martes, 18 de septiembre de 2012

Amor cuajado, Richard Zaratustra (1972)



Desesperado, casi sin sentido, veo elevarse en lo alto la luna cuajada en sangre, inalcanzable como la eternidad, fría como el fuego de tus ojos; terminante como tus palabras, que aun frescas en mis oídos calan profundo dándome el tiro de gracia. Rompiendo mi alma en mil pedazos, igual que aquel rompecabezas que juntos nunca pudimos armar.
Tus labios recorren mi cuerpo en mis sueños. Te veo nítida en la oscuridad que me rodea, abrazada por una tenue luz que resalta tu sublime imagen.
Llora mi corazón palabras en silencio. La parábola del árbol que solo cae en medio del bosque sin nadie que lo oiga, esa parábola que te conté mil veces, hoy muere seca en mi boca, como aquel árbol, sin nadie que sienta el estrépito que ruge doliente al caer.
No supe leer en tus ojos el códice de tu corazón. No supe darte la felicidad que añorabas. Me superaron esos pequeños detalles que siempre reclamaste. No entiendo porque no advertí que tu mundo se construía de pequeños detalles.
Ahora veo todo con mayor claridad. Tu mundo estaba formado por miles y miles de ladrillos, como un magnifico coliseo. Yo solo vi la gran estructura, me extravié en su magnifica arquitectura, en lo refinado de sus contornos, en lo aparatoso de la construcción.
No aprendí a ver tus detalles, me perdí esas pequeñas cosas que juntas hacían tu mundo, tu coliseo.
Miro la luna que me aplasta con su soledad, veo las minúsculas perforaciones brillantes en el negro manto de la noche.
Perdidos en lo infinito, dos luceros esmeraldas me contemplan, como lo hacían tus ojos el día que te fuiste.
Ahora en el crepúsculo de mis días, la sombra de tus ojos me llama con cada reflejo de aquellos pequeños detalles que perdí.

Murió Santiago Carrillo, ícono de la lucha antifranquista.


El histórico dirigente del Partido Comunista de España (PCE), Santiago Carrillo, murió este martes en su casa de Madrid, a la edad de 97 años, según informó la prensa del país ibérico.
   
Carrillo es considerado uno de los artífices de la Transición española a la democracia, después de permanecer 38 años en el exilio tras la guerra civil (1936-1939), y la posterior dictadura de Francisco Franco.

El exdirigente del PCE había sufrido en la última semana un empeoramiento en su estado de salud, después de que en meses tuviera que ser ingresado en centros sanitarios en diversas ocasiones.

La última vez fue el pasado mes de julio, cuando estuvo varios días en un hospital de la capital española por un problema de riego sanguíneo.

Carrillo nació en la región de Asturias, en el norte de España, el 18 de enero de 1915.

Con solo 13 años, en 1928, comenzó su actividad política en las Juventudes Socialistas.

Durante la Guerra Civil española fue delegado de Orden Público en Madrid, y en 1939, al final de la contienda, comenzó un largo exilio que le llevó a la extinta Unión Soviética, EEUU, Argentina, México, Argelia y Francia.

Regresó clandestinamente a España en 1976, un año antes de que fuera legalizado el PCE, al que se había afiliado en julio de 1936, y por el que fue elegido diputado en 1977, en las primeras elecciones de la época democrática, y luego reelegido en 1979 y 1982.

El histórico dirigente comunista, que abandonó el PCE en 1985, dedicó sus últimos años a escribir libros y artículos, y a dar conferencias.

Carrillo vivió el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y fue uno de los tres políticos, junto al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y al vicepresidente, general Gutiérrez Mellado, que permaneció en su escaño, desobedeciendo las órdenes del coronel Antonio Tejero Molina a los diputados de que se tumbaran en el suelo del Parlamento tras el asalto.

Es considerado uno de los artífices de la Transición por su papel destacado como representante comunista en las negociaciones que se mantuvieron y en los llamados “pactos de la Moncloa”, los acuerdos entre las fuerzas políticas españolas que trazaron la senda de la España democrática.

El actual secretario general del Partido Comunista de España, José Luis Centella, saludó la memoria de un dirigente “histórico”, al anunciar en la radio el fallecimiento

Fuente: PCC

El hombre nuevo


Poema inedito del Che, antes de ser el Che


sábado, 15 de septiembre de 2012

Las protestas contra la película estadounidense 'La inocencia de los musulmanes' no cesan.



Las protestas contra la película estadounidense 'La inocencia de los musulmanes' no cesan. Cientos de manifestantes de un grupo salafista ultraconservador salieron a las calles de la sureña ciudad libanesa de Sidón en la noche del jueves, para expresar su indignación por el filme que consideran una burla al islam y al profeta Mahoma. Los manifestantes en Sidón quemaron banderas de Israel y EE.UU. Acciones similares tuvieron lugar en Yemen y Egipto, donde continúan las protestas.

