misterioso
hombre encapuchado y del puñado de comandantes que componen su estado mayor. Su
misión es lograr la aprobación de una ley de derechos para los indígenas y
sentar al Gobierno de Vicente Fox, cara a cara, en una mesa de negociación.
Marcos se instaló con su gente en la Escuela Nacional de
Antropología e Historia (ENAH), al sur de la ciudad, cuyos salones de clase
improvisados como dormitorios y recintos de reuniones se han convertido en el
centro de la atención de la opinión pública mundial, debido a la importancia de
sus inquilinos actuales y a la catarata de noticias de implicaciones
definitivas que se generan allí minuto a minuto.
El subcomandante de los zapatistas no había logrado que
el Congreso le permitiera exponer su criterio sobre la ley de los indígenas
ante los diputados en pleno, pues la división de opiniones en todos los
partidos políticos impedía alcanzar cualquier consenso frente al tema. Al
final, el jueves, se abrió una luz de esperanza cuando el Congreso aprobó, en
una votación apretada, la propuesta de oírlo. Entre tanto, Marcos y el
presidente Fox buscaban sin éxito ponerse de acuerdo sobre cuál es la mejor
manera de dar el primer paso para iniciar en firme el proceso de conversaciones
de paz entre la guerrilla y el Gobierno.
La semana pasada terminó en un suspenso tremendo. Antes
de la decisión del Congreso, los zapatistas habían anunciado su determinación
de regresar a Chiapas por considerar que la clase política se estaba cerrando
al diálogo, y para atajarlos Fox había respondido con la orden de levantar los
puestos de vigilancia militar en la zona del conflicto y con el anuncio de que
liberaría al resto de los guerrilleros que aún están en prisión. El temor que
generaba el ingreso zapatista a Ciudad de México para exigir los derechos de
los indígenas parecía haber sido superado por la inquietud que producía la
posibilidad de que regresaran a su tierra con las manos vacías.
A través de una cadena de mensajes con amigos comunes, el
subcomandante Marcos aceptó hablar con los periodistas de Cambio. La cita era a
las 9:30 de una noche de la semana pasada. La entrada principal de la Escuela
de Antropología está protegida por agentes de la policía, y un grupo de
estudiantes, que hace guardia las 24 horas del día, vigila los salones de clase
donde están los zapatistas. Después de atravesar los dos anillos de seguridad,
llegamos al lugar de la reunión donde no había más que una mesa y tres sillas.
Cinco minutos más tarde llegó Marcos y habló con nosotros.
Después de siete años de que el Ejército Zapatista de
Liberación Nacional anunció que un día entrarían triunfantes a Ciudad de
México, usted entra a la capital y encuentra el Zócalo completamente lleno.
¿Qué sintió al subirse a la tarima y ver ese espectáculo?
Siguiendo la tradición zapatista de anticlímax, el peor
lugar para ver una manifestación en el Zócalo es el templete. Había mucho sol,
mucho smog, teníamos dolor de cabeza y estábamos muy preocupados contando a las
personas que se iban desmayando delante de nosotros. Yo le comentaba a mi
compañero, el comandante Tacho, que debíamos apurarnos porque cuando
empezáramos a hablar nosotros no iba a quedar nadie en la plaza. No alcanzaba a
verse toda la extensión. La distancia que teníamos por seguridad respecto a la
gente, era una distancia también emotiva, y no nos enteramos de lo que pasó en
el Zócalo hasta cuando leímos las crónicas y vimos las fotos al día siguiente.
En ese sentido, y ya valorando sobre lo que otros nos dicen que fue, sí
pensamos que fue la culminación de una etapa, que nuestro discurso, nuestra
palabra en ese día era la apropiada y la más acertada, que desconcertamos a
sectores que hubieran esperado que fuéramos a tomar el Palacio o a llamar a una
insurrección generalizada. Pero también a los que pensaban que nuestro discurso
se iba a limitar a la cuestión poética o lírica. Creo que el balance conseguido
fue suficiente y que de una u otra forma el EZLN estaba hablando en el Zócalo
el 11 de marzo, pero no del 2001, sino que estaba hablando de algo que estaba
todavía por completarse: ese sentimiento que significa que la derrota
definitiva del racismo se convierta en una política de Estado, en una política
educativa, en un sentimiento de toda la sociedad mexicana. Como que eso ya está
resuelto ahí, pero falta todavía algún trecho. Como decimos los militares, la
batalla estaba ganada, pero todavía había algunos combates que dar. Creo,
finalmente, que el Zócalo del día 11 de marzo nos decía que había sido acertado
dejar las armas a un lado, que no era eso lo que provocaba que tuviéramos
interpelación con la sociedad, que la apuesta a una movilización pacífica era
correcta y que daba resultados. Falta que el Estado mexicano lo entienda, que
el gobierno en concreto lo entienda.
Usted utilizó la expresión "como decimos los
militares". Para los colombianos que hemos oído a nuestra guerrilla, el
suyo no suena como un discurso militar. ¿Qué tanto de militares tienen usted y
su movimiento, y cómo describe la guerra en la que ha luchado?
Nosotros nos hicimos dentro de un ejército, el Zapatista
de Liberación Nacional. La estructura es militar. El subcomandante Marcos es el
jefe militar de un ejército. En todo caso nuestro ejército es un ejército muy
otro porque lo que se está proponiendo es dejar de ser ejército. El militar es
una persona absurda que tiene que recurrir a las armas para poder convencer al
otro de que su razón es la razón que debe proceder, y en ese sentido el
movimiento no tiene futuro si su futuro es el militar. Si el EZLN se perpetúa
como una estructura armada militar, va al fracaso. Al fracaso como una opción
de ideas, de posición frente al mundo. Y lo peor que le podría pasar, aparte de
eso, sería que llegara al poder y se instalara como un ejército revolucionario.
Para nosotros sería un fracaso. Lo que sería un éxito para una organización
político-militar de las décadas del ’60 y del ’70, que surgió con los
movimientos de liberación nacional, para nosotros sería un fracaso. Nosotros
hemos visto que finalmente esas victorias eran fracasos o derrotas ocultas
detrás de su propia máscara. Que lo que estaba pendiente siempre era el lugar
de la gente, de la sociedad civil, del pueblo. Que finalmente es una disputa
entre dos hegemonías. Está un poder opresor que desde arriba decide por la
sociedad, y un grupo de iluminados que decide conducir al país por el buen
rumbo y desplaza a ese otro grupo del poder, toma el poder y también decide por
la sociedad. Para nosotros esa es una lucha de hegemonías, y siempre hay una
buena y una mala: la que va ganando es la buena y la que va perdiendo es la
mala. Pero para el resto de la sociedad, las cosas no están cambiando en lo
fundamental. En el EZLN llega un momento en que se ve rebasado por lo que es el
zapatismo. La E de la sigla queda empequeñecida, con las manos amarradas, de
tal forma que para nosotros no sólo no significa una carga movilizarnos sin
armas, sino que en cierto sentido también es un alivio. De hecho, la fajilla
pesa menos que antes y sentimos que pesa menos la parafernalia militar que
necesariamente lleva un grupo armado a la hora del diálogo con la gente. No se
puede reconstruir el mundo, ni la sociedad, ni reconstruir los estados
nacionales ahora destruidos, sobre una disputa que consiste en quién va a
imponer su hegemonía en la sociedad. El mundo y en concreto la sociedad
mexicana, está compuesto por diferentes, y la relación se tiene que construir
entre esos diferentes con base en el respeto y la tolerancia, cosas que no
aparecen en ninguno de los discursos de las organizaciones político-militares
de las décadas del 60 y del 70. La realidad ha llegado a pasar la cuenta como
siempre ocurre, y para los movimientos armados de liberación nacional el costo
de la factura ha sido muy alto.
Usted parece tener diferencias con la izquierda
tradicional también en cuanto a los sectores sociales que los grupos
representan. ¿Eso es así?
