
Una idea imperante en la religión sumeria era
la noción de que el hombre había sido creado para servir a los dioses, no
simplemente adorándolos sino también dándoles alimento. Esta noción fue
revelada en las famosas epopeyas de la Creación y el Diluvio, que suministraron la
historia para los muy posteriores relatos hebreos del Antiguo Testamento,
quienes toman estas historias sumerias y las hacen suyas. La epopeya de la Creación relataba el
triunfo mágico del dios Marduk sobre los dioses envidiosos y cobardes que lo habían
creado, la formación del mundo con el cuerpo de uno de sus rivales muertos y
por fin, para que los dioses pudieran alimentarse, la creación del hombre con
arcilla y sangre de dragón. La narración entera es ruda y repugnante y no había
en ella nada que evocase un sentimiento espiritual o moral. Igualmente bárbara
era la versión sumeria del Diluvio. Los dioses, celosos del hombre, decidieron
destruir a todos los mortales haciendo que se ahogaran. Pero uno de ellos
revelo el secreto a un habitante de la tierra, su favorito, y le aconsejo que
construyera un arca en la que se salvarían él y los suyos. El diluvio duro
siete días hasta que la tierra entera quedo cubierta de agua. Aun los dioses
“se acurrucaban como un perro junto a una pared”. Por fin dejo de llover y las
aguas bajaron. El hombre favorecido salio del arca y ofreció sacrificios en
acción de gracias. Como recompensa se le dio “vida como un dios” y se le traslado
al “lugar donde el sol se eleva”.
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