Una película blasfema para los musulmanes provocó ataques contra embajadas de EE.UU. en varios países. A los disturbios en Egipto, y que se propagaron a Libia, Túnez, Yemen e Irán, también se sumaron Líbano y Omán.

Varios cientos de personas se manifestaron en la ciudad libanesa de Trípoli, y quemaron una bandera de EE.UU mientras coreaban "Dios es grande" e izaban pancartas y banderas negras con el lema "No hay más Dios que Dios y Mahoma es su profeta".

Algunos manifestantes pedían la expulsión del embajador norteamericano en el Líbano. Además, en la ciudad de Mascate, en Omán, se desarrolla otra manifestación frente a la embajada norteamericana, mientras en Yemen también han prendido los ánimos antiamericanas en protestas que ya han dejado 4 muertos y 34 heridos. Asimsimo, en Teherán cerca de 500 personas se manifestaron frente al edificio de la embajada de Suiza, que representa los intereses estadounidenses en Irán.

Fuente: PCC

viernes, 14 de septiembre de 2012

La fragilidad de la nada, Richard Zaratustra 1944



Carcomido por el deseo de volver a verte, busco refugiado en mis recuerdos, el preciado tesoro de tu rostro. Frágil como el cristal, tu figura se desvanece como una suave brisa de verano.
Latiendo, muy fuerte en mi pecho, la saeta de cupido desparrama su ponzoña. Corro desesperado por el laberinto de la desesperación sin poder ver, aunque más no sea, una vez más, tus garras afiladas como latentes hojas de puñales, que buscan sedientas mis venas carmesí.
Las manos me tiemblas quejumbrosas, entre risas y lamentos; van dejando los corrompidos huesos, blancos por el tiempo.
Aquella imagen, dulce imagen que me desvela, que me hace retorcer de dolor, me llama insistente desde donde no puedo volver.
Siento las caricias arremetedoras de la plebe soslayar con su parca iniciativa las cadenas incandescentes de la jubilosa Niké.
Más allá del turbio río de aguas negras, las gaviotas revolotean cansadas sobre el cadáver que deje. Sin ganas de posarse a merendar, picotean al viento probando solo el olor que despide la carroña del que alguna vez fue.
Tendido boca arriba, con la mueca de la ironía clavada en la mirada, la sustanciosa calamidad, la terrible enfermedad de unos pocos, se multiplica como cancerigena célula contagiosa, como feroz pandemia que infecta con su hedor a quien la toca.
Así de sagaz e inquebrantable es la voluntad del señor tremendo, aquel que todo lo oculta, aquel que todo lo corrompe.
La tentación es la mentira del hábil, y la muerte del incauto, dijo mientras roía una piedra sin aroma, solo con el amargo sabor a la derrota.