Voy a señalar a grandes rasgos dos vacíos de la izquierda
latinoamericana revolucionaria. Uno de ellos es el de los pueblos indios, de
los que somos partícipes, y otros son los grupos supuestamente minoritarios.
Aunque si todos nos quitáramos el pasamontañas no serían tan minoritarios, como
son los homosexuales, las lesbianas, los transexuales. Esos sectores no sólo
son obviados por los discursos de la izquierda latinoamericana de esas décadas
y que todavía hacen carrera en el presente, sino que también se ha propuesto el
marco teórico de lo que entonces era el marxismo-leninismo: prescindir de ellos
y verlos como parte del proceso que debe ser eliminado. El homosexual, por
ejemplo, es sospechoso de traidor, es un elemento nocivo para el movimiento y
para el Estado socialista. Y el indígena es un elemento de retraso que impide
que las fuerzas productivas... bla, bla, bla. Entonces lo que corresponde es eliminar
esos sectores, para algunos en centros de reclusión o de reeducación, y para
otros su asimilación en el proceso productivo y su transformación en mano de
obra calificada. Proletarios, para ponerlo en esos términos.
Los guerrilleros suelen hablar en nombre de las mayorías.
Sorprende que en su discurso usted habla en nombre de las minorías, cuando
podría hablar del pueblo pobre o explotado. ¿Por qué lo hace?
Toda vanguardia se supone que es representante de la
mayoría. En nuestro caso pensamos que eso no sólo es falso sino que, en el
mejor de los casos, no va más allá de un buen deseo, y en el peor de los casos
es un claro ejercicio de suplantación. A la hora en que se ponen en juego las
fuerzas sociales, se da cuenta de que la vanguardia no es tan vanguardia y de
que los representados no se reconocen en ella. A la hora en que el EZLN está
renunciando a ser vanguardia, está reconociendo su horizonte real. Creer que
podemos hacer esto, que podemos hablar por éstos más allá de nosotros, es
masturbación política. Y en algunos casos ni siquiera es eso porque ni siquiera
se siente el placer del onanismo. Apenas el que se puede obtener en los
panfletos que finalmente uno es el mismo que los consume. Estamos tratando de
ser honestos con nosotros mismos y alguien puede decir que es un asunto de
bondad humana. No. Podemos ser incluso cínicos y decir que ser honestos nos ha
dado resultado cuando decimos que sólo representamos a las comunidades
indígenas zapatistas de una zona del sureste mexicano. Pero nuestro discurso ha
logrado tocar el oído de mucha gente más. Hasta ahí llegamos. No más. En todos
los discursos que fuimos soltando a lo largo de esta marcha le estábamos
diciendo a la gente y nos estábamos diciendo a nosotros mismos que no podíamos
ni debíamos empezar a encabezar o a abanderar las luchas que íbamos tocando.
Nosotros suponíamos que el México de abajo estaba muy a flor de piel, que había
muchas injusticias, muchos reclamos, muchas heridas... En nuestras cabezas
hacíamos la imagen de que cuando nuestra marcha iniciara teníamos que llevar un
arado para ir levantando la tierra y que esto fuera surgiendo. Nosotros
teníamos que ser honestos y decirle a la gente que no veníamos a encabezar nada
de eso. Veníamos a encabezar esta demanda y con base en ésta se podían
encadenar otras. Pero ésa es otra historia.
¿Los discursos de su marcha se fueron construyendo pueblo
por pueblo hasta llegar al de Ciudad de México, o los diseñó desde el comienzo
para ser dichos de esa forma, y que el último no fuera necesariamente el más
fuerte?
Mire, está la versión oficial y la versión real. La
oficial es que nos dimos cuenta en ese momento de que los teníamos que hacer, y
la versión real es que el discurso se fue construyendo en estos siete años.
Llega un momento en que el zapatismo del Ezln es rebasado ya por muchas cosas.
Estamos respondiendo no a lo que éramos antes de 1994, tampoco a lo que fuimos
en los primeros días de 1994 cuando estábamos combatiendo, sino que sentimos
que hemos ido adquiriendo una serie de compromisos éticos a lo largo de estos
siete años. Lo que ocurrió es que pretendiendo llevar un arado, que finalmente
no lo conseguimos a la hora de la hora, bastaba el propio batallar de la planta
del pie cuando íbamos caminando para que esto fuera brotando. En cada plaza les
fuimos diciendo a todos: "no venimos a dirigirlos, no venimos a decirles
qué hacer sino que venimos a pedirles ayuda". AUn así, a lo largo de la
marcha recibimos legajos de reclamos que venían desde antes de la revolución
mexicana en espera de que alguien resuelva el problema. Si pudiéramos resumir
el discurso de la marcha zapatista hasta hoy, sería: "Nadie lo va a hacer
por nosotros". Hay que cambiar las formas organizativas, e incluso rehacer
el quehacer político para que esto sea posible. Cuando decimos "no" a
los líderes, en el fondo también estamos diciendo "no" a nosotros.
Usted y los zapatistas están en la cima de su prestigio,
acaba de caer el PRI en México, hay un proyecto de ley en el Congreso que crea
un estatuto indígena, y puede empezar la negociación que usted plantea. ¿Cómo
ve el panorama?
Como una lucha y una disputa entre un reloj que chequea
el horario de ingreso de los empleados de una empresa, que es el reloj de Fox,
y el nuestro que es un reloj de arena. La disputa es entre que nosotros nos
acomodemos a ese reloj de chequeo y Fox se acomode al reloj de arena. No va a
ser ni uno ni otro. Tenemos que entender, él y nosotros, que tenemos que
construir otro reloj de común acuerdo, y que ese es el reloj que va a marcar el
ritmo del proceso de diálogo y finalmente el de la paz. Estamos en el terreno
de ellos, el de la sede del poder político, donde la clase política está en el
medio en donde se desarrolla. Estamos con una organización perfectamente
ineficaz a la hora de hacer política, al menos esa política. Somos torpes,
balbuceantes y con buena voluntad. Del otro lado están los que manejan bien
esos códigos. Es, otra vez, una disputa entre si el quehacer político va a ser
el que dicte la clase política o el que nosotros traemos. Pienso, otra vez, que
no va a ser ni uno ni otro. Cuando hicimos la guerra tuvimos que desafiar al
Gobierno y ahora para construir la paz tenemos que desafiar no sólo al Gobierno
sino a todo el Estado mexicano. No hay una mesa para sentarse a dialogar con el
Gobierno. La tenemos que construir. El reto es que tenemos que convencer al
Gobierno de que tenemos que hacer esa mesa, que debe sentarse y que va a ganar.
Y que si no lo hace va a perder.
¿Quiénes deben estar en esa mesa?
Por un lado el Gobierno y por el otro nosotros.
¿Fox no está aceptando de hecho esa mesa cuando dice que
quiere hablar con usted, y que lo recibe en Palacio o que hablan en el lugar
que usted escoja?
Lo que él está diciendo es que quiere su parte del pastel
mediático, porque no se ha convertido esto en un proceso de diálogo y
negociación sino en una carrera de popularidad. Lo que quiere Fox es conseguir
la foto para garantizar su presencia en los medios de comunicación. El proceso
de paz no se construye con un evento coyuntural sino con un diálogo. Ese
proceso no se construye con fotos, sino dando señales, sentándose y dedicándose
a eso. Nosotros estamos dispuestos a hablar con Fox, si él se va a
responsabilizar del diálogo y la negociación hasta que termine. Pero nosotros
le preguntaríamos: ¿entonces, quién va a gobernar al país durante el tiempo en
que esté reunido con nosotros, que será un proceso arduo? Bueno, qué les voy a
decir yo a los colombianos de eso, si saben que los procesos de negociación y
diálogo de un conflicto armado son escabrosos y que no es posible que el jefe
del Ejecutivo se dedique de tiempo completo a eso. Que nombre un comisionado y
sobre ese comisionado lo podemos construir. No hay afán. Nosotros no tenemos
entre nuestros sueños húmedos una foto con Vicente Fox.
En ese proceso tan largo, ¿va a seguir así, vestido de
guerrillero en un recinto universitario? ¿Cómo es un día suyo?