La maquinaria de guerra asiria



 Aunque los asirios tuvieron que enfrentarse con serias dificultades para unificar el Próximo Oriente, todavía hoy las grandes narraciones de las represalias asirias, puestas en lugares públicos prominentes para que todos las vieran, nos hacen sentir escalofríos. Un ejemplo famoso, inscrito a la entrada de un templo de la residencia real de Assurnasirpal II, describe la pavorosa venganza del rey contra la ciudad rebelde de Suru y nos hace comprender, como pretendió Assurnasirpal, el error de cualquier rebelión:
Estando yo en la tierra de Kutmuki, me llevaron esta noticia: “La ciudad de Suru de Bit-Halupe se ha rebelado, han asesinado a Hamatai, su gobernador, y colocado como rey a Ahiababa, hijo de un nadie, a quien trajeron de Bit-Adini.” Con la ayuda de Adad y de los grandes dioses, que han hecho grande mi reino, movilicé mis carros y ejércitos y marché por la orilla del Habur… Me acerqué a la ciudad de Suru de Bit-Halupe, y el terror del esplendor de Azur, mi señor, los abrumó. Los principales y los mayores de la ciudad, para salvar sus vidas, llegaron a mi presencia y, abrazándome los pies, me dijeron: “¡Si tú lo quieres, mátanos, si lo quieres, déjanos vivir! ¡Haz lo que tu corazón desee!” A Ahiababa, hijo de un nadie, al que habían llevado desde Bit-Adini, prendí. Con el brío de mi corazón y la furia de mis armas asalté la ciudad. Cogieron a todos los rebeldes y los entregaron… Nombré gobernador de ellos a Azi-ilu. Construí un pilar contra la puerta de su ciudad, y arranqué la piel de todos los principales que se habían sublevado, y cubrí el pilar con sus pieles; emparedé a parte de ellos dentro del pilar, empalé otro grupo con estacas sobre él y a un tercero lo até a estacas a su alrededor; desollé a muchos dentro de las fronteras de mi propia tierra y extendí sus pieles sobre las murallas; y corté los miembros a los funcionarios reales que se habían revelado. A Ahiababa me lo llevé a Nínive y allí le arranqué la piel y la extendí sobre la muralla de la ciudad….
Podemos encontrar un paralelismo en este documento si lo comparamos con las atrocidades cometidas por los comunistas en la ex URSS o las masacres cometidas por los norteamericanos en los países invadidos por ellos. No deja de ser importante observar que los jefes de la rebelión de la ciudad de Suru se rindieron sin lucha a la llegada del rey y de su ejército a las afueras de la ciudad, a pesar de lo cual Assurnasirpal no se apiadó de ellos ni de la ciudad. La rendición, aun incondicional, no suavizaba el castigo por rebelión contra Asiria.
Si este documento parece extraordinariamente vívido y cruel, no es tanto por aquel hecho excepcional o atípico. El mismo arte pictórico de Asiria ilustra de un modo excesivamente desagradable la inutilidad de la resistencia a los ejércitos asirios. Sus representaciones de ciudades en llamas, de mujeres y niños capturados por guerreros asirios, de la huida y muerte de los enemigos vencidos y de pilas de cabezas humanas es parte, también, de la gran estrategia del Imperio Asirio: mantener sometidas las poblaciones conquistadas anunciando y aplicando el terrorismo. Junto con el uso de la fuerza militar y de la propaganda del terror es bien conocida la práctica de las deportaciones en masa de los jefes de una a otra región del imperio. Un ejemplo famoso de ello es la cautividad de los israelitas y su deportación a Mesopotamia. Los reyes asirios fueron mucho más violentos que los gobernantes de Babilonia o los faraones de Egipto en el uso del simbolismo terrorista y de la psicología para afirmar su gran estrategia.
Pero el elemento esencial de la gran estrategia asiria fue la increíble eficacia de su ejército, que barrió todos los obstáculos que se le oponían y plantó sus estandartes en Anatolia, Levante, Egipto y Babilonia. Desgraciadamente, no hay ningún estudio moderno de importancia sobre el ejército asirio, aunque existen datos suficientes para escribir uno, y no nos queda más que esperar que los asiriólogos llenen pronto el vacío. Sin embargo, se pueden trazar las líneas generales de su organización y despliegue, y en unos cuantos puntos, sobre los que se han hecho estudios sistemáticos hace poco, es posible demostrar la complejidad y sutileza tácticas del estamento militar asirio.
El ejército con el que los asirios pusieron en obra su gran estrategia era una fuerza integrada de infantería pesada y ligera que consistía en lanceros, arqueros, honderos, tropas de asalto e ingenieros. Los asirios fueron la primera gran potencia que usó unidades regulares de caballería, pero los carros de guerra continuaron siendo la fuerza de choque escogida de su ejército. Aunque había un ejército central permanente, se imponía el reclutamiento obligatorio en todas las provincias, y para las guerras más importantes podía ser requerida la milicia provincial. Los relieves esculpidos asirios demuestran que el ejército actuaba bien lo mismo en terreno montañoso que en llano, algo que incluso en los tiempos modernos sólo pueden hacer unas fuerzas realmente capacitadas. Los jefes militares asirios eran conscientes de la necesidad de mantener una fuerza con suficiente flexibilidad táctica para satisfacer demandas estratégicas de lucha en las muy distintas circunstancias geográficas del triángulo asirio. Además los asirios dominaban el arte de la guerra de asedio con una eficacia no igualada hasta la innovación de las catapultas y las campañas de Alejandro Magno. No se sabe cuál fue el tamaño del ejército asirio, pero las estimaciones más recientes se suponen que estaba integrado por unos 100.000 a 200.000 hombres. Si estos supuestos son excesivos, es cierto, al menos, que los reyes asirios movilizaron los ejércitos más grandes jamás vistos en el Próximo Oriente.

La domesticación de animales para la guerra



 Al final del Neolítico, los pueblos de Europa y Asia empezaron a domesticar animales que podían montar o usar como fuerza de tiro. En la región póntica septentrional, ya en torno al año 4000 a.C.: había hombres capaces de cabalgar. Hacia la misma época, los asnos empezaron a ser domesticados en Egipto y el sudoeste de Asia, mientras que los camellos bactrianos en la meseta irania y los dromedarios en el sur de la península Arábiga lo fueron en el curso del siguiente milenio. El elefante indio fue domado en el seno de la civilización del valle del Indo (entre 2500 y 1750 a.C.), aunque la domesticación de los elefantes africanos en el norte de África hubo de aguardar a los últimos siglos del I milenio a.C.: De estos animales, el uso militar del burro, tras un breve periodo de gloria, se dedico casi por completo al transporte de carga, mientras que los camellos tuvieron un empleo muy limitado en batalla. En cambio los elefantes asumieron un notable rol militar, y los caballos sustentaron la base de los carros y la caballería, dos de las armas principales, respectivamente, de las fuerzas de las edades del bronce y del hierro.
Aunque los caballos fueron usados en batalla desde tiempos muy antiguos, la primera fuerza militar asociada de la que se tiene constancia fue la de los carros. El primer uso atestiguado de la misma se produjo en Mesopotamia, donde escenas sumerias del año 2500 a.C., aproximadamente, muestran a guerreros conduciendo “carros de guerra”, que eran vehículos pesados, estrechos y largos. El auriga se sentaba delante del guerrero, que arrojaba jabalinas desde las aljabas que llevaba en los costados. Los carros estaban provistos de cuatro ruedas sólidas de tres secciones unidas, que probablemente se acoplaban en ejes fijos mediante largos cilindros de forma que cada rueda pudiera girar independientemente de las demás. Sin embargo, la ausencia de un eje frontal pivotante hacia, con toda probabilidad, volcar el carro en los giros a gran velocidad. Había asimismo vehículos de dos ruedas, más manejables que los de cuatro, pero en los que solo podía viajar un hombre, por lo cual se usarían probablemente para llevar mensajes y transportar a los oficiales.
Los carros de guerra eran arrastrados por cuatro équidos, que podían ser burros o híbridos de onagro y asno; en aquel tiempo los caballos eran prácticamente desconocidos en el Cercano Oriente. Las líneas de control pasaban a través de unas argollas metálicas dispuestas en la vara de arrastre y también por unos aros acoplados al hocico de los animales. Al tirar de las riendas, el auriga podía muy bien detener el carro, pero para el control de la dirección debía recurrir a vocees de mando o al uso de un látigo o un aguijón. El yugo se usaba para unir solo a dos de los animales. El tercero iba atado con colleras, con lo que la potencia de tracción que podía desarrollarse era obligadamente limitada. Sin embargo, al tener menos peso del que tirar, ese animal llevaría un paso mas rápido, incitando a los uncidos a imitarle. Los ensayos demuestran que el vehiculo de cuatro ruedas alcanzaba velocidades de 15 a 20 Km. /h.
Los carros eran propiedad del estado, cedidos a los hombres que iban a la guerra y después devueltos. Una ciudad-estado sumeria, Umma, tenía una unidad de 60 vehículos, y otras poblaciones urbanas mantendrían sin duda fuerzas equivalentes, a cargo en muchos casos de miembros de la casa real. Es común ver en los relieves carros de dos hombres persiguiendo o aplastando a enemigos caídos, en una representación típica de modelos posteriores.
Tan solo cabe especular sobre sus usos; por ejemplo, el hecho de que llevaran jabalinas lleva a pensar que se acercaban bastante a las tropas enemigas. Un carro de tal peso, tan baja velocidad y tan delicada maniobrabilidad debía asumir un gran riesgo al adentrarse entre las huestes enemigas. Cuando los soldados se hubieran acostumbrado a estos carros de guerra, es probable que desarrollaran métodos para vencerlos. No aparecen representaciones de carros en batalla en los últimos tres siglos del III milenio a.C.; es probable que se abandonara su uso.
Lo que se necesitaba era un carro ligero, animales más dóciles y mejores medios de control. Estos factores tuvieron primero un efecto en el Cercano Oriente en el primer cuarto del II milenio a.C.: En primer lugar, el caballo apareció de nuevo en la región, después de una presencia inicial en Anatolia hacia el año 3000 a.C.: Aunque pequeños para las normas modernas, estos caballos igualaban o superaban a los demás équidos en tamaño y velocidad, y eran mas domables y elegantes. Pronto llego su empleo en los carros. Hacia el siglo XX a.C. empiezan a aparecer en las ilustraciones anatolias carros abiertos con ruedas de rayos tirados por un par de caballos uncidos. Sin embargo, el vehiculo se controlaba con una única rienda unida a un aro en el hocico del animal, por lo que la gobernabilidad seguía siendo escasa. Hacia el siglo XVIII a.C., las ilustraciones sirias muestran un par de riendas para dirigir a cada animal, lo que indica claramente la introducción del bocado y la brida. Al mismo tiempo reaparece el motivo del “auriga que guía su carro sobre enemigos caídos”, lo que demuestra que al menos algunos reyes llevaban sus carros al campo de batalla. A mediados del siglo XVII a.C.:, si no antes, estaban claramente en uso carros montados por un auriga y un guerrero, este armado con arco y aljaba, si bien al principio apenas sumaban unas docenas. El carro se convirtió así en un arma de guerra que domino las batallas del final de la Edad del Bronce en el Próximo Oriente. Durante el transcurso del II milenio a.C.: empezaron a usarse carros en Europa, Asia y el norte de África, así como en Asia Central, India y China.