Me levanto, doy entrevistas y llega la hora de volver a
dormir (risas). Hacemos interlocución con varios de estos grupos que le he
mencionado. Un montón de mundos o submundos -depende de cómo estén perseguidos
y marginados- que el discurso zapatista ha tocado. Lo que estamos haciendo es
tener dos mesas y una de esas sillas giratorias y de rueditas que había cuando
yo era joven. Estamos en este momento en una mesa con el Congreso de la Unión y
en otra mesa con las comunidades de la Ciudad de México. Pero nos preocupa que
el Congreso nos está dando el tratamiento que le da a cualquiera que pide ser
atendido y le dicen que espere porque están atendiendo otros asuntos. Si esto
es así, son muchas cosas las que se lastiman porque no sólo está en juego el
reconocimiento de los derechos indígenas. Sería una carambola mala porque los
golpeados serían muchos. La gente no va aceptar que la volteen a mirar sólo en
la fecha electoral. Además sería una señal para los otros grupos político-militares
más radicales, que han crecido con la bandera de que la negociación política es
una claudicación.
Entre paréntesis, dice usted que había sillas giratorias
cuando era joven. ¿Cuántos años tiene?
Yo tengo 518 años... (risas).
¿El diálogo que ustedes proponen busca la creación de
nuevos mecanismos de participación popular para la toma de decisiones o están
detrás de decisiones de Gobierno que consideran necesarias para el país?
El diálogo significa simplemente acordar las reglas para
que la disputa que se da entre ellos y nosotros sea en otro terreno. Lo que
está en la mesa del diálogo no es el modelo económico. Lo que está en juego es
cómo nos vamos a disputar eso. Es algo que Vicente Fox tiene que entender.
Nosotros no nos vamos a hacer foxistas en la mesa. Lo que la mesa tiene que
construir es que este pasamontañas salga con dignidad y que ni yo ni nadie
tenga que regresar a llenar esto de parafernalia militar. El reto es que no
sólo tenemos que construir la mesa, sino que tenemos que construir al
interlocutor. Tenemos que construirlo como un hombre de Estado y no como
producto de la mercadotecnia o del diseño de los especialistas de imagen. No es
fácil. Era más fácil la guerra. Pero con la guerra lo que es irremediable es
mucho mayor. En la política siempre se puede remediar.
Su indumentaria es extraña: un pañuelo raído amarrado al
cuello y una gorra deshecha. Pero a la vez lleva una linterna que aquí no
necesita, un aparato de comunicaciones que se ve muy sofisticado y tiene un
reloj en cada muñeca. ¿Son símbolos? ¿Qué significa todo eso?
La linterna es porque nos tienen metidos en un hueco
donde no hay luz y el radio es para que mis asesores de imagen me dicten las
respuestas a las preguntas de los periodistas. No. En serio. Este es un walkie
talkie comunicado con seguridad y con nuestra gente en la selva para que nos
comuniquen si hay algún problema. Hemos recibido varias amenazas de muerte. El
paliacate (pañuelo) era rojo y nuevo cuando tomamos San Cristóbal de las Casas
hace siete años. Y la gorra es con la que llegué a la selva lacandona hace 18
años. Con un reloj llegué a esa selva y el otro es de cuando empezó el alto el
fuego. Cuando las dos horas coincidan significa que se acabó el zapatismo como
ejército y que siguen otra etapa, otro reloj y otro tiempo.
¿Cómo ve a la guerrilla colombiana y en general el
conflicto armado de nuestro país?
Desde acá veo muy poco. Lo que dejan filtrar los medios
de comunicación: el proceso de diálogo y negociación que tienen ahora, las
dificultades que surgen en ese proceso. Por lo que alcanzo a ver es un proceso
de diálogo muy tradicional, no es novedoso. Están sentados los dos a la mesa y
los dos están poniendo al mismo tiempo en juego sus fuerzas militares para
construir posiciones ventajosas en la mesa. O al revés, porque no sabemos qué
tiene cada quien en la cabeza. A lo mejor la mesa está produciendo situaciones
ventajosas para los enfrentamientos militares. No hacemos mucho caso sobre las
acusaciones de ligas con el narcotráfico porque no sería la primera vez que se
le acusa a alguien de esas cosas y luego resulta que no es cierto. Dejamos el
beneficio de la duda. No lo calificamos como bueno o malo, pero sí tomamos
distancia como lo hacemos con otros grupos armados en México en cuanto que
consideramos que no es ético que todo se valga por el objetivo del triunfo de
la revolución. Todo, incluyendo llevarse entre las patas a civiles, por
ejemplo. No es ético que la toma del poder cubra de bondad las acciones de
cualquier organización revolucionaria. No creemos eso de que el fin justifica
los medios. Finalmente nosotros pensamos que el medio es el fin. Construimos
nuestro objetivo a la hora en que vamos construyendo los medios por los que
vamos luchando. En ese sentido, el valor que le damos a la palabra, a la
honestidad y a la sinceridad es grande, aunque a veces pequemos de ingenuos.
Por ejemplo, el 1° de enero de 1994, antes de atacar al Ejército, nosotros le
dijimos que lo íbamos a atacar. No nos creyó. A veces nos da resultado y a
veces no. Pero a nosotros nos satisface que, como organización, nos vayamos
construyendo una identidad.
¿Usted cree posible negociar la paz en medio de la guerra
como sucede en Colombia?
Es muy cómodo y muy irresponsable opinar desde acá sobre
lo de allá. Un proceso de diálogo y negociación no tiene éxito si las partes no
renuncian a vencer. Si una de las partes utiliza el proceso de diálogo como un
tour de force para ver quién derrota al contrario, el proceso de diálogo va a
fracasar tarde o temprano. En ese caso, el terreno de la confrontación militar
se está trasladando a la mesa. Para que el diálogo y la negociación tengan
éxito necesitan partir los dos del precedente de que no pueden vencer al
contrario. Hay que construir una salida que signifique la victoria para los dos,
y en el peor de los casos que signifique una derrota para los dos. Pero que no
siga la confrontación como está. Claro que es difícil, sobre todo en
movimientos que tienen muchos años como es el caso de la guerrilla colombiana.
Hay mucho ya lastimado de uno y otro lado y muchas deudas pendientes, pero creo
que nunca es tarde para intentarlo.
¿Todavía, en medio de todos esos rollos, tiene tiempo
para leer?
Sí porque, si no..., ¿qué hacemos? En los ejércitos de
antes, el militar aprovechaba el tiempo para limpiar su arma y rehacerse de
parque. En este caso, como nuestras armas son las palabras, tenemos que estar
pendientes de nuestro
arsenal a cada momento.
Todo lo que dice, la forma en que lo dice y el contenido,
demuestran una formación literaria muy seria y muy antigua. ¿Cómo se hizo y de
dónde salió?
Tiene que ver con lo que fue nuestra niñez. En nuestra
familia la palabra tenía un valor muy especial. La forma de asomarse al mundo
era a través del lenguaje. No aprendimos a leer en la escuela sino leyendo los
periódicos. Mi padre y mi madre nos metían rápidamente a leer libros que te
permitían asomarte a otras cosas. De una u otra forma adquirimos la conciencia
del lenguaje como una forma no de comunicarnos sino de construir algo. Como si
fuera un placer más que un deber. Cuando viene la etapa de las catacumbas,
frente a los intelectuales burgueses, la palabra no es lo más valorado. Queda
relegado a un segundo plano. Es cuando llegamos a las comunidades indígenas,
cuando el lenguaje llega como una catapulta. Te das cuenta de que te faltan
palabras para expresar muchas cosas y eso obliga a un trabajo sobre el
lenguaje. Volver una y otra vez sobre las palabras para armarlas y desarmarlas.
¿No será al contrario? ¿No será que ese manejo de la
palabra es lo que permite esa nueva etapa?
Pasa como en una licuadora. No sabes qué fue lo que le
aventaste primero, y lo que se tiene es el cóctel.
¿Podemos hablar de esa familia?
Era una familia de clase media. El padre, el jefe de
familia, era maestro de escuela rural en la época del cardenismo cuando, como
decía él, a los maestros les cortaban las orejas por comunistas. Mi madre,
también maestra rural, finalmente cambia de lugar y se hace a una familia de
clase media. Quiero decir que era una familia sin ninguna dificultad. Todo esto
en provincia, donde el horizonte cultural es la página de sociales de un
periódico. El mundo de afuera o el gran mundo era la Ciudad de México y sus
librerías, porque eso era el gran atractivo de llegar acá. Eventualmente había
ferias del libro en provincia, y ahí era donde podíamos conseguir algo. García
Márquez, Fuentes, Monsiváis, Vargas Llosa (independientemente de cómo piense)
para mencionar algunos a grandes rasgos, entran a través de mis padres. Nos
ponen a leerlos. Cien años de soledad era para explicar lo que era la provincia
en ese entonces. La muerte de Artemio Cruz, lo que había pasado con la
revolución. Días de guardar, lo que estaba pasando en la clase media. De alguna
forma era nuestro retrato pero desnudo, La ciudad y los perros. Todas esas
cosas estaban ahí. Estábamos saliendo al mundo de la misma forma en que
estábamos saliendo a la literatura. Yo creo que eso nos marcó. No nos
asomábamos al mundo a través de un cable noticioso sino a través de una novela,
un ensayo o un poema. Eso nos hizo muy otros. Ese fue el cristal que mis padres
pusieron, como otro puede poner el cristal de los medios de comunicación, o un
cristal negro para que no se vea qué está pasando.
¿En dónde está El Quijote en medio de todas esas
lecturas?
Me regalaron un libro cuando cumplí 12 años, hermoso, de
pasta dura. Era Don Quijote de la Mancha. Yo lo había leído pero en esas
ediciones juveniles. Era un libro caro, un regalo muy especial que por ahí debe
estar esperando. Shakespeare es el que llega después. Pero si pudiera dar el
orden, diría que en literatura entra primero lo que se llamó como el boom
latinoamericano, luego Cervantes, luego García Lorca, y ahí viene una etapa de
poesía. De manera que usted (señala a García Márquez) es corresponsable de todo
esto.
¿Los existencialistas y Sartre pasaron por ahí?
No. Llegamos tarde a todo eso. Propiamente a la
literatura existencial y antes de ella a la literatura revolucionaria, llegamos
ya muy maleados, como dirían los ortodoxos. De modo que a Marx y a Engels les
entramos muy viciados por la literatura, su sarcasmo y su humor.
¿No había lecturas de teoría política?
En la primera etapa, no. Del A, B, C, D pasamos a la
literatura y de ahí a los textos teóricos y políticos hasta que va entrando uno
a la preparatoria.
¿Creían sus compañeros que era o podía ser comunista?
No, creo que no. Tal vez lo más que llegaron a decirme
fue que era un rabanito: rojo por fuera y blanco por dentro.
¿Qué está leyendo ahora?
El Quijote es el que está de cabecera y por lo regular
cargo el Romancero Gitano de García Lorca. El Quijote es el mejor libro de
teoría política, seguido de Hamlet y Macbeth. No hay mejor forma para entender
el sistema político mexicano en su parte trágica y en su parte cómica: Hamlet,
Macbeth y El Quijote. Mejor que cualquier columna de análisis político.
¿Usted escribe a mano o en computadora?
En computadora. Sólo en esta marcha tuve que escribir
mucho a mano porque no había tiempo de trabajar. Hago un borrador, después otro
y otro y otro. Parece broma, pero es por ahí del séptimo cuando sale.
¿Qué libro está escribiendo?
Estaba intentando escribir un despropósito, que es tratar
de explicarnos a nosotros mismos desde nosotros mismos, que es casi imposible.
Lo que nosotros tenemos que contar es la paradoja que somos. Por qué un
ejército revolucionario no se plantea la toma del poder, por qué un ejército no
combate si ese es su trabajo. Todas las paradojas que hemos enfrentado: que
hayamos crecido y nos hayamos hecho fuertes en un sector que está completamente
alejado de los canales culturales.
Si todo el mundo sabe quién es usted, ¿para qué el
pasamontañas?
Un dejo de coquetería. No saben quién soy, pero además no
les importa. Lo que se está jugando aquí es lo que es y no lo que fue el
subcomandante Marcos.
Fuente: Revista Cambio.com. "Habla Marcos".
Circa 25 de marzo de 2001.
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miércoles, 28 de marzo de 2012
Tesis sobre el Guerrillerismo (1973)
Miguel Capa (Nahuel Moreno)
Eugenio Greco & Alberto Franceschi
1) El programa del trotskismo es hacer la revolución
socialista mundial, movilizando en forma permanente a la clase obrera hasta
lograr la destrucción del sistema imperialista mundial, la toma del poder por
la clase obrera internacional y la construcción del socialismo a nivel mundial.
Para llevar adelante este programa, el trotskismo se plantea la construcción de
la Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Socialista, sin cuya
conducción la revolución socialista mundial no podrá triunfar. Por eso, las dos
únicas estrategias generales del trotskismo son: la movilización permanente de
la clase obrera y las masas para la toma del poder y la construcción del
partido. En relación a su programa y sus estrategias, todo lo demás es táctico.
No tenemos acuerdos programáticos ni estratégicos con ninguna corriente, movimiento,
tendencia o partido cuyo programa, organización y/o metodología sean opuestos a
la movilización independiente, democráticamente autoorganizada y permanente de
los trabajadores a nivel internacional y nacional y a la construcción de la
Internacional y sus secciones nacionales.
2) La revolución obrera socialista, como toda revolución en
la historia, también es popular. La clase obrera no puede tomar y ejercer el
poder si no es con la movilización y el apoyo de la mayoría de la población, es
decir, sin la alianza de los trabajadores con las masas populares no
proletarias explotadas y oprimidas por el sistema capitalista imperialista, sus
regímenes y gobiernos.
La necesidad de la alianza obrero-campesina-popular para
hacer la revolución socialista e instaurar la dictadura del proletariado se
expresa en el terreno político, en la obligación del partido obrero
revolucionario de realizar una política de alianzas con las direcciones
políticas de esas clases y capas sociales. Esas alianzas no sólo son lícitas, sino
imprescindibles para movilizar a las masas y tomar el poder. Así lo demuestra
la experiencia de los bolcheviques, que debieron pactar con los Socialistas
Revolucionarios de Izquierda para llevar a los soviets al poder en Rusia en
1917 con el apoyo del campesinado.
Pero esta política de alianzas sólo conduce a la
revolución socialista si la clase obrera y su partido revolucionario se
mantienen independientes, actuando como dirección, como caudillo de todo el
pueblo. Esto es así porque las direcciones pequeñoburguesas y burguesas son
enemigas mortales de la movilización permanente y democráticamente
autoorganizada de los trabajadores, de la toma del poder por éstos y de la
revolución socialista. Toda alianza con esas direcciones es, por lo tanto,
táctica, momentánea, un acuerdo para la acción común. Su objetivo es movilizar
a las masas en la forma más amplia posible. Sólo puede y debe realizarse cuando
esas direcciones encabezan, promueven o abren una brecha para la movilización
de masas. Y está destinada a romperse apenas esas direcciones traicionen al
proceso revolucionario, como es inevitable por su carácter de clase. Así
ocurrió también en Rusia, donde los Socialistas Revolucionarios de Izquierda
rompieron rápidamente con los bolcheviques y se pasaron a combatir en el campo
de la contrarrevolución contra el poder soviético.
3) El surgimiento de direcciones pequeñoburguesas
independientes del stalinismo que han dirigido revoluciones triunfantes, como
fue en su momento el castrismo y es ahora el sandinismo, puede llevarnos al
error de creer que con estas direcciones y sus organizaciones nos une una
estrategia común: la de hacer la revolución política contra el régimen burgués
de turno e independizar al país del imperialismo. Sería un error grave, ya que
no tenemos ninguna estrategia común con esas direcciones pequeñoburguesas
independientes del stalinismo. Ellas, como cualquier dirección pequeñoburguesa,
oscilan entre la burguesía y la clase obrera. Juegan, ora un papel progresivo,
ora un papel reaccionario. Pero a la larga es inevitable que traicionen a la
revolución, en algún punto del proceso revolucionario, por esa profunda razón
de clase: son pequeñoburguesas.
Para nosotros, la revolución política es un momento de la
revolución socialista. Por eso si bien podemos coincidir con ellas en derribar
a una dictadura proimperialista, no coincidimos en quién debe reemplazarla.
Ellas están totalmente dispuestas, como lo demostraron el castrismo con Urrutia
y el sandinismo con Chamorro y Robelo, a sustituir la dictadura por un gobierno
burgués de colaboración de clases. Nosotros luchamos para que tome el poder la
clase obrera para hacer la revolución socialista. Y, si podemos, lo hacemos
inmediatamente ya que lo peor que le puede pasar a una revolución es quedar
estancada en la “etapa” de la revolución política democrática, como también lo
demuestra Nicaragua. Lo único que nos une a estas direcciones es que los dos
estamos en contra del régimen dictatorial, pero estamos tajantemente divididos
en lo que estamos a favor : ellos un nuevo gobierno burgués, nosotros un
gobierno obrero y campesino. No hay, por lo tanto, ninguna estrategia común.
Incluso si esas direcciones, acorraladas entre el ascenso
de masas y la agresión imperialista, se ven obligadas contra su voluntad a
expropiar a la burguesía y establecer un estado obrero, como hizo Castro,
tampoco tenemos con ellas una estrategia común. Para nosotros, las revoluciones
nacionales son momentos de la revolución socialista internacional. La
constitución de estados obreros tiene como objetivo fundamental y prioritario
construir una palanca poderosísima para ayudar al desarrollo de la revolución
mundial. Esas direcciones, precisamente por ser pequeñoburguesas, son
nacionalistas, no internacionalistas. Cuando toman el poder, hacen lo imposible
por no expropiar y no ponen jamás el país al servicio de la extensión de la
revolución. Y, si expropian, establecen un régimen totalitario para
desmovilizar a las masas y dedicarse a “construir el socialismo en el propio
país”. No hay, en consecuencia, ninguna coincidencia estratégica, por cuanto
nuestra estrategia es opuesta a la de ellos: instaurar en el estado obrero un
régimen leninista, el único que, apoyándose en la autoorganización y
movilización democrática de los trabajadores, tiene como finalidad central el
desarrollo de la revolución socialista internacional.
4) La diferencia entre las direcciones pequeñoburguesas
independientes y los aparatos tradicionales es que las primeras, en algunas
coyunturas, sí quieren hacer una revolución, así sea solamente contra un
régimen odiado, en tanto que los segundos son conscientemente
contrarrevolucionarios. Por eso reivindicamos a las direcciones
pequeñoburguesas independientes, si se mantienen consecuentes con su propio
programa, como grandes luchadores y héroes de la revolución democrática y
antiimperialista, mientras denunciamos a los burócratas y stalinistas como
contrarrevolucionarios.
Pero esta diferencia no nos puede ocultar que las
direcciones pequeñoburguesas independientes, por ese carácter de clase, están
mucho más cerca de la burocracia y del stalinismo que de nosotros. Sólo así se
explica que Castro se haya incorporado al aparato stalinista mundial; que los
sandinistas, sin haberse incorporado, apliquen fielmente la política que les
aconseja el stalinismo; y que los guerrilleros salvadoreños estén siendo
controlados por el stalinismo aún antes de haber triunfado la revolución
democrática antiimperialista, y ya no proponen terminar con Duarte, sino
compartir el gobierno con él, es decir ya no son consecuentes ni siquiera con
hacer la revolución democrática antiimperialista. En conclusión, si bien es
cierto que con las direcciones pequeñoburguesas independientes podemos recorrer
juntos un trecho del camino más largo del que podemos recorren con el
stalinismo, no deja de ser eso, un trecho en el camino. Pero no estamos de
acuerdo en la estrategia, es decir, a dónde conducir ese camino.
Por esa razón, nuestra política de alianzas con las
direcciones pequeñoburguesas independientes, es igual que con el stalinismo, la
burocracia sindical e incluso con direcciones burguesas nacionalistas: se
reduce estrictamente a los acuerdos para la acción común, manteniendo nuestra
total independencia política y organizativa, para movilizar a las masas y
desplazarlos como dirección.
5) El hecho de que las direcciones independientes cumplan un
rol más progresivo en algún período de la lucha de clases que el stalinismo y
demás aparatos contrarrevolucionarios no significa que sean la mejor dirección
posible de los sectores populares aliados del proletariado. Los trotskistas no
abandonamos a eses sectores sociales a disposición de esas direcciones
pequeñoburguesas independientes. Nosotros luchamos para que sea la clase obrera
la que dirija a sus aliados, lo cual significa desplazar de la dirección de los
sectores populares no proletarios a las direcciones pequeñoburguesas —guerrilla
incluida—. Queremos que los campesinos pobres, el proletariado rural, la
pequeña burguesía urbana empobrecida, los marginales, el semiproletariado,
etc., reconozcan como su dirección a la clase obrera y a su dirección
revolucionaria trotskista o trotskizante, no a las organizaciones
pequeñoburguesas. Esto implica, entre otras cosas, que los trotskistas no
aceptamos que los sectores populares no obreros sean un coto privado de las
direcciones pequeñoburguesas. Nuestro objetivo es que haya fracciones
campesinas, pequeñoburguesas bajas, etcétera, trotskistas (aunque no tengamos
fuerzas para llevarlo a la práctica si nuestro partido es pequeño), que combatan
a las organizaciones burguesas, pequeñoburguesas y burocráticas en todos los
sectores sociales, explicándoles que sólo bajo la dirección y el gobierno de la
clase obrera lograrán destruir al régimen odiado y satisfacer sus
reivindicaciones.
6) Toda política de alianzas implica acuerdos entre
direcciones. Esos acuerdos pueden ser simples unidades de acción, frentes u
organizaciones comunes. A diferencia de los acuerdos, que sólo comprometen al
partido a luchar por el punto común sobre el cual se acordó, los frentes ya
implican la existencia de una dirección, es decir cierto grado de centralismo,
y de organismos de base comunes. Por esa razón, el trotskismo jamás baraja, ni
siquiera como hipótesis, hacer un frente, ni mucho menos una organización revolucionaria
común, con organizaciones no obreras, sean ellas burguesas o pequeñoburguesas,
ya que ello significaría que estaríamos dispuestos a aceptar la disciplina de
esas organizaciones o, lo que es lo mismo, la perdida de la independencia del
partido y de la clase obrera ante organizaciones no proletarias.
En cambio, sí aceptamos o impulsamos frentes u
organizaciones comunes con otras direcciones u organizaciones obreras. Estamos
en los sindicatos y en los soviets, que son frentes más o menos permanentes de
la clase obrera, y es obligatorio que estemos. Podemos ser parte incluso de un
partido obrero con direcciones obreras burocráticas proburguesas o stalinistas
frentepopulistas para arrancar a una clase obrera atrasada del sometimiento a
los partidos burgueses y conquistar la independencia política del proletariado.
En estos frentes, si son de masas o incluso si reflejan
un fenómeno muy progresivo y dinámico de la vanguardia obrera, podemos llegar a
disciplinarnos a ellos, Si, además, el funcionamiento es democrático, nuestra
disciplina puede llegar a ser casi total. Nunca nuestra disciplina es total, ya
que un frente obrero puede aplicar una política contraria a nuestros
principios: no apoyamos ni nos
disciplinamos a un sindicato de los maestros blancos norteamericanos, aunque
sean la gran mayoría de los maestros, si exigen que se segregue a los maestros
latinos; no apoyamos ni nos disciplinamos a los sindicatos norteamericanos que
manifestaban en apoyo a la guerra imperialista en Vietnam.
Estos frentes obreros son frentes y no simples acuerdos
porque tienen cierto grado de centralismo, una dirección, organismos de base
comunes donde las diferentes corrientes o fracciones luchan por imponer sus
políticas y que nosotros aspiramos y peleamos para que sean democráticos,
cierta permanencia en el tiempo, etcétera.
También podemos hacer acuerdos políticos con direcciones
obreras contrarrevolucionarias o reformistas, de la misma forma que los hacemos
con direcciones burguesas o pequeñoburguesas. Tanto los frentes como los
acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas tienen el
mismo doble objetivo que los acuerdos que hacemos con direcciones no
proletarias: movilizar a los obreros y destruir a la burocracia. Estamos en los
soviets para movilizar a los trabajadores hacia el poder y desplazar a las
corrientes reformistas que participan en el soviet. Estamos en un partido
laborista para defender la independencia política de la clase y para desplazar
a su dirección colaboracionista. Y hacemos un acuerdo como el del MAS y el PC
argentinos para movilizar y hacer avanzar la conciencia de nuestra clase y
ganarle la dirección de la vanguardia al PC.
7) El Frente Unico Revolucionario, en cambio, es un frente
entre nuestra organización trotskista y las corrientes obreras de vanguardia
que evolucionan hacia nuestro programa. Es una transición hacia el partido
obrero revolucionario. Si el frente cuaja, rápidamente tenderá a transformarse
en partido obrero revolucionario. Lucharemos para que sea permanente y se
organice en forma centralista democrática. Esto quiere decir, entre otras
cosas, que nuestra disciplina a él será absoluta, ya que tenderemos a disolver
nuestra organización.
Al igual que los acuerdos con direcciones no proletarias
y de los frentes y acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias, el
Frente Unico Revolucionario busca la movilización de las masas. Pero es una
táctica que se inscribe en la estrategia de construcción del partido. Por esta
razón, se diferencia de aquellos en que no queremos destruir a las
organizaciones obreras revolucionarias con las cuales hacemos el Frente Unico
Revolucionario, sino fortalecernos todos haciendo un partido único. Si, en el
desarrollo de nuestra política de Frente Unico Revolucionario, la evolución de
esas corrientes se detiene y cristalizan como centristas, el Frente Unico
Revolucionario se rompe y los centristas se convierten en un nuevo obstáculo para
la construcción del partido y deben ser tratados como tales,: acuerdos para
movilizar a las masas y destruirlos a ellos.
8) Si bien los acuerdos y frentes que realiza el partido
trotskista son tácticas en función de sus estrategias fundamentales de movilizar
a las masas para la toma del poder por el proletariado y construir el partido,
como principio general esas tácticas son obligatorias. Uno de los principios
del trotskismo y el leninismo, que lo diferencia del ultraizquierdismo y
sectarios es precisamente la obligatoriedad de todo acuerdo o frente que ayuda
a la movilización de las masas y/o a la construcción del partido.
Pero este principio se combina y supedita a otro: nuestra
política no va dirigida a las direcciones, organizaciones o sectores de vanguardia
del movimiento obrero a quienes les planteamos acuerdos o frentes o sobre los
cuales queremos trabajar para ganarlos para el partido. Por el contrario,
nuestra política y consignas son dictadas por las necesidades de las masas y,
tomando en cuenta su conciencia, buscan tender un puente entre esa movilización
y las tareas socialistas. Por eso, en cada coyuntura de la lucha de clases, el
trotskismo levanta un programa de transición que arranca de las necesidades de
la clase obrera y las grandes masas populares.
Todo intento de definir nuestra política y consignas a
partir de las líneas, inquietudes o necesidades de las organizaciones con las
cuales hacemos acuerdos o frentes o de los sectores de vanguardia sobre los
cuales privilegiamos la actividad para construir el partido, es revisionismo
vanguardista. Nos lleva a alejarnos de la clase obrera y a capitular a sectores
no proletarios, u obreros oportunistas o centristas y nos impide movilizar a
las masas hacia el triunfo de la revolución socialista.
Por eso mismo, nuestra relación con las organizaciones
con las cuales hacemos frentes o acuerdos y con los sectores de vanguardia
sobre los cuales trabajamos es la crítica sistemática a sus posiciones, la
confrontación de nuestra política y consignas, extraídas de las necesidades de
las masas y de su movilización, con las consignas y políticas de esas
organizaciones y sectores de vanguardia.
Nuestra corriente tiene una larga tradición de lucha
contra el vanguardismo mandelista y contra una de sus expresiones más
criminales: la capitulación a las organizaciones guerrilleras. Esa batalla es
uno de los jalones fundamentales en el desarrollo de lo que hoy es la LIT-CI.
Si bien las actuales guerrillas y fenómenos de vanguardia no son idénticos a
las de la primera época castrista, las conclusiones generales de esa lucha
hacen parte de la tradición y los principios de la LIT-CI.
9) Para aplicar correctamente la política de alianzas y toda
otra política trotskista es imprescindible hacer claras definiciones de clase y
políticas de las organizaciones y direcciones que actúan sobre el movimiento de
masas y su vanguardia. El trotskismo rechaza toda definición de clase que tome
en cuenta sólo una característica o elemento: programa, composición social de
la base, procedencia social de la dirección, forma organizativa, u otra. Todos
estos elementos hacen parte de la definición, pero las dos características
centrales son la dirección y la política.
El problema de clase de la dirección no es su origen
social, sino si esa dirección se propone construir o no una organización obrera
orgánicamente independiente de la burguesía. Si se lo propone, es una dirección
obrera y su organización es una organización obrera. Puede ser una dirección
obrera sindical, stalinista, electoralista, sindical-burocrática,
sindical-revolucionaria, bolchevique, pero es obrera. Si se propone organizar a
todos aquellos que están dispuestos a votarla en las elecciones, o a hacer
acciones armadas, o a cualquier cosa, sin importale la clase social, no es una
dirección obrera, sino burguesa o pequeñoburguesa. El hecho de que su base
pueda ser mayoritariamente obrera , como es el caso, por ejemplo, del peronismo
argentino, no cambia el carácter de clase de la organización y de su dirección,
sólo la hace más nefasta y peligrosa.
El problema política se sintetiza en la pregunta: ¿qué le
propone esa dirección a la clase obrera? Según la respuesta a esta pregunta
puede ser una dirección obrera de derecha y proburguesa, como la burocracia
sindical argentina, o proburguesa colaboracionista de clases, como la
socialdemocracia, stalinista, clasista centrista, etc... Sólo es dirección
obrera revolucionaria si es trotskista, es decir si levanta el programa de la
revolución socialista internacional, o trotskizante, es decir si es dinámica,
va cada vez más hacia la izquierda, tiende hacia nuestro programa.
De estos dos elementos, el que prima, el punto de partida
para toda definición, es el carácter de clase. Definir a una organización a
partir de una política coyuntural o un programa escrito más o menos radical es
un error grave que nos arrastra inevitablemente al oportunismo. Es decir, nos
dejará desarmados, a nosotros y a nuestra clase, cuando esa dirección u
organización cometa la inevitable traición al proceso revolucionario que se
desprende inexorablemente de su carácter de clase no proletaria.
10) Las organizaciones y direcciones guerrilleras no son
obreras, sino burguesas o pequeñoburguesas, por el solo hecho de ser
guerrilleras. Su dirección no se propone construir una organización obrera en
la clase obrera, sino organizar a todos los que estén de acuerdo en hacer
guerrillas, a servir de base a la guerrilla o a apoyar a la guerrilla. Su línea
demarcatoria no es la clase obrera, sino los individuos de cualquier clase que
quieran tomar las armas. Su programa y su política es hacer guerrilla.
Las organizaciones guerrilleras son un fenómeno distinto
a los partidos políticos que, eventualmente, hicieron guerrillas, como fue el
caso, entre otros muchos, del PC chino, el castrismo y el PC vietnamita. Todos
ellos eran partidos que, aunque en algún período asumieron la guerrilla como
forma fundamental de lucha, la supeditaron al partido. Las organizaciones
guerrilleras no se supeditan a ningún partido, sino que ellas supeditan a sus
organizaciones y militantes “de superficie”. Cuando las organizaciones
guerrilleras desarrollan una organización “de superficie”, sindical o política
entre los trabajadores o la juventud, ella es el brazo político de la
organización guerrillera. La organización guerrillera no es, pues, el brazo
armado de un partido político (obrero o no), sino a la inversa. Los Montoneros
argentinos, por ejemplo, tuvieron una numerosa Juventud Trabajadora Peronista
llena de extraordinarios luchadores sindicales, así como una juventud
universitaria, secundaria, barrial, etcétera. Cualquiera de ellas sumaba muchos
más miembros que los combatientes Montoneros. Pero cuando Firmenich dio la
orden de pasar a la clandestinidad y relanzar al guerrilla, todos esos
militantes, sin voz ni voto, acataron la orden y abandonaron a su suerte a los
trabajadores y a la juventud.
Al hacer de la guerrilla un programa y una estrategia
permanente, las organizaciones guerrilleras jamás pueden ser definidas como
organizaciones obreras, ya que, como sostenía Lenin: “El partido del
proletariado no debe nunca considerar la guerra de guerrillas como el único, ni
siquiera el fundamental medio de lucha, sino que debe supeditarse a otros, debe
guardar la necesaria proporción con los principales medios de lucha, debe ser
ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta
última condición, todos, absolutamente todos los medios de lucha, en la
sociedad burguesa acercarán al proletariado a diferentes capas no proletarias
situadas por encima o por debajo de él...” (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos
Aires, 1960, Tomo XI, pág. 215).
Las organizaciones guerrilleras son enemigas de la
organización obrera. No vuelcan sus dirigentes, que muchas veces son
extraordinarios luchadores, a organizar a los trabajadores, a construir en la
clase obrera un partido, un sindicato, un soviet, sino que los vuelcan a
organizar a los guerrilleros. Peor aun, utilizan a la clase obrera, si
intervienen en ella, como abastecedora de combatientes, sacando así de la clase
(y enviando a la muerte) a valiosísimos activistas y luchadores y debilitando
así la organización de la clase obrera. Y cuando no los sacan físicamente, los
sacan en su actividad, ya que los usan como apoyo, para guardar armas o
llevarlas, para hacer propaganda clandestina a favor de la guerrilla, etcétera;
de esta forma esos luchadores obreros no pueden, por razones elementales de
seguridad, hacer ninguna o casi ninguna actividad de organización política ni
sindical de la clase obrera.
El desarrollo de las luchas obreras puede provocar crisis
entre los activistas y dirigentes de las organizaciones “de superficie” de la
guerrilla que más reflejen a los trabajadores, al constatar que las órdenes de
los “comandantes” son nefastas para su clase. Esa crisis puede llevarlos
incluso a romper con la organización guerrillera. Es una obligación nuestra
intervenir en esa crisis para profundizarla y ganar valiosísimos individuos o
grupos revolucionarios. Pero eso no nos debe llevar a confundir a la guerrilla
con una organización obrera, ya que es exactamente lo opuesto.
11) Su carácter de clase pequeñoburgués hace de la
organización guerrillera una enemiga de la movilización permanente y
democráticamente autoorganizada de la clase obrera y el movimiento de masas.
Como cualquier organización pequeñoburguesa, oscila entre la clase obrera y la
burguesía, y pasa de la lucha más furiosa a las treguas más infames, por
ejemplo la que firmaron los Montoneros argentinos con el gobierno burgués de
Cámpora o el M-19 colombiano con Betancur. No educa a la clase obrera en que
confíe sólo en sus propias fuerzas y en la movilización de sus aliados bajo su
dirección, sino que le crea falsas ilusiones de que sus problemas se
solucionarán por la acción de un puñado de combatientes heroicos. No quiere,
bajo ningún concepto, la autoorganización democrática de los obreros, ni del
pueblo urbano, ni de los campesino, sino que busca encuadrarlos en una
estructura militar cerradamente totalitaria. No les dice a los trabajadores que
deben ser ellos quienes tomen el poder, sino que la apoyen para que sea ella,
la organización guerrillera quien tome el poder. Y, si logra tomar el poder,
hace lo mismo que cualquier organización pequeñoburguesa: instaura un régimen
bonapartista, de férreo control sobre el movimiento de masas para evitar que se
siga movilizando y de un cerrado nacionalismo opuesto a la extensión de la
revolución a la región y al mundo.
La organización guerrillera es enemiga de la movilización
permanente de las masas, también, porque sus acciones provacadoras desatan o
sirven de excusa para desatar violentas represiones y hasta golpes de estado,
que cercenan o hacen desaparecer las libertades democráticas arrancadas por el
movimiento de masas y que, para los trotskistas y para Lenin, son herramientas
formidables para la organización y despliegue amplio de la verdadera lucha de
clases.
Por todas estas razones, la organización guerrillera es
enemiga mortal de una estrategia fundamental del trotskismo: la movilización
permanente y democráticamente autoorganizada de los trabajadores. El trotskismo,
por el contrario, aunque nunca eleva a la guerrilla a forma fundamental y
permanente de lucha, la acepta como una táctica justa cuando, en determinados
momentos, ayuda a la movilización de las masas.
12) La organización guerrillera es también enemiga de la
segunda estrategia fundamental del trotskismo: la construcción de la
Internacional y sus secciones nacionales. Al sacar de la clase obrera a
valiosos dirigentes y cuadros revolucionarios, al empujar a la clase obrera a
la pasividad vía la espera de los combatientes salvadores, al provocar la
represión y el golpe, las organizaciones guerrilleras refuerzan el peso de los
aparatos contrarrevolucionarios en el seno de la clase obrera, en primer
término del stalinismo. Sacar a gran cantidad de activistas combativos o
revolucionarios del seno de su clase facilita enormemente la tarea de todas las
burocracias obreras ya que esos mismos activistas, volcados a la lucha
antipatronal y antiburocrática podrían ser el fermento y dirección de la
rebelión contra la burocracia y su aniquilamiento.
Por estas razones, la organización guerrillera es uno de
los peores enemigos de la construcción del partido. Y cuanta más influencia
tenga en la vanguardia obrera, más peligrosa es como enemigo. Incluso un
partido oportunista de masas es más fácil de combatir que la guerrilla, ya que,
por la presión de la base, puede verse obligado, por ejemplo, a convocar a una
huelga general aunque no quiera. Y con la huelga general la clase actúa como
clase, se templa y renueva el activismo, se hace más fácil construir el
partido. La organización guerrillera, en cambio, puede salir a una huelga
general que nadie quiere, provocando una derrota y mayor represión, como
sucedió en Colombia el 20 de junio de 1986. El partido oportunista de masas
deja a la clase obrera y a los activistas en su lugar, aunque tratando de
mantener pasiva a aquella y burocratizar o reprimir a éstos. Pero la guerrilla
saca a la clase obrera de su lugar, haciéndola mirar hacia sus acciones
espectaculares, y saca de la clase obrera a los activistas molestos para la
burocracia.
Combatir la política guerrillera es imprescindible para
poder construir el partido. Si la guerrilla tiene una gran influencia en el
movimiento obrero o en su vanguardia, hasta tanto no hayamos destruido esa
influencia no habrá ninguna posibilidad de construir el partido obrero
revolucionario de masas, ni siquiera un fuerte partido de vanguardia, ya que
actuará como un canal de desvío de los activistas que rompen con la burocracia
tradicional, llevándolos fuera de su clase y apartándolos del partido.
13) Las organizaciones guerrilleras son terroristas. En la
casi totalidad de los casos, sus acciones no ayudan al desarrollo de la
movilización, la organización y la conciencia de las masas. La guerrilla hace
una “guerra de bolsillo” contra la burguesía y su estado, exactamente opuesta a
la guerra civil, en la cual la movilización obrera y de masas asume formas
armadas, guerrilleras (en el sentido técnico del término), insurreccionales o
de guerra convencional entre ejércitos como fue la guerra civil en Rusia. Las
acciones terroristas de la guerrilla, al ser decididas por su propia cuenta,
provocan confusión cuando no repudio del movimiento de masas. Al no tomar en
cuenta a las masas, las acciones guerrilleras desatan o sirven de excusa para
desatar una represión del régimen absolutamente desproporcionada con el nivel
de movilización, organización y conciencia de aquellas; las masas quedan
inermes, desorganizadas y no preparadas para enfrentar esa represión. Cada
acción de la guerrilla, salvo las contadísimas excepciones en que, por
casualidad, ayudan a la movilización, desorganiza, desmoviliza y desarma a los
trabajadores. Por estas razones, los trotskistas no sólo no apoyamos esas
acciones, sino denunciamos ante los trabajadores su carácter desmoralizador,
desmovilizador y desorganizador. Nuestra única obligación de principios en
relación a la guerrilla es defenderla de la represión del régimen burgués.
Las únicas acciones guerrilleras que apoyamos son las que
se ajustan estrictamente al criterio leninista: “... no se consienten, en
términos generales, las ‘expropiaciones’ de bienes privados; las de bienes
fiscales no se aconsejan y sólo se admiten bajo el control del partido y a
condición de que los recursos se destinen a las necesidades de la insurrección
. Las acciones guerrilleras bajo la forma del terror se aconsejan en contra de
los agentes de la violencia del gobierno y de los miembros activos de las
centurias negras, pero bajo las siguientes condiciones: 1) tener en cuenta la
opinión de las grandes masas; 2) tomar en consideración las condiciones del
movimiento obrero en la localidad de que se trate; 3) procurar no despilfarrar
las fuerzas del proletariado...” (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires,
1960, Tomo XI, pág. 216).
Por lo tanto, los trotskistas no apoyamos jamás en
general las acciones guerrilleras y, en particular, las repudiamos ante las
masas en la inmensa mayoría de los casos.
14) El armamento del proletariado es parte de nuestro
programa. Como cualquier otra tarea, no está plantada en forma práctica sino
cuando el proletariado o sectores importantes de él empiezan a entender su
necesidad y se proponen armarse. Si el proletariado decide armarse, no hay
fuerza en el mundo que se lo impida; y si no está dispuesto a hacerlo no hay
fuerza en el mundo que lo logre. Cuando la agudeza de la lucha de clases le
plantea al proletariado objetivamente la necesidad de armarse, pero éste aún no
lo entiende o no está dispuesto a hacerlo, el partido no puede ir más allá de
explicarle pacientemente que debe armarse, hasta que lo comprenda y pase a la
acción.
El programa militar del proletariado es opuesto al de las
organizaciones guerrilleras. Estas sostienen que hay que construir un ejército
que se enfrente al ejército burgués; los trotskistas levantamos los comités de
autodefensa en la perspectiva de la milicia obrera y el trabajo sobre el
ejército burgués para separar a su base popular de su cúpula contrarrevolucionaria,
arrastrar a la primera hacia el campo de la revolución y, confluyendo con las
milicias obreras, hacer una insurrección, no una guerra de ejército contra
ejército. La necesidad de construir un ejército sólo se plantea a partir de la
constitución del estado obrero o de la existencia de una auténtica guerra civil
antes de la conquista del poder, la cual implica la existencia de zonas
geográficas en las cuales ya gobiernan los trabajadores.
Dado que el programa militar de la organización
guerrillera es opuesto a la creación de la milicia obrera, al trabajo sobre el
ejército burgués y a la insurrección, tal programa y las acciones que la
guerrilla efectúa, no acercan al proletariado a las armas, sino que lo alejan
de ellas. La guerrilla es un obstáculo absoluto para nuestro programa militar
trotskista de armamento del proletariado. Es, en consecuencia, inadmisible, que
el trotskismo pretenda “educar” al proletariado en la necesidad de armarse
haciendo propaganda favorable a la guerrilla y sus acciones. Es, por el
contrario, imprescindible denunciar a la organización guerrillera y sus
acciones ante el movimiento de masas si verdaderamente queremos que los
trabajadores se armen.
15) Ante el ascenso de las luchas obreras, la guerrilla entra
en una profunda crisis. Tal crisis se hace aun más aguda en las organizaciones
guerrilleras que desarrollan organizaciones sindicales “de superficie”. Los
militantes de esas organizaciones se ven sometidos a una doble presión: la de
la dirección guerrillera y la de las luchas obreras, que actúan en sentido
opuesto. Los cuadros sindicales de la guerrilla se ven obligados a optar entre
las necesidades de los trabajadores y las órdenes de los “comandantes”. Esta
crisis se hará inevitablemente más profunda y explosiva cuando la dirección
guerrillera, como cualquier otra dirección pequeñoburguesa, se pase al bando de
la burguesía y/o pacte con el stalinismo, como no puede dejar de ocurrir por su
carácter de clase.
Es una obligación de los trotskistas intervenir en esa
crisis, no para evitarla, sino para profundizarla y desarrollarla. Esto es,
para enfrentar a los militantes sindicales, juveniles, etc. de la guerrilla con
la dirección guerrillera y llevarlos a romper con ella. Sería no principista
incidir en esa crisis planteándole a la organización guerrillera el Frente
Unico Revolucionario, ya que éste es imposible con una organización
pequeñoburguesa. Por el contrario, tal planteo fortalecería a la dirección
guerrillera, a la que daríamos certificado de obrera revolucionaria. No se
podía jamás lograr que la JTP o sectores de ella rompieran con Firmenich si
nosotros planteábamos hacer un partido obrero revolucionario con Firmenich.
La táctica para profundizar la crisis de la organización
guerrillera es, pues, la misma que con cualquier otra dirección burguesa o
pequeñoburguesa con influencia entre las masas o la vanguardia obrera: acuerdos
para la acción común en el terreno de la lucha de clases; independencia
completa de nuestro partido para aplicar una sistemática política de crítica y
denuncia ante las masas de las inconsecuencias políticas de la dirección
guerrillera y de sus métodos nefastos. En tales acuerdos, los trotskistas
debemos privilegiar a los sectores obreros influidos por la guerrilla, lo que
puede plasmar en la constitución de una tendencia sindical combativa,
antipatronal, antigubernamental y antiburocrática. Nuestra gran lucha es para
que estos sectores dejen de acatar a la guerrilla y rompan con ella.
Una consigna transicional en ese sentido debe ser
llamarlos a que exijan a la guerrilla que se supedite y discipline a la clase
obrera, a sus organizaciones de masas o a la corriente sindical clasista. Esta
disciplina tiene un límite, el de los principios: jamás la guerrilla puede
verse obligada a desarmarse porque así lo decida la dirección oportunista de
una central obrera. Pero si esa central le exige que no haga más acciones, debe
acatarla, salvo que sea en legítima defensa. Nuestra propuesta sería que la
guerrilla sea uno de los destacamentos armados de la central obrera y ejecute
acciones en función de las necesidades de la lucha obrera y los deseos de los
trabajadores.
Aunque nunca se ha dado que una organización guerrillera
acepte esto, no lo podemos descartar hipotéticamente. Pero ello no ocurrirá, en
cualquier caso, sino a través de una dura lucha interna y de la crisis y la
división de la organización guerrillera. Los trotskistas debemos ser el polo
obrero de esta discusión, es decir los más clara y enérgicamente enfrentados a
la dirección guerrillera en el programa, la política y los métodos.
Sólo si tal ruptura se da habrá posibilidades de
concretar un Frente Unico Revolucionario con los militantes sindicales de la
guerrilla y el hipotético sector guerrillero que se discipline a ellos, ya que
se habrían transformado en una corriente obrera. Sin embargo, quedará por ver
si son una corriente obrera centrista cristalizada o si evolucionan hacia
nuestro programa, ya que si son lo primero tampoco hay posibilidades de Frente
Unico Revolucionario.
Fuente: Marxist.org
Fuente: Marxist.org
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